viernes 6 de enero de 2012

Mea culpa


 Ni en sus peores pesadillas, Darío Durán se hubiese imaginado que convocar aquella reunión con el cliente acabase siendo el mayor error en sus veinte años de profesión. Si hubiese sabido que quien salió de esa reunión ya no sería nunca más el mismo que entró, sin ninguna duda la hubiese aplazado sine die y nada de lo que le aconteció tras salir por la puerta, hubiese ocurrido. Y quizás Darío Durán seguiría acumulando años y experiencias a su larga trayectoria de creativo publicitario.  Acudió acompañado por Sergi Dalmau, su asesor empresarial, un hombre serio, de impecable aspecto, a quien, el día anterior y viendo que en esa reunión se jugaba el sustento, le pidió encarecidamente que le acompañase porque a su entender, eso obviamente no se lo dijo, le proporcionaría un respaldo profesional y riguroso que él, por si solo, no era capaz de dar. Darío podía ser un buen creativo publicitario, pero cuando se enfrentaba a ejecutivos encorbatados, de esos que se dan tanta importancia y saben más que nadie de todo, entonces se venía abajo, la voz le temblaba, las axilas le sudaban y se veía incapaz de defender cualquier atisbo de opinión propia o ajena. Sergi Dalmau, con su capacidad de hilvanar argumentos y exponerlos con palabras creíbles, cubriría ese flanco. Darío le había conocido varias semanas antes, cuando el conflicto con su socio Zacarías ya no tenía visos de arreglarse y había acudido a él para que intermediara entre ambos.  Y como sus gestiones no habían conseguido quebrar la resistencia de Zacarías, convinieron ambos en que una reunión con el cliente para proponerle una amistosa separación de los socios era su última esperanza para acabar con sus disputas y conquistar por fin las riendas con las que manejar su vida. Que ya era hora, a sus cuarenta y dos años.  
Vergüenza ajena. Eso es lo que debió sentir Sergi Dalmau cuando en apenas diez minutos de reunión, vio que a Darío, tras exponer sus propósitos, le salía el tiro por la culata.
––¿Cómo que te quieres separar de tu socio? ––. La pregunta, desde el otro lado de la larga mesa de reuniones en la que estaban sentados, la hizo Mario Monje, el señor cliente.
Mario ejercía de director de marketing de un grupo hotelero español al que la agencia de comunicación de Darío y Zacarías daba servicio. Era un joven ejecutivo de ideas claras, energía y decisión, de esos que parecen predestinados a ocupar las más altas responsabilidades por sus cualidades innatas de liderazgo, por sus numerosos masters o por pertenecer a una familia o tener amistades bien conectadas con las altas esferas del panorama empresarial barcelonés. De todo, un poco, intuía Darío en la ascendente o meteórica trayectoria de Mario Monje. Exquisito en el trato, elegante en su forma de vestir, convincente en su forma de hablar. Pero había un detalle que a Darío le descolocaba. Mario siempre estaba de broma. El buen humor, la disposición a la chanza y un punto de engreimiento era su estrategia para presentarse como alguien a quien la cuenta de resultados no le quita el sueño, no por que no tenga interés en cumplir sus objetivos, si no porque su gestión es tan buena y sus acciones tan geniales que no merecen siquiera ser expuestas a la admiración general. Es más eficaz ir por la vida de gracioso y dedicarse a comentar los más insospechados temas: la alitosis de un compañero, el mal gusto en vestir de otro, las relaciones sexuales secretas en su empresa. Eso despierta más empatía en su entorno. Superficialidad, ante todo. Mientras haya risas, todo va bien. Así se mostraba siempre. Excepto aquel día, claro. Porque cuando vio a Darío Durán acompañado por un desconocido, ambos con expresión grave, dejó de lado las fruslerías, y sin preámbulos ni presentaciones, sin perder un minuto en ese tipo de comentarios que anticipan las reuniones más tensas, el tiempo, el último partido del Barça, adoptó una postura seria y una mirada desconfiada, como diciendo a ver qué problemas me trae éste ahora. 
––¿De verdad piensas que vas a ser capaz de llevar la empresa tu solo? Anda, no me hagas reír. 
