viernes 20 de noviembre de 2009

El informador



Jacinto Glis, elegante y distinguido caballero, de unos bien cuidados sesenta años, se dirigía en su coche, puntual como cada mañana, a su despacho a dirigir su imperio. 
Otros menos ricos que él, con coches más suntuosos que su Audi A6, conducidos por chóferes mejor uniformados que el suyo, aprovechaban el trayecto hasta sus oficinas para leer los diarios de información económica a conciencia. Jacinto Glis nunca lo hacía. No le interesaban los vaivenes de la bolsa. Además leer en el coche le mareaba. Su única fuente de información era su chófer Ramón que cada mañana le comentaba las noticias más relevantes, las que realmente le interesaban. 
–Las inundaciones de ayer en Levante han causado cinco muertos y han dejado sin hogar a quinientas personas –le comentó esa mañana, a modo de titular. Y poco más, ya que Rafael era parco en palabras y explicaba tan mal las cosas que Jacinto prefería seguir el trayecto en silencio hasta llegar a la oficina para completar la noticia leyendo los periódicos.

      Se quedó pensativo, mirando por el cristal ahumado de su Audi A6. Se imaginó el desconsuelo de las viudas, de los huérfanos. Familias rotas y sin hogar empapados de agua, barro y lágrimas, desposeídas de todo cuanto habían conseguido en sus duras vidas. Detalles de los que los periódicos apenas informaban pero que para él constituían el núcleo de la noticia, puesto que de sufrimiento humano se trataba. Entonces, como siempre que se enteraba de una mala noticia, reflexionaba sobre su condición de inmensamente rico y se decía que el mundo estaba mal repartido. Se consolaba recordando sus generosas donaciones a todo tipo de ONG`s. Cierto que cumplía con creces, pero siempre le quedaba una sensación de que toda la ayuda que pudiese proporcionar de poco serviría para aliviar la pena y la desdicha que ocurría no demasiado lejos del imponente edificio donde cada día incrementaba seis dígitos su fortuna. 

      Por la ventanilla, vio algo que le llamó la atención.
–Vamos a parar aquí –le dijo a Rafael. 
 
      Se apeó del coche y se acercó a un indigente que sentado en el umbral de una puerta exhibía un cartón con un texto escrito con gruesas letras desordenadas. “Las inundaciones me se han llevado mi casa. Ayúdenme”, leyó. 

      –! Qué desgracia! !Cuánto lo lamento! –le dijo mientras le ponía un billete de cincuenta euros en la mano –. Debió ser horrible.
–Una desgracia, caballero, una desgracia –le dijo el hombre. Y enseguida empezó a contarle lo sucedido. Había visto cómo una tromba de agua deshizo su casa como un azucarillo. Había visto a una mujer perder el contacto con la mano de su marido y cómo las aguas la arrastraban corriente abajo. Vio a un ocupante de un coche que parecía un barco a la deriva luchando por salir por la ventanilla pero la torrencial fuerza del agua pudo más que él y en cuestión de segundos dejó de ver al hombre y al coche. Se extendió en infinidad de detalles de la catástrofe, con tal riqueza descriptiva que a Jacinto Glis se le encogió el corazón. Le dio otro billete y subió de nuevo al coche sabiendo que le costaría un buen tiempo sacarse de la cabeza todas esas imágenes.

        En efecto, durante toda aquella semana anduvo pensativo y malhumorado. Las obligaciones de ser inmensamente rico se le antojaban vacuas y carentes de sentido. Quiso hacer una donación especial para los damnificados en esas inundaciones, pero su consejero delegado, que a la sazón era su hijo, le disuadió aduciendo que ya habían llegado al tope de desgravación. Quiso construirles nuevas casas, a lo cual su hijo también se negó. Esto no es un banco de la caridad, le decía siempre que él pretendía donar ingentes cantidades a los desfavorecidos. Él aceptaba la evidencia muy a pesar suyo y seguía atendiendo sus compromisos y dirigiendo la empresa. Consejos de administración, largas sesiones de firma, reuniones de dirección y estrategia, comidas de negocios, todo lo que correspondía a su condición.  

      Iba un día hacia una de esas reuniones, cuando de nuevo vio al hombre en la calle. Hizo detener el coche y se apeó. Leyó de nuevo el cartel: “Terremoto me se ha llevado todo cuanto tenía. Ayúdeme por amor de Dios”. Y entonces recordó que la mañana anterior Rafael le había comentado la noticia de un devastador terremoto en Italia. 

      –!Cuánto lo lamento! !No sabe cuánto lo siento! –le dijo. Y entonces cayó en la cuenta de que el hombre no ganaba para desgracias. –Pues tiene usted mala suerte, primero las inundaciones y luego un terremoto. Debe ser horrible.

