jueves 12 de noviembre de 2009

La reunión

Nada más entrar en el vestíbulo, Ferrán notó un suave y delicado perfume impregnando el aire. Ese aroma, nada parecido a cualquier ambientador barato, le hizo tomar conciencia de dónde estaba y qué le aguardaba. Estaba en el cuartel general de Perfumes P, una de las firmas más selectas de España, y él tenía que presentar su primera campaña para una nueva línea de geles de baño. Ahí estaba, sintiéndose un desconocido para ese cliente y un creativo con mucho que demostrar en la nueva agencia. Se estaba jugando su futuro. El refinamiento y buen gusto que le rodeaba no conseguía aplacar su inquietud. 
!Qué elegancia!!Qué clase había en todo lo que veía!!Qué insignificante se sentía! !Y ese delicioso perfume! A su lado, Mario, el ejecutivo que le habían asignado, no daba muestras de estar olisqueando. Debería estar acostumbrado o era un analfabeto olfativo. 
Nadie salió a recibirles. Tampoco la elegante recepcionista les prestó atención. Cosas del procedimiento, pensó. Su acompañante Mario, que ni siquiera se acercó a ella para anunciar su presencia, se fue a sentar en el tresillo de piel clara. Ferrán pensó que alguien vendría a buscarlos en cuanto llegase la hora exacta. Pero no fue así. Pasaron veinte minutos largos y Ferrán empezó a impacientarse.
–Siempre hacen esperar –le dijo su compañero. Y le miró con cierta suspicacia, como diciendo quién se piensa que es este puto creativo. Ferrán casi le leyó el pensamiento. ¿Quién coño era él para andarse con prisas? ¿Un creativo con un brillante curriculum? ¿Y qué importancia podía tener toda su experiencia para alguien como los señores P? ¿Ferrán había hecho cientos de campañas? Los señores P habían creado perfumes que daban la vuelta al mundo por su originalidad y su poder de seducción.  Tocaba esperar, calladito y con la mejor compostura.


Abrió el cartapacio que contenía los bocetos con la campaña. Y al repasar el storyboard se le vino abajo, aún más, su autoestima. Su olfato, especialmente excitado esa mañana, le decía que esa campaña no era la adecuada.  En ese momento, le hubiese gustado salir corriendo y volver a la oficina, ponerse a trabajar de nuevo y crear la campaña ideal para tan insigne gel de baño. Pero ya era demasiado tarde. Hizo ademán de levantarse, no para huir, si no para sacudirse los nervios. Mario le agarró del brazo y se lo impidió. Sentadito y callado.


Llegó una secretaria. Mario se cuadró delante de ella. Ferrán se levantó y cogió su cartapacio. En fila india y a paso ligero entraron por una puertecita minúscula que había debajo de la gran escalinata. La entrada de servicio, supuso Ferrán.  Caminaron por estrechos pasillos. Salieron a una planta noble donde un maniquí lucía un vestido de Armani, hecho de cuentas de titanio. Como para regalárselo a su novia. Todo cuanto veía le parecía exquisito. El mobiliario, las alfombras, la iluminación, los despachos de los ejecutivos. Cada estancia tenía su propio aroma, a cuál más original y sutil.
Llegaron por fin a una gran sala. En torno a una enorme mesa de roble, seis respetables y elegantes hombres. Nadie saludó a nadie. Joder, o ya se conocen de memoria o son unos maleducados. Ferrán hizo ademán a Mario para que les presentase. Siendo su primera reunión, lo lógico sería que Mario les hablase de él, de su trayectoria, de sus campañas, de su experiencia en el sector. Cualquier cosa para que esos respetables supiesen que había alguien más que ellos en la sala. Alguien no tan importante como ellos, no tan bien vestidos como ellos, que no olía tan bien como ellos, pero alguien al fin y al cabo. Mario no entendió su gesto apremiante.Y cuando Ferrán se armó de valor, pidió la palabra con la mano y pretendió decir su nombre, uno de ellos le interrumpió
–Bien, vamos a esperar a Cintia –dijo ese alguien. Y continuaron todos en silencio.