La cruel observación dejó a Darío desarmado y rojo de vergüenza. Sergi Dalmau le miraba con cara de estar asistiendo a un deceso. Aún así, Darío se repuso. Lanzando casi las palabras, como un torrente de indignación, adujo que se veía muy capaz. La agencia de comunicación la había levantado él con sus anuncios, sus eslogans, sus vídeos y sus fotos, no su socio Zacarías con sus cuentas. Su socio estaba viviendo a expensas de su trabajo, de su prestigio y de su experiencia. Y encima, estaba poniendo la empresa en peligro con su gestión poco transparente, sus trampas a hacienda y otra serie de felonías que se abstuvo de pormenorizar, pese a que las llevaba apuntadas mentalmente. Y concluyó afirmando que con un argentino estafador y sinvergüenza no estaba dispuesto a seguir trabajando.
Sergi Dalmau se removía en su asiento. Mario Monje se mostraba perplejo, como si jamás hubiese esperado que dos socios que creía que antes se entendían a la perfección estuviesen ahora a matar. Pero de pronto pareció ver una luz. Ahora entiendo las miradas entre tu socio y vuestra empleada Begoña cuando el otro día les pregunté por ti, dijo. ¿Qué miradas fueron esas? preguntó Darío. Pues se miraban con incredulidad, sin ánimo de ofenderte, que no es mi propósito, pero hay miradas que lo dicen todo y yo esas miradas las entiendo a la legua. A punto estuvo Darío de saltar de la silla y hacerle ver a su cliente que tanto su socio como Begoña podían haber ensayado esa mirada para conspirar contra él. Dios, qué hábil respuesta a una pregunta lanzada al vuelo, esas miraditas de condescendencia que Darío casi veía dibujada en la insulsa cara de su socio y en los finos labios de Begoña, como diciendo qué te vamos a decir de Darío más que estamos de él hasta el gorro. Pero Darío no encontraba las palabras para desenmascarar las intenciones difamatorias de esos dos rufianes, otro nombre no merecían. Reconcentrado en sí mismo y en los objetivos por los que había convocado esa reunión, sin entender que la situación se le estaba yendo de las manos, siguió con su guión. Tras exponer la situación con su socio, pasó al siguiente punto: la solución.  Colaboradores cercanos a Mario le habían dicho que al director de marketing no había que irle con problemas, sino con soluciones. Y Darío tenía claro cuál era la solución. A duras penas pudo exponer unos preámbulos para darle a entender que lo tenía todo previsto y que no tenía que preocuparse. Pero sus palabras sonaron huecas, carentes de sentido o de poder de convicción. Su discurso y su pretendido convencimiento fueron apagándose con la indiferencia de Mario. Peor aún, contribuyeron a que Mario Monje se reafirmase en su apreciación. Finalmente,  antes de que le interrumpiese, cosa que solía hacer a menudo, Darío soltó su idea: separar la empresa en dos y ofrecerle el mismo servicio, pero cada uno por su cuenta. Zacarías se ocuparía solo de las webs mientras él se ocuparía del grueso del negocio, es decir, la comunicación publicitaria y comercial de sus hoteles. Sin pensárselo ni un segundo, Mario se negó. 
––No vas a ser capaz ––apostilló. 
Darío enmudeció, ya del todo indefenso. Sergi Dalmau, atento al quite, acudió en ayuda del moribundo. Le dijo a Mario que Darío tenía buenos motivos para separarse de su socio. Con profesionalidad y objetividad, expuso la situación de desventaja en que se encontraba Darío y que la solución que proponía podía resultar operativa para todos. El cliente pareció prestar más atención a Sergi. Dario se preguntó porque nunca conseguía que le tomara en serio. Triste cometido el de un creativo publicitario de quien solo se espera que haga reír con sus ocurrencias y sus ideas geniales, pero cuando se trata de dilucidar asuntos trascendentales, es tratado como un subnormal, o en términos más amables, como un under the line. 
––Lo entiendo, pero si Darío está en esa situación es porque las cosas son así y ahora no es el momento de cambiarlas.
Con lo cual, la reunión estaba finiquitada y Darío sentenciado. Mario Monje los despidió con gesto contrariado, dando a entender que Darío se había cavado su propia tumba. Le tendió la mano, diciendo es una lástima, es una lástima. 