     Y el hombre le explicó que después de perderlo todo en las inundaciones, había conseguido reunir dinero suficiente para pagarse un billete a una localidad de Italia donde tenía familia. Que ahí fue bien acogido, Y que al cabo de unas pocos días, una noche sintió cómo la casa de sus familiares temblaba como un flan y que tuvo el tiempo justo de salir con lo puesto a la calle y salvar la vida. Le contó todas las escenas que se sucedieron en el pueblo. Familias enteras bajo los escombros. Vidas y esperanzas arruinadas. Desolación por todas partes. Jacinto escuchó atentamente todo el relato. Le maravillaba cómo aquel hombre explicaba el sufrimiento ajeno. Cada grito, cada gesto de desesperación, cada lágrima de desdicha surgían de su boca con toda su carga de dramatismo. Nada de todo eso salía en los periódicos, ni en la radio ni en la televisión. Apenas sucintas crónicas que no reflejaban en absoluto el verdadero alcance de la tragedia. Admirado de esa capacidad, le dio otro billete y con el ánimo afectado siguió su camino.

      Debieron pasar dos semanas, cuando una tarde que iba de compras con su mujer, lo vio de nuevo.  “La sequía me ha dejado sin tierra, sin casa y sin futuro. Ayúdenme por favor”, ponía esta vez en el cartel. En efecto, algo sobre pertinaces sequías le había contado su chófer Rafael unos días antes. Se compadeció de él. El hombre, a cambio de su comprensión y tres billetes de cincuenta, le regaló con una pormenorizada descripción de su última penalidad. Y Jacinto Glis, afectado casi tanto como él, hizo propósitos de construir canales, hacer trasvases, llevar el agua en camiones cisternas, todo lo que estuviese al alcance de sus ricas manos. Pero siguió topándose con la negativa de su hijo, que cuánto más poder tenía en la empresa, más seco tenía el corazón. ¿Por qué aquel hombre era la única fuente de información fiable y completa que tenía? Ya no leía periódicos, no escuchaba la radio, no veía las noticias. Nadie contaba las cosas como aquel hombre.

       Una mañana, Jacinto Glis se encontró al hombre a la entrada de su edificio de oficinas. Una nueva calamidad. Una nueva historia de penalidades. Nuevos propósitos, por su parte. La negativa de su hijo, por la otra. A partir de entonces, el hombre apareció cada día. Y cada día, su cartón anunciaba nuevas desgracias, a cual más desafortunada. Jacinto empezó a sospechar que era imposible que un hombre pudiese sufrir una desgracia distinta cada día. Inundaciones, terremotos, sequías, regulaciones de empleo masivas, atentados terroristas, enfermedades. Desde la primera vez que lo vio, ese hombre había escapado de la inanición, el desahucio e incluso la muerte en incontables ocasiones. No podía ser.

       –¿O usted es un embustero o tiene mucha imaginación? –le dijo un día.
–Ni lo uno ni lo otro –contestó–. No me he inventado nada de lo que 
       aquí escribo. Nada de lo que le he contado es fruto de mi imaginación. Todo ha ocurrido. Y todo lo que ocurre nos afecta a todos por igual, lo hayamos vivido o no. 

      Jacinto Glis se quedó pensativo. El sufrimiento de los que pierden sus seres queridos, sus casas y sus esperanzas le conmovía tanto como si lo estuviese sufriendo en sus propias carnes. Ese hombre, mejor que nadie, sabía transmitírselo. Y eso le mantenía consciente de la realidad del mundo, el mundo que no se veía desde su despacho en la veinteava planta.

       –¿Y cómo se entera de todas esas noticias? –le preguntó. El hombre se incorporó, levantó el cartón sobre el que se sentaba y le enseñó un montón de periódicos.
–No hay más que leer los periódicos –le dijo.
–Pero lo que usted explica, no está ahí escrito.
–¿Hace falta mucha imaginación para describir el sufrimiento? –le preguntó aquel hombre.
–Entonces, ¡usted se gana la vida a costa del sufrimiento de los demás?
–No caballero, me la gano gracias a que usted se interesa por ello. 


Jacinto Glis, en aquel momento, decidió que ese hombre se merecía una vida mejor. Lo hizo subir a su despacho. Convocó a su hijo, a su secretaria y a sus colaboradores y con todo la seriedad que la situación exigía, presentó a aquel hombre cargado de cartones y viejos periódicos como el nuevo informador de la empresa. 
–En esta empresa, muchos viven de espaldas a la realidad – acabó diciendo Jacinto Glis. Miró a su hijo y desapareció tras la puerta del despacho, dispuesto a que Pedro le contase de verdad qué ocurría en el mundo.


lunes 16 de noviembre de 2009

Dios y Diosa

Hasta ese día, pensó que Dios sólo tenía que haber uno. Él. Y sólo Él. En mayúsculas. Amo y señor de la creación.
Pero aquel día, su arcángel Gabriel le trajo noticias de sus criaturas. 
–Allá abajo están con lo de la paridad entre sexos –le dijo – y las mujeres se están quejando. 
Le explicó que en la Tierra había mujeres gobernantes, empresarias, artistas, intelectuales que desempeñaban sus funciones tan bien o incluso mejor que los hombres. Y le sugirió, con todo tacto, que quizás ya iba siendo hora que una mujer accediese a tan alto trono. No era cuestión de suplantarlo. !El era único e insustituible! Se trataba tan sólo de repartirse las cargas y gobernar el destino de las criaturas de forma más acorde con los tiempos que corrían.