Cintia entró como un vendaval, seguida de tres trainings, a cual más exuberante, aunque quien se llevaba la palma era ella. La directora de marketing rondaba los cuarenta, pero vestía como una colegiala de dieciocho. Ferrán no pudo evitar que su mirada descendiera por la corta minifalda.Vio unas piernas contorneadas, trabajadas en algún caro gimnasio de la zona alta de Barcelona. Un poco cortas a su gusto. Al levantar la vista, se encontró con la de ella, recriminándole su atrevimiento. Mal comienzo, se lamentó Ferrán.


–¿Dónde está Mariona? –preguntó Cintia nada más sentarse en el sillón presidencial. Se refería a la mujer del presidente de la agencia. Hasta la llegada de Ferran, Mariona había sido la creativa para la cuenta de Perfumes P.  Mario le recordó que su creativa preferida se había retirado a escribir una novela.
–En su lugar, está Ferrán, que es nuevo en la agencia, pero...
–Está bien –le interrumpió Cintia –. Veamos esa campaña.


Ferrán empezó su presentación. Nada más decir “aromas de Balneario”, saltó uno de los respetables y le dijo que de balneario nada, que eso químicamente era imposible. Ferran se quedó cuadrado Toda la campaña se basaba en ese eslogan. Y entonces entendió que se había metido en una trampa. No era sólo una campaña lo que pedían, se trataba de crear el producto. Como si todos aquellos respetables perfumistas, químicos, directores de marketing y ejecutivos se les hubiese acabado las ideas y esperasen que de un creativo que hacía anuncios saliese una nueva línea de geles de baño. Ferrán dio la presentación por perdida. Pero Cintia se le adelantó.
–No estamos aquí para perder el tiempo. Nos estamos jugando mucho dinero en este proyecto y el creativo no ha hecho sus deberes. ¿Dónde está Mariona?


Todos miraron a Mario que apenas balbuceó alguna excusa. Ferrán estaba indignado y sin ánimos de defenderse. ¿Para qué decirle a aquel portento de mujer que sí se había tomado su trabajo en serio? ¿Cómo explicarle que su cometido no era crear nuevas líneas de producto? Que eso era precisamente lo que tenían que hacer ellos.¿Cómo pedirles un briefing claro y conciso, con un producto bien definido? Impotente, se reclinó en el sillón con tal despecho que no pudo evitar que un silencioso pedo se le escapase. 
–Esta reunión está muy tensa –dijo uno de los respetables.
Sí espera, espera, pensó Ferrán, mientras con los cartones de los bocetos ventilaba hacia ellos el dulzón y fétido aroma que estaba suspendido entre sus piernas. Sabía que su etapa con ese cliente y en esa nueva agencia acababa aquel día. Pero qué bien olían sus pedos.

lunes 9 de noviembre de 2009

Rashif, una noche


A Rashif le gustaba pasear por el puerto deportivo de El Masnou. Solía ir las noches de viernes y  sábado, durante los meses de verano, cuando los bares y terrazas se llenaban de jóvenes y ociosos hijos de papá. Rashif se entretenía mirando los lujosos yates y veleros inmóviles sobre las oscuras aguas de los amarres. Le gustaba oír el roce de las jarcias sobre los mástiles, mecidos por la brisa. Un clic clac descompasado, caprichoso, constante y multiplicado por los cientos que llenaban el puerto y se fundían con el cielo estrellado. ¿Para qué tanto barco, si pocos de ellos salían por la bocana más que en un par de ocasiones al año? se preguntaba cuando veía sus cubiertas cerradas con lonas o leía los carteles que más que su venta, anunciaban que sus dueños se habían arrepentido de un capricho, en algunos casos, demasiado costoso para sus posibilidades. Entonces se veía a sí mismo, en un no muy lejano futuro, arribando a las costas de su Tánger natal, al timón del más lujoso de todos ellos. Algún día, algún día, se decía. Y continuaba con su paseo.