El viaje en el ascensor fue como una bajada a los más ardientes infiernos de la rabia. Se maldijo, se llamo estúpido, inútil, idiota, tenías que haber dicho esto o aquello, siempre te pasa igual, cuándo aprenderás, has hecho el ridículo, qué debe estar pensado Sergi de mí. Deseó no salir nunca más de ese ascensor, pero la señal acústica de llegada, le devolvió a la realidad. 
Darío y Sergi se despidieron en el parking.
––Lo siento mucho ––le dijo Sergi con expresión contrariada.
Darío no sabía qué decirle. Todos sus anhelos de separarse de su socio y regir él mismo su propia empresa se habían precipitado al abismo. ¿Era necesario decirlo? De sobra Sergi lo sabía. Apenas balbuceó unas frases de agradecimiento por haberle acompañado. Subió a su coche. Condujo por la Avinguda Diagonal sin saber a dónde ir ni qué hacer. No dejaba de escuchar una y otra vez aquella frase, un vil puñetazo en su autoestima: no eres capaz.  No se esperaba que Mario Monje se expresase en términos tan vejatorios. Recordó el día en que su socio y él fueron a visitarle por primera vez. Aquel día, Mario Monje se interesó más por él que por su socio. Le preguntó sobre su carrera, le dijo que le habían hablado mucho y bien de él como creativo. De Zacarías nada podía haber oído, dado que acababa de llegar de Argentina y sinceramente era un don nadie en el sector. Días después Mario Monje les propuso a ambos que se asociaran y abriesen una agencia de publicidad para ofrecer servicios de comunicación a sus hoteles. Darío se ocuparía de la parte de publicidad y Zacarías de las webs. Y así lo hicieron. Durante dos años, las cosas fueron bien. Hasta que Darío se dio cuenta de que Zacarías, con su proceder servil, sus dulces maneras argentinas y su exquisito trato con clientes y empleados, le había tomado la delantera y acaparaba para sí la mayor parte de trabajo que le competía a él. Y a saber cómo se estaba cobrando su creciente protagonismo. Entonces fue cuando entendió que estaba en una situación de desventaja en la sociedad, Zacarías era administrador único y como tal podía hacer y deshacer a su antojo, y empezó a reclamarle una gestión compartida en aras de la transparencia y un mejor entendimiento sin suspicacias ni sospechas. Y como Zacarías se negaba, no tuvo otra opción que plantear una separación. Y la respuesta del cliente, ese hiriente no eres capaz, le dejaba literalmente fuera de juego. No eres capaz. Manda huevos. Recordó la última felicitación de Navidad de Mario Monje: gracias por tu inagotable creatividad, había escrito con tinta dorada. Recordó todos los trabajos “extras”, esto es, trabajos sin remunerar o fuera de la asignación mensual, que le había hecho. Recordó el iPod que aquellas mismas navidades le había regalado con una cuidadosa selección de más de mil canciones de su discoteca. No eres capaz. Cuánto dolían esas palabras. Siempre había pensado que le apoyaría. Y se había encontrado justamente lo contrario. ¿Había sobreestimado el aprecio que Mario podía sentir hacia él? Estoy seguro de que me aprecian, ya lo verás, le había dicho a Sergi, minutos antes de entrar en la reunión. Joder, mierda. ¿Qué aprecio ni que cojones? Aquí lo que está pasando, pensó imaginándose de nuevo las miraditas de Zacarías y Begoña, es que el capullo de mi socio se ha estado camelando a Mario.¿Y qué pensar de Begoña, a quien él consideraba su mano derecha en la agencia de publicidad? Vaya par de conspiradores. ¿Cómo he podido estar tan ciego como para no verlo? Si es que todo esto, es solo por mi culpa. 
Y con estos pensamientos y una rabia inmensa que le hacía golpear el volante, Darío Durán siguió conduciendo. Y pensando en que en ese momento Mario Monje ya estaría llamando a su socio Zacarías para informarle de la reunión, pasó de largo por la Illa Diagonal, donde tenía su despacho y donde se suponía que tenía que ir. Y deseando no volver a verle la cara a su socio ni la de Begoña, sabiendo que sin duda Zacarias ya tenía el motivo que le faltaba para despedirlo, Darío Durán se encontró dando vueltas a la manzana, como un taxi sin destino. 