Y como Dios era benevolente, comprensivo y por ende equitativo, aceptó. Además pensó que un poco de compañía femenina le iría bien, harto ya de las veleidades, dimes y diretes de su corte de ángeles y santos.


–Hágase –dijo.


Fue decirlo y aparecer a su lado una estupenda diosa. Y le complació. 


–Hola, diosa mía –la saludó, con candorosos ojos.
–Eh!, de diosa tuya, nada ¿vale? –le contestó Diosa.
–¿Mmmm? –se quedó mudo Dios.
–Que si quieres andarte con familiaridades, te las tendrás que ganar, digo yo. Que una no se deja piropear así como así por el primero que se encuentra.


Dios reflexionó sobre lo que acaba de oír. No había pretendido piropearla. Tan sólo mostrarle su infinita bondad y amor. ¿Se habría sentido diosa menospreciada, infravalorada, tenida a menos?  Aunque, por otro lado, cierta parte de razón tenía. ¿Qué pensarían de ella sus ángeles y arcángeles si oían que de buenas a primeras era tratada en esos términos? Ya se sabe cómo se interpretan las palabras. Uno quiere decir una cosa, pero los otros entiende otra. Y “diosa mía” o “mi diosa” puede dar lugar a muchas suposiciones de desconocidas consecuencias.
–¿Y cómo debo llamarte? –le preguntó para zanjar esa primera e importante cuestión. 
–Llámame Diosa, de momento. Ya buscaré otro nombre más adelante. Antes, hay mucho trabajo qué hacer.
–¿Como que mucho trabajo que hacer? Todo el trabajo lo hice en seis días –le dijo Dios y extendió sus brazos para mostrarle orgulloso todo el universo creado. La luz, el cielo, la tierra, los mares, todas las criaturas, incluido el hombre y por supuesto la mujer.
–Lo hecho, hecho está. Aunque podías haberte esforzado un poco más –le dijo Diosa, mientras miraba a su alrededor con una expresión de disconformidad y disgusto.
–¿Te refieres a todo esto? –Dios le señaló su entorno más cercano. El trono, la bóveda celestial, el triángulo luminoso del espíritu santo, la gran escalinata que ascendía desde el purgatorio, los altares de los santos, las nubes de los ángeles, el armarito con las llaves, la biblioteca con su libro. Todo muy sobrio, elegante y funcional. Como a él le gustaba. Pero entendió que ahora eran dos a convivir y que quizás Diosa no se encontrase a gusto. Le ofreció cambiar todo lo que ella quisiese.
Diosa aceptó el ofrecimiento, no sin antes dejar claro que ella, de chacha, nada. Convocó a los ángeles y empezó a dar órdenes. Quería cortinas en torno al triángulo y las paredes empapeladas a juego. Mandó lavar las túnicas de Dios. Airear las nubes. Hizo poner flores en los flancos de la gran escalinata, sacar el polvo de la biblioteca, forrar el libro. Encargó nuevos tronos más cómodos. Hizo poner sillas en los pedestales de los santos para que los pobres no se cansasen de estar de pie toda la eternidad. Y finalmente, hizo llamar a un peluquero para que le arreglase las barbas a Dios, a lo cual Él se negó. Y en tan sólo un día, durante el cual Dios no sabía donde meterse para no ser un estorbo, el reino de los cielos quedó conformado a gusto de Diosa. Y Dios pensó que después de tanta actividad, Diosa se tomaría el día siguiente para descansar.
–¿Descansar? ¿Con todo lo que queda por hacer todavía? –le dijo Diosa, mirando hacia abajo, hacia un pequeño país, con una enorme basílica en medio de una inmensa plaza, dentro de la cual había un hombrecillo vestido de blanco.
Dios entendió. Y se fue a continuar con su descanso. Dejaba el reino de los cielos en manos de Diosa. El ya había hecho bastante.

domingo 15 de noviembre de 2009

Escena en el supermercado

Ricardo, el guarda de seguridad, no sabía a qué prestar atención. Por un lado, estaba la puerta de salida, junto a la cual, y según estipulaba su contrato, tenía que estar apostado. Por otro lado, estaba el niño, Angel, el hijo de la cajera, que en vez de estar quietecito al lado de su madre, se estaba deslizando sobre un carrito de compra, como si fuese un patinete, y ponía en peligro la circulación y la integridad de los clientes del supermercado. Y por último, el encargado, a quien aquel día, o mejor aún, como todos los días, se le veía con ganas de pillar a algún empleado en falta, incluido a él. Tenía sólo dos ojos, quizás le convendría un tercero.