   Aquella noche de viernes, como tantas otras, llegó a la hora en que las terrazas empezaban a llenarse. Los coches de los jóvenes pasaban a su lado, lentamente, con gran estruendo de música de potentes graves. Eso era tronar. Y lo suyo, conformarse a ir a pie y callado. Algún día, algún día, se decía. Se dirigió a la terraza donde sabía que encontraría a sus clientes habituales. Cada viernes estaban ahí, sentados en cerrado círculo, en torno a las mesas y mirándose unos a otros sin saber qué decirse. Para ellos el verano era largo y aburrido. La playa por la mañana, algo de deporte al caer la tarde, cenar por ahí y salir de copas o a la discoteca siempre que sus padres se lo permitiesen. Y siempre lo mismo. Un peñazo. Pero para alegrarles la vida estaba él. Y esa noche, no tenía por qué ser diferente a tantas otras en las que había cerrado buenos tratos con ellos. Una docena de papelas de coca, más unos cuantos talegos de costo, a él le salvaban de ocuparse de peón en alguna obra, y a esos mocosos les arreglaba la noche. 



   Ese viernes iba a gusto, lo que se dice, con un puntazo. Había recibido un buen material y se había metido un par de rayas en uno de los lavabos del puerto. Al entrar en el bar, en la terraza, distinguió a un par de clientes suyos, sentados entre un nutrido grupo. Rashif ya conocía su oficio. Discreción ante todo. Pese a ello, no pudo resistirse a acercarse para ofrecerles esa maravilla. Notó que todo el grupo lo había visto llegar y que a medida que se acercaba, más se estrechaba el círculo de sillas y más espaldas veía. Sabía que desentonaba en ese selecto ambiente, pese a que se había puesto su mejor camisa y los jeans al uso. Si quería colocar su material tenía que hacerlo de tú a tú, en algún lugar apartado. Pero esa noche le daba igual. Se acercó a Juan y le preguntó si estaba servido. 



        –Aquí no, ¿estás loco? –le susurró Juan con el mayor disimulo.

Se situó detrás de Pedro. Y Pedro se deshizo de él con un gesto despectivo, como si fuese un negrata vendedor de películas en dvd. Notó que las chicas le miraban con recelo. No pudo evitar  sentirse el centro de atención. 



        –¿Qué os pasa, no os alegráis de verme? –dijo en voz alta, para que todos le escucharan. 



       Nadie dijo nada. El trató de hacerse el simpático. Vamos chicos, que estamos para pasarlo bien, animaros, que no pasa naaa, y cosas así fue las que dijo. Pero los chicos empezaron a levantarse de sus sillas y uno a uno fueron a refugiarse en el interior del bar, incluidos Pedro y Juan. !Qué cínicos esos dos! !Muchas risas cuando convenía y ahora, corrían a esconderse, pensó. Movido por un ciego impulso, entró también en el bar. Y nada más entrar, sintió una pinza en el brazo. Tomás, el dueño del bar, uno más de sus clientes, le agarraba y tiraba de él. Lo arrastró hasta la calle. La adrenalina más el efecto de las dos rayas se mezclaron en su mente. Y su cuerpo respondió lanzando una serie de puñetazos que se estrellaron en la cara de Tomás. Y en esa nube de rabia y ofuscación pudo ver un amasijo de cuerpos que se abalanzaban contra él. Apenas notó los primeros golpes, anestesiado como estaba. Y eso le permitió meter la mano en el bolsillo de sus tejanos y agarrar fuertemente su navaja. No tuvo tiempo de desplegarla. Tampoco sintió el seco golpe que se estrelló contra su cabeza. Sólo vio que todo giraba. Vio los mástiles de los veleros curvarse sobre él. Las estrellas del cielo girando en vertiginoso espiral. Sintió el agua, pero no estaba fría, tenía la temperatura de la sangre que borbotaba de su cabeza. Trató de agarrarse a algo. La quilla de aquel velero no le servía de asidero. Sus manos resbalaban una y otra vez y él se precipitaba hacia la profundidad de esas negras aguas inmóviles, manchadas de aceite y combustible. Ya no habría algún día.