jueves 17 de noviembre de 2011

Parón forzoso

Amigos (si es que hay alguien ahí, aparte de Dios):
Estoy tan imbuído en mi nueva novela, que no se me levanta. Y no me refiero al ánimo.
La próxima será una novela erótica. Lo juro. Que son cuatro días.

lunes 7 de noviembre de 2011

Fumar da trabajo


       Mira por donde, he encontrado trabajo. Ha sido algo inesperado, fruto de una mezcla de sana espontaneidad, experiencias pasadas inconfesables, necesidad y casualidad. Sea como sea que haya ocurrido, ya tengo trabajo. Y eso es lo importante. Aunque, bueno, no tengo un sueldo fijo, voy a comisión. 
No he tenido que ir a una oficina de empleo, ni consultar en los buscadores de internet. Ni en uno ni en otro lugar, hay oportunidades para un creativo publicitario casposo y oxidado como yo. Y curiosamente, el trabajo que he encontrado tiene que ver mucho con mi antiguo oficio. Y con otro ya hace mucho tiempo olvidado.
Lo he encontrado en un estanco. Pero no os asustéis, no estoy tras el mostrador expediendo labores de ultramar, cajetillas de rubio o negro, mecheros o números de la primitiva. 
Me explico.
Por desgracia soy fumador. De esos fumadores que lo intentan todo para dejarlo. Antes fumaba paquete diario de Malboro. Después, porque empezaba a notar que me cansaba al subir escaleras o porque todo el mundo me daba la buya o por la puta crisis ––había perdido mi trabajo––me pasé a los puritos cortos. Me mareaban tanto y su gusto era tan fuerte y desagradable que era encenderlo y apagarlo. Fue un primer paso para fumar menos. En vez de veinte cigarrillos, fumaba tres o cuatro puritos. Ya se sabe, uno después del desayuno que me ponía pa allá, otro después de las comida, otro a media tarde y el último tras la cena.  Pero bueno, que uno acaba acostumbrándose a todo. Pasados unos meses, ya fumaba diez de esos puritos y los apuraba casi hasta quemarme las uñas. No podía ser. Intenté otra estrategia. Vi que se estaba poniendo de moda eso de líar cigarrillos. Me hizo gracia. Me recordaba mis épocas de fumeta,––las experiencias pasadas inconfesables––quiero decir, cuando fumaba hachís. Liaba unos porros que no veas. No porque colocasen si no porque me quedaba muy bien. Tenía buena mano y finos dedos. Me dije por qué no. La idea de tener que liarme un cigarrillo cada vez que me apetecía coincidía con mi afición a tener las manos siempre ocupadas en el teclado del ordenador o del teléfono móvil. Es decir, que me quedaba poco tiempo para parar y dedicar un par de minutos a liarme un cigarrillo. Fumaría menos. Dicho y hecho. Me aficioné a liarme cigarrillos. Tres o cuatro al día. Ahora vuelvo a estar por los diez. Pero ¿qué le vamos a hacer? El móvil me aburre ––nadie me llama, no chateo ni envio whatsups porque nadie contesta–– y las pausas que hago al teclear son cada vez más largas y concienzudas.
Pues en esas estaba el otro día. Se me acabó el saquito de tabaco a granel. No diré de qué marca era porque ahora trabajo para otra. Me fui al estanco que hay debajo de casa. Entré con un papelillo de liar entre los dedos y un filtro en los labios, de esos que venden en un saquito, joder, antes cuando hacía porros los hacía con recortes de cartón que rasgaba de los paquetes de Marlboro o directamente, para ser más fino, rompía el filtro de un cigarrillo, con lo cual resultaba especialmente oneroso, entre el hachís y el cigarrillo desperdiciado, total que eso,  que entré con cara de ansioso fumador de tabaco de liar. Y mira por donde ––la casualidad––, en la entrada había un promotor de la marca x.
–– ¿Usted fuma tabaco de liar? ––me preguntó.
––Sí, ¿cómo la sabe?
Era obvio.  El filtro en los labios, el papelillo entre los dedos.
––Le regalo un mechero si prueba la marca x. ¡Un mechero con luz!
––Me viene bien un mechero con luz, me van a cortar la luz un día de estos por falta de pago.
Al promotor le hizo mucha gracia mi comentario ––la sana espontaniedad––. A mí no tanto porque lo había dicho de corazón. 
Me dijo que comprase un paquete de prueba a precio de oferta. Me pareció bien. Compré el saquito. Y como tenía un mono de fumar que no veas, me puse a liar un cigarrillo a su lado. En esas estaba cuando entró otro cliente y el promotor volvió a recitarle su oferta. Y yo, como ya tenía el cigarrilo líado, se lo ofrecí al nuevo cliente para que probase la marca x. Al hombre le gustó el sabor. Compró su saquito, pero de mas cantidad que el mío,  y se llevó en vez de un mechero una miniradio con auriculares. Y como me quedé sin cigarrillo, volví a liarme otro. Y entró cliente. Y vuelta a empezar. 
Desde entonces, no me separo del promotor. Somos un éxito de ventas. Compartimos la comisión. Pero entre los dos ganamos más que cuatro promotores. 
¿Es o no es un buen trabajo, este de liar cigarrillos? Y además ya no fumo. Tengo las manos siempre ocupadas.