 –Brmmmmm – oía que barruntaba el niño, mientras impulsaba el carrito con una pierna y enfilaba por el pasillo de las conservas, rozando pero sin llegar a tocar, oh milagro, a una señora y a un caballero que llevaba de la mano a su hijo. 
!Aquí se va armar una buena! pensó Ricardo. 
Intentó atraer la mirada de Virtudes para que estuviera pendiente de su hijo, pero Virtudes estaba ajetreada cobrando a los clientes. Empezó a arrepentirse de su permisibilidad. Virtudes se lo había pedido: aquel viernes por la tarde no encontró con quién dejar a su hijo y no tenía otra opción que tenerlo en el supermercado hasta que cerrase. Y como sabía pedir tan bien las cosas, Ricardo accedió a condición de que el niño se estuviese quieto. También con la esperanza de que quizás a partir de entonces Virtudes déjase de ver en él a un fornido y serio guarda de seguridad y viese al solitario hombre que había bajo ese uniforme. Un hombre condenado a pasar largas horas frente a ella, viendo sus ojos verde oliva, su melena a mechones un poco deslucidos, mirando sus manos ajadas pasar una y otra vez por el lector de barras, aprendiéndose sus gestos al depositar los artículos en las bolsas de plástico, reconociendo su voz entre todas las voces de aquel supermercado.


!Ay dios! El chaval pretendía ahora doblar una esquina, junto a la góndola de las botellas de aceite. A esa velocidad, el carrito no giraría. Se imaginó un mar de aceite en el suelo y un montón de clientes resbalados y pringados, como una escena de una naufragio apocalíptico. Pero el chico, inclinando su cuerpo, trazó la curva con gran destreza y precisión. Lo perdió de vista. Entonces vio al encargado que tomaba dirección hacia donde había desaparecido el chico, pero en sentido contrario. Temió lo peor. Se encontrarían. El encargado se preguntaría qué hace este niño solo en el supermercado y, antes que amonestarlo, vendría hacia él con dos grandes interrogantes entre sus cejas y él no sabría qué alegar con tal de no dejar en evidencia a Virtudes. Decidió dejar su puesto y salir en busca del chico. 


Le dio alcance en la sección de frutas y verduras. El chico, impulsándose con brío, pasaba en ese momento por los expositores, como si de la tribuna de meta se tratase, y los melocotones, los plátanos, las manzanas y las peras fuesen una multitud de entusiastas seguidores, haciendo la ola a su paso. Lo detuvo. Lo hizo bajar del carrito y lo acompañó junto a su madre. Virtudes, con una apresurada mirada, se lo agradeció. Y él, aliviado, dejó el carrito junto a los otros, en la entrada. Los arcos de seguridad permanecían silenciosos y apagados. El encargado no se había apercibido de su corta omisión del deber contractual. Todo volvía a la normalidad. 


No era cuestión de confiarse, que Angel se las tenía. Y en efecto, el chico no aguantó más de cinco minutos. Debió escabullirse aprovechando que su madre le daba la espalda y que él estaba ayudando a una cliente a recuperar la moneda de su carrito. El hecho es que Angel ya no estaba. Estiró el cuello para tratar de localizarlo por los pasillos. Pero lo único que encontró fue la mirada del encargado que le señalaba a un cliente. !Lo que le faltaba, aquel hombre! Desde hacía días aparecía por ahí y se dedicaba a pasear, sin comprar nada. El encargado sospechaba –el encargado siempre sospechaba, quizás para eso le pagaban– que venía al supermercado a comer, que se daba un atracón picoteando una lata por aquí, unas croquetas ya hechas por allá, una pieza de fruta de postre al final. No era cierto. Ricardo sabía que aquel pobre indigente lo único que hacía era un rápido inventario de género para saber qué sobrantes encontraría en los contenedores de basura, cuando el supermercado cerrase. No por eso, podía dejar de vigilarlo. Ahora debería tener cuatro ojos en vez de tres. 
Y con uno de ellos vio aparecer a Angel al final de la cola de clientes, ante la caja de cobro. Sostenía en sus brazos una gran caja, la de un Ferrari F1 teledirigido. Con su segundo ojo, Ricardo encontró la mirada de Virtudes y le señaló a su hijo. Acto seguido vio que Virtudes miraba su caja registradora abierta y se llevaba las manos a la cabeza.  ¿Su hijo había sustraído dinero de la caja? ¿Pretendía comprar el coche con ese dinero?Con su tercer ojo vio al encargado acercándose a la cola. Vería a Angel en cuestión de segundos y empezaría a sospechar. ¿Un niño sólo con un juguete de cuarenta euros? A Ricardo todo se le tambaleaba. Se sentía perdido. Virtudes despedida; él, en otro supermercado; el chico, en un correccionario. En ese momento, y ya utilizando el último ojo que le quedaba, vio que el pobre indigente se interpuso entre el encargado y el chico y  que con un rápido movimiento le cogió la caja del coche, se la puso bajo el brazo y dio un empujoncito al niño para que abandonara la cola. Angel, al verlo, salió corriendo de la fila y se refugió al lado de su madre. El indigente abandonó también la cola. El encargado ya iba tras él. Virtudes se agachaba y encontraba en el suelo un billete de cincuenta euros. Angel le explicaba que tan sólo había querido enseñarle el cochel que quería para Navidad. Los arcos de seguridad sonaron cuando el indigente pasó por su lado. Ricardo se encontró con la caja del fórmula 1 en los brazos y al indigente que salía a todo lo que le daban las piernas. Sofocado y encendido, el encargado se plantó frente a él. 
–¿Lo ve? Ya sabía yo que ese no era de fiar. Bien hecho, Ricardo. Así me gusta –le dijo.  
Ricardo vio que también Virtudes le miraba ya de otra forma.