       Cuando llegó la policía, todos declararon que Tomás, magullado y ensangrentado, había actuado en defensa propia. Rashif ya era historia de una noche desafortunada.

sábado 7 de noviembre de 2009

El partidazo

Era el momento decisivo, más allá del cual la suerte estaba echada. En el túnel de vestuarios, a punto de que sus jugadores saltaran al terreno de juego, todas las miradas se dirigían hacia él. Minutos antes, había quedado todo dicho: tácticas, estrategias, posiciones, marcajes. Ahora los chicos esperaban las arengas, los ánimos, las palmaditas en los hombros y el vamos, vamos, vamos que esta la ganamos. Así lo hizo, como tantas veces. Salieron todos brincando, santiguándose o besando el terreno de juego. 
El se demoró un momento a pie de la escalera que conducía al césped. Disponía de apenas dos minutos para relajarse. Escuchó el bullicio de los miles de aficionados en el estadio. Vio las cámaras de televisión, los objetivos de las cámaras fotográficas, los micrófonos de los corresponsales de radio. Todos apuntando hacia el pasillo y esperando el momento en que los dos entrenadores saliesen y se saludasen. Un guión escrito de antemano, siempre el mismo en cualquier retransmisión de un partido de fútbol de primera división. Sabía a quién se enfrentaba. Ricardo Soto, el que había sido su pupilo durante dos años, ahora se sentaría en el banquillo contrario, ufano y orgulloso por los títulos que había conseguido la temporada anterior. Sabía que toda la admiración recaería sobre ese joven entrenador que había maravillado y sorprendido a todo el continente futbolístico. Frente a eso se sintió como si él fuese ya agua pasada. Respiró profundamente, sacudió sus hombros y salió al terreno de juego.
Se encontraron los dos entrenadores en terreno neutral. Justo a mitad de sus respectivas áreas técnicas, ni un milímetro más aquí o más allá. Vino sonriente Ricardo Soto, con la mano tendida. Se acercó Damián, con cara de estar encantado de verlo de nuevo. Pero no le estrechó la mano. El veterano entrenador le hizo un pellizco seguido de dos palmaditas en la mejilla. Las cámaras registraron el momento, pero ni los presentes a pie de campo, ni los millones de espectadores que presenciaban el encuentro se apercibieron de que ese cariñoso y gentil gesto, sentó fatal a Ricardo Soto. Tampoco supieron que eso precisamente era lo que pretendía Damían. Astucias de técnico experimentado que da por bueno cualquier ardid que contribuya a rebajar la confianza del contrario. 
Ya estaba todo el interés en lo que se dilucidaba en el terreno de juego. Y pronto se empezó a ver que el temido equipo de Ricardo Soto, no lo era tanto. Comentaristas, locutores y entendidos se debatían por el desconcierto que imperaba en sus jugadores. Pero tampoco atinaban a ver otro partido que a expensas de ellos se estaba jugando soterradamente. Y es que los jugadores de Damián se dedicaban a minar la confianza de sus contrarios con un amplio repertorio de disimulados gestos: pellizcos en las nalgas, guiños concupiscentes de ojos, arrimadas extra deportivas pero no merecedoras de falta, manoseo y despeinado de cabellos, toqueteos extraños, apretados revolcones en el suelo, suaves soplidos en las orejas. Un recital que desconcertaba a esas estrellas, acostumbradas a todo, menos a eso. !Pandilla de maricones!, les gritaba Ricardo Soto a sus jugadores. Pero ellos no podían contestarle que los maricones eran los otros.  Los nervios los tenían atenazados. No jugaban sueltos. Reclamaban al árbitro por las chanzas de los contrarios. Pero el árbitro no tenía argumento ni reglamento que sancionase un comportamiento tan simpático como el que estaban demostrando esos jugadores. Y así fue durante los noventa minutos. 
El partido acabó en tablas. Los jugadores se retiraron, manteniéndose los de Soto a prudencial distancia de las manos de los de Damián. Cámaras y micrófonos apuntaron de nuevo a los dos entrenadores. Fue Ricardo Soto quien entró en el área de Damian señalándole con un dedo acusador. Y todos se preguntaron por qué estaría tan enfadado el joven técnico. Sólo Damián lo sabía. ¿Agua pasada él?