jueves 6 de octubre de 2011

Steve Jobs, poeta de la tecnología


Supo transformar complicadas líneas de códigos en simples gestos.
Su idea era que con un solo dedo abriésemos ventanas con vistas a inimaginables horizontes.
En el camino, tuvo sus aciertos y sufrió sus entusiasmos.
Pero qué nos importa ahora sus malos momentos. Supo sobreponerse. Nunca abandonó sus sueños.
Y cuando volvió, puso al alcance de nuestras ávidas manos todo el conocimiento, el arte, la necesidad de relacionarnos, de saber, conocer,trabajar, crear, sorprendernos. Lo hizo con rigor y buen gusto. Se avanzó a nuestros deseos y a sus despistados competidores. Nos puso al alcance de nuestro dedo índice, su sueño. !El mundo en nuestro dedo indice! Cuando el pulgar y su atávica función de pinza, dominaba nuestras ansías de poseer el mundo, ¡Steve soñó con el dedo índice! Soñó que con solo un clic sobre un ratón, la humanidad podía cambiar. Y lo consiguió.
Persigue tus sueños, se traslució en su discurso premonitorio. Y hazlo posible, se evidenció de su gestión terrenal .
Arístoteles y su pensamiento, Platón y sus sueños, Galileo y su tierra redonda, Diderot y su enciclopedia, Gutemberg y su imprenta, Lumiere y el cinemátografo. Bell y el teléfono, los Beatles y su música.Algo de Ave Fenix. Quizás algo de Don Quijote. Yo que sé. Puede que la obra de Steve Jobs no esté en las bibliotecas, pero siempre estará en mi dedo índice