jueves 12 de noviembre de 2009

La reunión







Nada más entrar en el vestíbulo, Ferrán notó un suave y delicado perfume impregnando el aire. Esa fragancia, nada parecida a cualquier ambientador barato, le hizo tomar conciencia de dónde estaba y qué le aguardaba. Ese vestíbulo, solemne como una catedral, era la entrada al cuartel general de Perfumes P, una de las firmas más selectas de España, y él tenía que presentar su primera campaña para una nueva línea de geles de baño. Ahí estaba, covenciéndose a sí mismo de que estaría a la altura. Sabía que para los directivos de perfume P él era un desconocido y que para la agencia a la cual se acaba de incorporar, un nuevo creativo con mucho que demostrar todavía. Se estaba jugando su futuro. 
El refinamiento y buen gusto que le rodeaba no conseguía aplacar su inquietud. 
!Qué elegancia!!Qué clase había en todo lo que veía!!Qué insignificante se sentía! !Y ese delicioso perfume! A su lado, Mario, el ejecutivo que le habían asignado, no daba muestras de estar olisqueando. Debería estar acostumbrado o era un analfabeto olfativo. 
Nadie salió a recibirles. Tampoco la elegante recepcionista les prestó atención. Cosas del procedimiento, pensó. Su compañero Mario, que ni siquiera se acercó a ella para anunciar su presencia, fue a sentarse en el tresillo de piel clara. Ferrán pensó que alguien vendría a buscarlos en cuanto llegase la hora exacta. Pero no fue así. Pasaron veinte minutos largos y Ferrán empezó a impacientarse.
–Siempre hacen esperar –le dijo su compañero. Y le miró con cierta suspicacia. Ferrán casi le leyó el pensamiento. ¿Quién coño era él para andarse con prisas? ¿Un creativo con un brillante curriculum? ¿Y qué importancia podía tener toda su experiencia para alguien como los señores P? ¿Ferrán había hecho cientos de campañas? Los señores P habían creado perfumes que daban la vuelta al mundo por su originalidad y su poder de seducción.  Tocaba esperar, calladito y con la mejor compostura.


Abrió el cartapacio que contenía los bocetos con la campaña. Y al repasar el storyboard se le vino abajo, aún más, su autoestima. Su olfato, especialmente sensible esa mañana, le decía que esa campaña no era la adecuada.  En ese momento, le hubiese gustado salir corriendo y volver a la oficina, ponerse a trabajar de nuevo y crear la campaña ideal para tan insigne gel de baño. Pero ya era demasiado tarde. Hizo ademán de levantarse, no para huir, si no para sacudirse los nervios. Mario le agarró del brazo y se lo impidió. Sentadito y callado.


Llegó una secretaria. Mario se cuadró delante de ella. Ferrán se levantó y cogió su cartapacio. En fila india y a paso ligero entraron por una puertecita minúscula que había debajo de la gran escalinata. La entrada de servicio, supuso Ferrán.  Caminaron por estrechos pasillos. Salieron a una planta noble donde un maniquí lucía un vestido de Armani, hecho de cuentas de titanio. Como para regalárselo a su novia. Todo cuanto veía le parecía exquisito. El mobiliario, las alfombras, la iluminación, los despachos de los ejecutivos. Cada estancia tenía su propio aroma, a cuál más original y sutil.
Llegaron por fin a una gran sala. En torno a una enorme mesa de roble, seis respetables y elegantes hombres. Nadie les saludó. Joder, o hay mucha confianza o son unos maleducados. Ferrán hizo ademán a Mario para que les presentase. Siendo su primera reunión, lo lógico sería que Mario les hablase de él, de su trayectoria, de sus campañas, de su experiencia en el sector. Cualquier cosa para que esos respetables supiesen que había alguien más que ellos en la sala. Alguien no tan importante como ellos, no tan bien vestidos como ellos, que no olía tan bien como ellos, pero alguien al fin y al cabo. Mario no entendió su gesto apremiante.Y cuando Ferrán pidió la palabra con la mano y pretendió decir su nombre, uno de ellos le interrumpió
–Bien, vamos a esperar a Cintia –dijo ese alguien. Y continuaron todos en silencio.


Cintia entró como un vendaval, seguida de tres trainings, a cual más exuberante, aunque quien se llevaba la palma era ella. La directora de marketing rondaba los cuarenta, pero vestía como una colegiala de dieciocho. Ferrán no pudo evitar que su mirada descendiera por la minifalda. Vio unas piernas contorneadas, trabajadas en algún gimnasio de la zona alta de Barcelona. Un poco cortas a su gusto. Al levantar la vista, se encontró con la de ella, recriminándole su atrevimiento. Mal comienzo, se lamentó Ferrán.