viernes 6 de noviembre de 2009

Uno ciego y el otro sordo

Conocí a Roberto aquella tarde en que fui a recoger a mi hijo al colegio. Y no me andaré con dilaciones: Roberto era ciego. Aclarado este punto, seguiré con lo que pretendo contar. Aquel día era víspera de todos los santos, los niños habían hecho panellets y los padres estábamos invitados a probarlos en el patio del colegio.!Dulces panellets! De piñones, de coco, de chocolate. Todos hechos por las menudas manos de los alumnos de cuarto de párvulos, entre ellos mi hijo ¿Cómo iba a perderme tal acontecimiento? 
Recuerdo que me instalé en un rincón apartado del patio, evitando los corrillos de padres. Yo no conocía a nadie y sinceramente no tenía nada que comentar a esos desconocidos. A escasos pasos de mí estaba Roberto, solo, inmóvil, apoyado en la pared y blandiendo su bastón blanco. Parecía disfrutar. Frente a nosotros, los niños correteaban trazando círculos enlazados unos detrás de otros, como un tren. Me acerqué a él y me presenté.
– ¿Quién es tu hijo? – le pregunté al cabo.
– Es Pablo – me dijo, lógicamente sin señalármelo. Me fijé en los niños. 
–!Pablo, hola Pablo! –grité a los niños, para identificar a Pablo. El niño que hacía de locomotora se giró y me saludó. Era el hijo de Roberto. Entonces, llevado por un irrefrenable sentimiento de buen samaritano me puse a narrarle lo que estaba haciendo su hijo. 
–Ahí va Pablo, en cabeza. Lleva a todos detrás, en fila. Ahora giran a la derecha. Ahora se caen. Unos encima de otros. Y vuelven a formar el tren y tu hijo el primero...– le iba diciendo. Pero pronto me interrumpió:
–Ignasi, no hace falta que me lo cuentes, que soy ciego pero no sordo –me dijo con tacto.
Me callé. Cerré los ojos. Traté de localizar a mi hijo entre el bullicio de chillidos y risas. Pero no conseguía ni localizarlo, ni situarlo, ni aún menos saber si estaba corriendo, saltando o caído en el suelo.
–No lo intentes, Ignasi –me dijo Roberto. – Para vosotros, nosotros no vemos, pero para nosotros, vosotros estáis sordos.

martes 27 de octubre de 2009

Flores de aniversario

Antón fue a comprar un ramo de flores. Era el aniversario de su mujer. La floristería estaba llena de clientes y dependientes. Los unos miraban, los otros componían suntuosos ramos y centros. Antón se adentró en la tienda, dejando atrás la sección de flor natural. Quería algo que durase. Llegó a la sección de artificial. Se quedó prendado de un frondoso ramo de rosas, de color rosa. Al acercarse comprobó que eran de tela, pero los pétalos eran tan carnosos y tenían un aspecto tan fresco como los de una rosa natural. Se fijó en los tallos y no se atrevió a tocarlos por temor a pincharse. Definitivamente, ese era el ramo que le gustaría a su mujer.
Se acercó a una dependienta.
– ¿Qué tal este ramo para el aniversario de mi mujer? – le preguntó para acabar de convencerse.
– Caballero, este es un ramo para difuntos – le respondió la dependienta.
– Bueno, no me importa esperar – le dijo.
Y vio que la dependienta se ponía lívida y lo miraba de arriba abajo.