miércoles 5 de octubre de 2011

No me gusta ese cuadro


El comentario que hizo Luis del cuadro fue desafortunado. Aún más. Fue una salida de tono inapropiada, dada la gravedad del momento.  No fue uno de aquellos comentarios que se dicen de pasada, como quien comenta el tiempo o una noticia del día; eso hubiese sido una frivolidad hasta cierto punto disculpable. No fue dicho siquiera para romper el tedioso silencio que reinaba en el salón desde hacía horas; eso hubiera sido una insensibilidad. Fue dicho con toda intención, asegurándose su autor, ya para acabar de calificarlo como provocación, de que los presentes supiesen a quién iba dirigido.
––¿Cómo te atreves? ––le dijo su hermano Roberto, el aludido, conteniendo, midiendo sus emociones. 
––No empecéis con lo de siempre ––se interpuso Belinda, que pareció despertar de un sopor que hasta ese momento la había mantenido ausente. 
Luis esbozó una media sonrisa cínica y con una mirada cómplice buscó el asentimiento de su mujer Sonia, que se mantenía aparte en el sofá de cuatro plazas. Pero Roberto, cuyo comedimiento se estaba transformando en un inicio de ira, no quiso dejar de responder a su hermano mayor.
––Ya ha hablado la autoridad. El que lo sabe todo. ¿No podías callarte, por respeto a Papá?
Belinda, desde sus sombras y sus pensamientos trató de tranquilizar a Roberto. Le dijo que lo dejase, que ya conocía a Luis y sus comentarios. Ahora el aludido era Luis.
––¿Qué pasa, hermanita? ¿Que en esta casa quien entiende de arte es solo Roberto? ––arremetió Luis––. Claro, él es el artista.
Belinda se irguió. Hasta ese momento había permanecido hecha un ovillo en el sillón en el que siempre se sentaba su padre, ocultando con sus manos la angustia en su rostro. Con una autoridad que surgía del dolor y la preocupación dijo:
––Parecéis críos. Papá se está muriendo y vosotros con vuestras tonterías de siempre.
Se hizo el silencio. Luís cogió el periódico. Roberto miró el cuadro. Desde su privilegiada posición sobre la chimenea del salón principal, Mercedes Salisachs posaba para la eternidad y observaba a sus hijos y a su nuera, reunidos en la sala principal de la masía familiar, esperando un desenlace inevitable. Los nietos jugaban en la sala de juegos. Ni se les oía.
El mullido sonido del carrito auxiliar rodando por la moqueta del pasillo del piso de arriba y la fugaz visión de la bata blanca de la enfermera era señal de hora de dar la cena al enfermo.
––¿A quién le toca? ––preguntó oportunamente Sonia. Le hizo un gesto apremiante a su marido.
––Ya voy.
Luis se levantó del sillón. Pasó junto a su hermano Roberto y le hizo una mueca. Roberto fingió no verlo. Esperó a que desapareciera por las escaleras. Y luego, parodiando la voz de su hermano ausente:
––No me gusta este cuadro, no me gusta ese cuadro ––y ahora con su voz––: ¿Cómo es capaz?––y emitió un chasquido de hastío.
––Déjalo, quieres, Roberto ––de nuevo Belinda, arrastrando las palabras, con el dolor y la pena desdibujando sus ojos. 
Sonia apareció de las sombras, su rostro iluminado por la mortecina luz de la lámpara de lectura junto al sofá cuatro plazas. 
––Pues qué queréis que os diga, a mí tampoco me gusta demasiado. Con todos los respetos por vuestra madre. 
Roberto se tragó su inquina. Prefirió mostrarse distante y superior. Se disponía a argumentar los valores pictóricos del cuadro, como tantas veces lo había hecho, pero Belinda se le adelantó. Y no precisamente para hablar de valores pictóricos. 
En ese momento entré yo. ¿Quién soy yo? Tomás, un amigo de la familia, de toda la vida. Permítanme que les cuente luego mi relación con esta familia. Ahora lo que nos ocupa es esta historia. Esta jodida historia.  Si es que a esto se le puede llamar historia. Yo lo llamaría culebrón. A mí me van los culebrones. Los de lágrima y moquillo. Y la escena en la que aparecí desde luego era digna de una serie de televisión, de esas de líos de familia que dan en la sobremesa. Vaya peña esa familia. Con todo el respeto al enfermo, don Eduardo, mi padrino, mi protector, el tío que más ha hecho por mi y a quien más quiero en el mundo. Pero es que entre los hijos y la nuera, ya digo que vaya peña. Se odian. Y va y al viejo no se le ocurrió otra que venirse a morir a la Masía, rodeado de los suyos. Mejor les hubiese enviado una postal desde el cielo para evitarse la escena que tuve que presenciar. No sé cómo se inició la bronca. Quizás ustedes lo sepan. Quizás alguien por encima de mí, alguien con voz autoritaria y manteniendo la distancia para parecer objetivo como un presentador de telediario, les ha soplado algo. Bueno, da igual. El hecho es que entré y vi que la Belinda estaba como sulfurada, encarada a la Sonia esa, ya saben, la