Nada más entrar en el vestíbulo, Ferrán notó un suave y delicado perfume impregnando el aire. Ese aroma, nada parecido a cualquier ambientador barato, le hizo tomar conciencia de dónde estaba y qué le aguardaba. Estaba en el cuartel general de Perfumes P, una de las firmas más selectas de España, y él tenía que presentar su primera campaña para una nueva línea de geles de baño. Ahí estaba, sintiéndose un desconocido para ese cliente y un creativo con mucho que demostrar en la nueva agencia. Se estaba jugando su futuro. El refinamiento y buen gusto que le rodeaba no conseguía aplacar su inquietud.
!Qué elegancia!!Qué clase había en todo lo que veía!!Qué insignificante se sentía! !Y ese delicioso perfume! A su lado, Mario, el ejecutivo que le habían asignado, no daba muestras de estar olisqueando. Debería estar acostumbrado o era un analfabeto olfativo.
Nadie salió a recibirles. Tampoco la elegante recepcionista les prestó atención. Cosas del procedimiento, pensó. Su acompañante Mario, que ni siquiera se acercó a ella para anunciar su presencia, se fue a sentar en el tresillo de piel clara. Ferrán pensó que alguien vendría a buscarlos en cuanto llegase la hora exacta. Pero no fue así. Pasaron veinte minutos largos y Ferrán empezó a impacientarse.
–Siempre hacen esperar –le dijo su compañero. Y le miró con cierta suspicacia, como diciendo quién se piensa que es este puto creativo. Ferrán casi le leyó el pensamiento. ¿Quién coño era él para andarse con prisas? ¿Un creativo con un brillante curriculum? ¿Y qué importancia podía tener toda su experiencia para alguien como los señores P? ¿Ferrán había hecho cientos de campañas? Los señores P habían creado perfumes que daban la vuelta al mundo por su originalidad y su poder de seducción. Tocaba esperar, calladito y con la mejor compostura.
Abrió el cartapacio que contenía los bocetos con la campaña. Y al repasar el storyboard se le vino abajo, aún más, su autoestima. Su olfato, especialmente excitado esa mañana, le decía que esa campaña no era la adecuada. En ese momento, le hubiese gustado salir corriendo y volver a la oficina, ponerse a trabajar de nuevo y crear la campaña ideal para tan insigne gel de baño. Pero ya era demasiado tarde. Hizo ademán de levantarse, no para huir, si no para sacudirse los nervios. Mario le agarró del brazo y se lo impidió. Sentadito y callado.
Llegó una secretaria. Mario se cuadró delante de ella. Ferrán se levantó y cogió su cartapacio. En fila india y a paso ligero entraron por una puertecita minúscula que había debajo de la gran escalinata. La entrada de servicio, supuso Ferrán. Caminaron por estrechos pasillos. Salieron a una planta noble donde un maniquí lucía un vestido de Armani, hecho de cuentas de titanio. Como para regalárselo a su novia. Todo cuanto veía le parecía exquisito. El mobiliario, las alfombras, la iluminación, los despachos de los ejecutivos. Cada estancia tenía su propio aroma, a cuál más original y sutil.
Llegaron por fin a una gran sala. En torno a una enorme mesa de roble, seis respetables y elegantes hombres. Nadie saludó a nadie. Joder, o ya se conocen de memoria o son unos maleducados. Ferrán hizo ademán a Mario para que les presentase. Siendo su primera reunión, lo lógico sería que Mario les hablase de él, de su trayectoria, de sus campañas, de su experiencia en el sector. Cualquier cosa para que esos respetables supiesen que había alguien más que ellos en la sala. Alguien no tan importante como ellos, no tan bien vestidos como ellos, que no olía tan bien como ellos, pero alguien al fin y al cabo. Mario no entendió su gesto apremiante.Y cuando Ferrán se armó de valor, pidió la palabra con la mano y pretendió decir su nombre, uno de ellos le interrumpió
–Bien, vamos a esperar a Cintia –dijo ese alguien. Y continuaron todos en silencio.
Cintia entró como un vendaval, seguida de tres trainings, a cual más exuberante, aunque quien se llevaba la palma era ella. La directora de marketing rondaba los cuarenta, pero vestía como una colegiala de dieciocho. Ferrán no pudo evitar que su mirada descendiera por la corta minifalda.Vio unas piernas contorneadas, trabajadas en algún caro gimnasio de la zona alta de Barcelona. Un poco cortas a su gusto. Al levantar la vista, se encontró con la de ella, recriminándole su atrevimiento. Mal comienzo, se lamentó Ferrán.
–¿Dónde está Mariona? –preguntó Cintia nada más sentarse en el sillón presidencial. Se refería a la mujer del presidente de la agencia. Hasta la llegada de Ferran, Mariona había sido la creativa para la cuenta de Perfumes P. Mario le recordó que su creativa preferida se había retirado a escribir una novela.
–En su lugar, está Ferrán, que es nuevo en la agencia, pero...
–Está bien –le interrumpió Cintia –. Veamos esa campaña.
Ferrán empezó su presentación. Nada más decir “aromas de Balneario”, saltó uno de los respetables y le dijo que de balneario nada, que eso químicamente era imposible. Ferran se quedó cuadrado Toda la campaña se basaba en ese eslogan. Y entonces entendió que se había metido en una trampa. No era sólo una campaña lo que pedían, se trataba de crear el producto. Como si todos aquellos respetables perfumistas, químicos, directores de marketing y ejecutivos se les hubiese acabado las ideas y esperasen que de un creativo que hacía anuncios saliese una nueva línea de geles de baño. Ferrán dio la presentación por perdida. Pero Cintia se le adelantó.
–No estamos aquí para perder el tiempo. Nos estamos jugando mucho dinero en este proyecto y el creativo no ha hecho sus deberes. ¿Dónde está Mariona?
Todos miraron a Mario que apenas balbuceó alguna excusa. Ferrán estaba indignado y sin ánimos de defenderse. ¿Para qué decirle a aquel portento de mujer que sí se había tomado su trabajo en serio? ¿Cómo explicarle que su cometido no era crear nuevas líneas de producto? Que eso era precisamente lo que tenían que hacer ellos.¿Cómo pedirles un briefing claro y conciso, con un producto bien definido? Impotente, se reclinó en el sillón con tal despecho que no pudo evitar que un silencioso pedo se le escapase.
–Esta reunión está muy tensa –dijo uno de los respetables.
Sí espera, espera, pensó Ferrán, mientras con los cartones de los bocetos ventilaba hacia ellos el dulzón y fétido aroma que estaba suspendido entre sus piernas. Sabía que su etapa con ese cliente y en esa nueva agencia acababa aquel día. Pero qué bien olían sus pedos.