miércoles 21 de octubre de 2009

El profesor Dalmases




Miguel, con toda intención, llegó tres cuartos de hora tarde. No saludó, ni se disculpó. No tenía porqué. Era el primer lunes de julio y él debería estar de vacaciones, como sus compañeros, y no en esa clase vacía. Mierda, dijo. Y se plantó en el umbral de la puerta con los brazos cruzados y la mochila tirada en el suelo. De ahí no se movía.
Al fondo, el profesor Dalmases lo había estado esperando. Cuando vio a su alumno, renuente y mal carado, decidió no ocuparse de él de momento. Cada cosa a su tiempo, se dijo y siguió con lo que había estado haciendo. Acabó de amontonar los libros a un lado de su mesa, los folios en blanco al otro y el libro de ejercicios en el centro. Luego comprobó que había suficientes bolígrafos, lápices y gomas. Sirvió agua en su vaso. Borró la pizarra. Sólo cuando tuvo todo dispuesto y a su gusto, echó una discreta mirada al chico. Con lo que vio tuvo suficiente para hacerse una idea de lo que le esperaba. Y comprendió que no lo tenía fácil. Suspiró hondamente y se encaró hacia él.
–Estaríamos más cómodos si te sentases aquí –le dijo amablemente y le señaló la silla que había dispuesto para él frente a su mesa, sobre la tarima. 
El chico le respondió cruzándose de brazos y yéndose a sentar a un pupitre de la última fila. Dalmases levantó su mirada al cielo. Se encomendó a Santo Domingo, patrón de los maestros. Dame fuerzas, le pidió e inspiró profundamente. Luego, se inclinó de nuevo sobre la mesa, abrió el libro con los ejercicios que le había preparado y empezó a revisar el primero. Y luego el segundo. Y el tercero. Y a medida que el tiempo pasaba, empezó a percibir que el chico se removía en su asiento, o que el chico golpeaba repetidamente el pupitre con los pies, o que el chico adoptaba groseras posturas y expresiones burlescas. Le era indiferente lo que hiciese. Él iba pasando páginas. Si el chico se ponía a jugar a la videocónsola, él pasaba página y le señalaba la silla. Si se ponía a enviar mensajes por el móvil, él pasaba página y le señalaba la silla. Así página a página, provocación tras provocación, transcurrió una larga hora.
Hasta que notó que el chico empezaba a aburrirse y a mirar el reloj. Entonces se levantó muy espacio, desplazando suavemente la silla. Se atusó la americana, se despegó las perneras del pantalón, adheridas a sus piernas por la transpiración y se volvió hacia la pizarra. Dedicó tres largos minutos a escribir un texto. Lo hizo con letra minúscula, ilegible desde el fondo. Luego bajó de la tarima, cruzó el aula y salió por la puerta. No sin antes señalarle la silla al chico.
Al chaval ya no se le ocurría qué hacer para provocar a ese tal Dalmases. Si todo el verano tenía que ser así..., pensó. Se levantó y después de asegurarse que la puerta estaba cerrada, se acercó a la pizarra. “Mira Miguel. A mí me fastidia tanto como a ti estar aquí en vez de en la playa. Tengo tragaderas suficientes como para amargar tus vacaciones. Así que cuanto más fáciles pongas las cosas, antes podremos irnos los dos. Es así de simple”, leyó. Muy a pesar suyo tuvo que aceptar la evidencia. No le quedaba otra opción si quería aprobar en setiembre. Un escalofrío sacudió su cuerpo y su rabia se fue diluyendo poco a poco.
El profesor Dalmases regresó y se encontró a Miguel sentado junto a su mesa. El chico había dado un primer paso. Quedaban unos cuantos más. Se sentó junto a él y abrió la primera página con el primer ejercicio.
– ¿Empezamos? – le dijo.

miércoles 14 de octubre de 2009

Nuevo blog

Amigos.

He creado un nuevo blog. Se llama "La vida on line" y en él pienso colgar muchas ideas que uno coge navegando por internet y que en este blog no tendrían coherehcia. Como siempre, seréis bienvenidos.