–¿Dónde está Mariona? –preguntó Cintia nada más sentarse en cabeza de mesa. Se refería a la mujer del presidente de la agencia. Hasta la llegada de Ferrán, Mariona había sido la creativa para la cuenta de Perfumes P.  Mario le recordó que su creativa preferida se había retirado a escribir una novela.
–En su lugar, está Ferrán, que es nuevo en la agencia, pero...
–Está bien –le interrumpió Cintia –. Veamos esa campaña.


Ferrán empezó su presentación. Nada más decir “aromas de Balneario”, saltó uno de los respetables y le dijo que de balneario nada, que eso químicamente era imposible. Ferran se quedó mudo. Entendió entonces dónde estaba el fallo, eso que le había inquietado en el vestíbulo. Pero al mismo tiempo se  dio cuenta de que había caído en una trampa.  Días antes, el presidente de la agencia le había hecho su primer encargo. Tenemos que crear un nuevo gel de baño, le dijo. Y Ferrán, por temor y respeto, no se atrevió a decirle que él era creativo de anuncios y spots y que poco sabía de crear productos. Si es que fácil, le dijo el presidente. Y le citó una línea de geles de baño basados en la salud y la naturalidad que habían creado para Permufes P. Todo un éxito. Se trataba de crear algo similar, pero distinto. Ferrán se acordaba de esa línea por haberla visto en televisión. Pero también recordó una campaña de una marca competidora, que había salido varios años antes y que había sacudido el mercado de geles de baño. Pero no dijo nada. 
Ahora estaba ahí, atrapado, frente a esas eminencias del mercado de la perfumería. Y tuvo la sensación de a que todos aquellos respetables perfumistas, químicos, directores de marketing y ejecutivos se les habían acabado las ideas o agotado el olfato y estuviesen esperando que de un creativo que hacía anuncios saliese una nueva línea de geles de baño. Ferrán dio la presentación por perdida. Pero Cintia se le adelantó.

–No estamos aquí para perder el tiempo. Nos estamos jugando mucho dinero en este proyecto y el creativo no ha hecho sus deberes. ¿Dónde está Mariona?


Todos miraron a Mario que apenas balbuceó alguna excusa. Ferrán estaba indignado y sin ánimos de defenderse. ¿Para qué decirle a aquella mujer que sí se había tomado su trabajo en serio? ¿Cómo explicarle que su cometido no era crear nuevas líneas de producto? Que eso era precisamente lo que tenían que hacer ellos.¿Cómo pedirles un briefing claro y conciso, con un producto bien definido? ¿Por qué excusarse por ser nuevo en la agencia y no haber tenido tiempo de trabajar más profundamente su mercado? Impotente, se reclinó en el sillón y notó como un torrente de rabia se le iba vientre abajo y se le escapaba entre las piernas en forma de silencioso y calentito pedo. 
–Esta reunión está muy tensa –dijo uno de los respetables.
Sí espera, espera, pensó Ferrán, mientras con los cartones de los bocetos ventilaba hacia ellos el dulzón y fétido aroma que estaba suspendido entre sus piernas. Sabía que su etapa con ese cliente y en esa nueva agencia acababa aquel día. Pero qué bien olían sus pedos.











lunes 9 de noviembre de 2009

Rashif, una noche


A Rashif le gustaba pasear por el puerto deportivo de El Masnou. Solía ir las noches de viernes y  sábado, durante los meses de verano, cuando los bares y terrazas se llenaban de jóvenes y ociosos hijos de papá. Rashif se entretenía mirando los lujosos yates y veleros inmóviles sobre las oscuras aguas de los amarres. Le gustaba oír el roce de las jarcias sobre los mástiles, mecidos por la brisa. Un clic clac descompasado, caprichoso, constante y multiplicado por los cientos que llenaban el puerto y se fundían con el cielo estrellado. ¿Para qué tanto barco, si pocos de ellos salían por la bocana más que en un par de ocasiones al año? se preguntaba cuando veía sus cubiertas cerradas con lonas o leía los carteles que más que su venta, anunciaban que sus dueños se habían arrepentido de un capricho, en algunos casos, demasiado costoso para sus posibilidades. Entonces se veía a sí mismo, en un no muy lejano futuro, arribando a las costas de su Tánger natal, al timón del más lujoso de todos ellos. Algún día, algún día, se decía. Y continuaba con su paseo.



   Aquella noche de viernes, como tantas otras, llegó a la hora en que las terrazas empezaban a llenarse. Los coches de los jóvenes pasaban a su lado, lentamente, con gran estruendo de música de potentes graves. Eso era tronar. Y lo suyo, conformarse a ir a pie y callado. Algún día, algún día, se decía. Se dirigió a la terraza donde sabía que encontraría a sus clientes habituales. Cada viernes estaban ahí, sentados en cerrado círculo, en torno a las mesas y mirándose unos a otros sin saber qué decirse. Para ellos el verano era largo y aburrido. La playa por la mañana, algo de deporte al caer la tarde, cenar por ahí y salir de copas o a la discoteca siempre que sus padres se lo permitiesen. Y siempre lo mismo. Un peñazo. Pero para alegrarles la vida estaba él. Y esa noche, no tenía por qué ser diferente a tantas otras en las que había cerrado buenos tratos con ellos. Una docena de papelas de coca, más unos cuantos talegos de costo, a él le salvaban de ocuparse de peón en alguna obra, y a esos mocosos les arreglaba la noche. 



   Ese viernes iba a gusto, lo que se dice, con un puntazo. Había recibido un buen material y se había metido un par de rayas en uno de los lavabos del puerto. Al entrar en el bar, en la terraza, distinguió a un par de clientes suyos, sentados entre un nutrido grupo. Rashif ya conocía su oficio. Discreción ante todo. Pese a ello, no pudo resistirse a acercarse para ofrecerles esa maravilla. Notó que todo el grupo lo había visto llegar y que a medida que se acercaba, más se estrechaba el círculo de sillas y más espaldas veía. Sabía que desentonaba en ese selecto ambiente, pese a que se había puesto su mejor camisa y los jeans al uso. Si quería colocar su material tenía que hacerlo de tú a tú, en algún lugar apartado. Pero esa noche le daba igual. Se acercó a Juan y le preguntó si estaba servido. 



        –Aquí no, ¿estás loco? –le susurró Juan con el mayor disimulo.

Se situó detrás de Pedro. Y Pedro se deshizo de él con un gesto despectivo, como si fuese un negrata vendedor de películas en dvd. Notó que las chicas le miraban con recelo. No pudo evitar  sentirse el centro de atención. 



        –¿Qué os pasa, no os alegráis de verme? –dijo en voz alta, para que todos le escucharan. 



       Nadie dijo nada. El trató de hacerse el simpático. Vamos chicos, que estamos para pasarlo bien, animaros, que no pasa naaa, y cosas así fue las que dijo. Pero los chicos empezaron a levantarse de sus sillas y uno a uno fueron a refugiarse en el interior del bar, incluidos Pedro y Juan. !Qué cínicos esos dos! !Muchas risas cuando convenía y ahora, corrían a esconderse, pensó. Movido por un ciego impulso, entró también en el bar. Y nada más entrar, sintió una pinza en el brazo. Tomás, el dueño del bar, uno más de sus clientes, le agarraba y tiraba de él. Lo arrastró hasta la calle. La adrenalina más el efecto de las dos rayas se mezclaron en su mente. Y su cuerpo respondió lanzando una serie de puñetazos que se estrellaron en la cara de Tomás. Y en esa nube de rabia y ofuscación pudo ver un amasijo de cuerpos que se abalanzaban contra él. Apenas notó los primeros golpes, anestesiado como estaba. Y eso le permitió meter la mano en el bolsillo de sus tejanos y agarrar fuertemente su navaja. No tuvo tiempo de desplegarla. Tampoco sintió el seco golpe que se estrelló contra su cabeza. Sólo vio que todo giraba. Vio los mástiles de los veleros curvarse sobre él. Las estrellas del cielo girando en vertiginoso espiral. Sintió el agua, pero no estaba fría, tenía la temperatura de la sangre que borbotaba de su cabeza. Trató de agarrarse a algo. La quilla de aquel velero no le servía de asidero. Sus manos resbalaban una y otra vez y él se precipitaba hacia la profundidad de esas negras aguas inmóviles, manchadas de aceite y combustible. Ya no habría algún día.



       Cuando llegó la policía, todos declararon que Tomás, magullado y ensangrentado, había actuado en defensa propia. Rashif ya era historia de una noche desafortunada.

sábado 7 de noviembre de 2009

El partidazo

Era el momento decisivo, más allá del cual la suerte estaba echada. En el túnel de vestuarios, a punto de que sus jugadores saltaran al terreno de juego, todas las miradas se dirigían hacia él. Minutos antes, había quedado todo dicho: tácticas, estrategias, posiciones, marcajes. Ahora los chicos esperaban las arengas, los ánimos, las palmaditas en los hombros y el vamos, vamos, vamos que esta la ganamos. Así lo hizo, como tantas veces. Salieron todos brincando, santiguándose o besando el terreno de juego. 
El se demoró un momento a pie de la escalera que conducía al césped. Disponía de apenas dos minutos para relajarse. Escuchó el bullicio de los miles de aficionados en el estadio. Vio las cámaras de televisión, los objetivos de las cámaras fotográficas, los micrófonos de los corresponsales de radio. Todos apuntando hacia el pasillo y esperando el momento en que los dos entrenadores saliesen y se saludasen. Un guión escrito de antemano, siempre el mismo en cualquier retransmisión de un partido de fútbol de primera división. Sabía a quién se enfrentaba. Ricardo Soto, el que había sido su pupilo durante dos años, ahora se sentaría en el banquillo contrario, ufano y orgulloso por los títulos que había conseguido la temporada anterior. Sabía que toda la admiración recaería sobre ese joven entrenador que había maravillado y sorprendido a todo el continente futbolístico. Frente a eso se sintió como si él fuese ya agua pasada. Respiró profundamente, sacudió sus hombros y salió al terreno de juego.
Se encontraron los dos entrenadores en terreno neutral. Justo a mitad de sus respectivas áreas técnicas, ni un milímetro más aquí o más allá. Vino sonriente Ricardo Soto, con la mano tendida. Se acercó Damián, con cara de estar encantado de verlo de nuevo. Pero no le estrechó la mano. El veterano entrenador le hizo un pellizco seguido de dos palmaditas en la mejilla. Las cámaras registraron el momento, pero ni los presentes a pie de campo, ni los millones de espectadores que presenciaban el encuentro se apercibieron de que ese cariñoso y gentil gesto, sentó fatal a Ricardo Soto. Tampoco supieron que eso precisamente era lo que pretendía Damían. Astucias de técnico experimentado que da por bueno cualquier ardid que contribuya a rebajar la confianza del contrario. 
Ya estaba todo el interés en lo que se dilucidaba en el terreno de juego. Y pronto se empezó a ver que el temido equipo de Ricardo Soto, no lo era tanto. Comentaristas, locutores y entendidos se debatían por el desconcierto que imperaba en sus jugadores. Pero tampoco atinaban a ver otro partido que a expensas de ellos se estaba jugando soterradamente. Y es que los jugadores de Damián se dedicaban a minar la confianza de sus contrarios con un amplio repertorio de disimulados gestos: pellizcos en las nalgas, guiños concupiscentes de ojos, arrimadas extra deportivas pero no merecedoras de falta, manoseo y despeinado de cabellos, toqueteos extraños, apretados revolcones en el suelo, suaves soplidos en las orejas. Un recital que desconcertaba a esas estrellas, acostumbradas a todo, menos a eso. !Pandilla de maricones!, les gritaba Ricardo Soto a sus jugadores. Pero ellos no podían contestarle que los maricones eran los otros.  Los nervios los tenían atenazados. No jugaban sueltos. Reclamaban al árbitro por las chanzas de los contrarios. Pero el árbitro no tenía argumento ni reglamento que sancionase un comportamiento tan simpático como el que estaban demostrando esos jugadores. Y así fue durante los noventa minutos. 
El partido acabó en tablas. Los jugadores se retiraron, manteniéndose los de Soto a prudencial distancia de las manos de los de Damián. Cámaras y micrófonos apuntaron de nuevo a los dos entrenadores. Fue Ricardo Soto quien entró en el área de Damian señalándole con un dedo acusador. Y todos se preguntaron por qué estaría tan enfadado el joven técnico. Sólo Damián lo sabía. ¿Agua pasada él?

viernes 6 de noviembre de 2009

Uno ciego y el otro sordo

Conocí a Roberto aquella tarde en que fui a recoger a mi hijo al colegio. Y no me andaré con dilaciones: Roberto era ciego. Aclarado este punto, seguiré con lo que pretendo contar. Aquel día era víspera de todos los santos, los niños habían hecho panellets y los padres estábamos invitados a probarlos en el patio del colegio.!Dulces panellets! De piñones, de coco, de chocolate. Todos hechos por las menudas manos de los alumnos de cuarto de párvulos, entre ellos mi hijo ¿Cómo iba a perderme tal acontecimiento? 
Recuerdo que me instalé en un rincón apartado del patio, evitando los corrillos de padres. Yo no conocía a nadie y sinceramente no tenía nada que comentar a esos desconocidos. A escasos pasos de mí estaba Roberto, solo, inmóvil, apoyado en la pared y blandiendo su bastón blanco. Parecía disfrutar. Frente a nosotros, los niños correteaban trazando círculos enlazados unos detrás de otros, como un tren. Me acerqué a él y me presenté.
– ¿Quién es tu hijo? – le pregunté al cabo.
– Es Pablo – me dijo, lógicamente sin señalármelo. Me fijé en los niños. 
–!Pablo, hola Pablo! –grité a los niños, para identificar a Pablo. El niño que hacía de locomotora se giró y me saludó. Era el hijo de Roberto. Entonces, llevado por un irrefrenable sentimiento de buen samaritano me puse a narrarle lo que estaba haciendo su hijo. 
–Ahí va Pablo, en cabeza. Lleva a todos detrás, en fila. Ahora giran a la derecha. Ahora se caen. Unos encima de otros. Y vuelven a formar el tren y tu hijo el primero...– le iba diciendo. Pero pronto me interrumpió:
–Ignasi, no hace falta que me lo cuentes, que soy ciego pero no sordo –me dijo con tacto.
Me callé. Cerré los ojos. Traté de localizar a mi hijo entre el bullicio de chillidos y risas. Pero no conseguía ni localizarlo, ni situarlo, ni aún menos saber si estaba corriendo, saltando o caído en el suelo.
–No lo intentes, Ignasi –me dijo Roberto. – Para vosotros, nosotros no vemos, pero para nosotros, vosotros estáis sordos.