mujer de Luis. Pero tú que te has creído, tú no eres nadie en esta casa, decía Belinda, lo que queréis Luis y tú (pongo zorra entre paréntesis porque no estoy muy seguro de haberlo oído) lo que queréis es ver a papá muerto y quedaros con la Masía... y no sé qué dijo del cuadro, el cuadro de doña Mercedes, la madre, que en paz descanse. Joder, qué fuerte. Me quedé clavado. Nunca había visto a Belinda así. Escupía fuego por la boca, con unos gritos que ni te cuento. Pero cuando se dio cuenta de que yo estaba ahí dejó de chillar, como si mi presencia le diese corte, como si yo no fuese digno de presenciar las cuitas familiares, con lo que he tragado en esta familia. En fin, da igual. Total que tras el desahogo, se lanzó al sofá, el sofá del señor Eduardo, y empezó a llorar a moco tendido. Me dio una pena...   
Papá, papá, soy Luis, papá, ¿me oyes? Has de comer algo, te sentará bien. ¿Quieres que te incorpore? Anda tomate esta sopa. Te la ha preparado Tomás. Sí, Tomás, también está aquí. Venga una cucharadita. Así muy bien. ¿A que está buena? Sí, estamos todos aquí. ¿Que quieres que subamos? ¿Ahora?¿Nos quieres decir algo? ¿Y no me lo puedes decir a mí? Soy tu hijo mayor. Bueno, no te pongas así, no te conviene excitarte, ya sabes lo que ha dicho el médico.
!Qué poco ha tardado Luis en subir! El muy. Ya está maquinando. Belinda tiene razón. Está claro que Luis piensa que papá le va a dejar la Masia a él. No creo que papá esté tan ciego. Se le ve bastante lúcido. Dios, qué corto es mi hermano. Si de verdad se piensa que se va a quedar la masía, lo tiene claro. Y en caso de que sea así, ¿qué va a hacer con ella, si no puede mantenerla? La va a vender. Papá lo sabe y no lo va a permitir.  A Luis le importa una mierda esta casa y todo lo que contiene. Lo del cuadro seguro que es una de sus estratagemas. Lo desvaloriza para que ninguno de nosotros lo reclame. Y ahí sí que no voy a transigir. Con el cuadro de mamá no. Por dios que no.
¿Zorra? ¿Me ha llamado zorra? Me callo por respeto al viejo. Qué astuta es Belinda. Sabe llorar, la tía. Hasta se corre el rimel para que todos veamos cuán afligida está. La niña de su papá, la nineta del seus ulls. ¿Por qué lloras tanto? Se acabaron los caprichos, ¿verdad? Se acabaron tus orgías lésbicas en esta casa ¿verdad?  Se acabó la buena vida sin pegar golpe ¿verdad? Dios, qué fácil te lo han puesto. ¿Qué pasa? ¿Que ahora le ves los dientes al lobo y disfrazas tu temor con esa cara de afligida que pones y que me resulta patética? 
Joder. Casi se oían los pensamientos en esa sala. La Sonia miraba a Belinda con ojos encendidos. Menos mal que aguantó el chaparrón de Belinda con aplomo y no dijo nada. Supongo que por respeto al enfermo. O porque entré yo y la Sonia esa, que se piensa todavía que yo soy el criado, prefirió callar porque que con el servicio delante, no se pueden ventilar los trapos sucios. El pobre de Roberto tenía los ojos clavados en su santa madre y musitaba que no y que no y que no. 
Era una familia destrozada. 
Les serví un té que me agradecieron cada cual a su manera. Belinda con unos ojillos que me llegaron al alma. Hice como que me quería ir a la cocina, para dejarlos tranquilos. Belinda me cogió por el brazo y me hizo sentar cerca. Eso me hizo poner la piel de gallina. Por primera vez me sentía alguien importante en esa familia. Estaba tan emocionado, que no sabía qué decirle ni cómo consolarla. No llores que tu papá se va a curar, estuve a punto de decirle. Menos mal que no se lo dije. Porque todos sabíamos, joder si lo sabíamos, que al viejo le quedaban horas. Pobre hombre. Fue un santo en vida. Y esa peña. Esa peña.
Se me saltan las lágrimas de solo recordarlo. Pero debo continuar. En primera persona, tal como lo viví. Sigo. No habían dado ni un sorbo al te, cuando Luis, el hijo mayor, con una voz entrecortada, dios qué falso sonó, dijo que subiésemos todos que papá quería decirnos sus últimas palabras. Tú también Tomás, me dijo con cierto tonillo que no sé como describirlo para no parecer pretencioso. Subimos y rodeamos al enfermo. Permítanme que me salte las palabras exactas que emitió el señor Eduardo, mi padrino, mi protector, el tío que más ha hecho por mi y a quien más quiero en el mundo. No puedo reproducirlas, por respeto a la familia. Aunque de hecho no oí nada. No sé ustedes, pero cuando alguien, desde la segunda linea de afectos ve a una persona querida morir, los sentidos se le confunden. Al menos eso es lo que me pasó a mi. No sé si oí sus ojos apagándose o vi sus últimas palabras extinguirse con su aliento. Y después, joder, lloré. Y tanto que lloré. Y Belinda lloró. Y Roberto lloró. Y Luis dio una patada al carrito de la cena, con tan mala leche que volcó la sopa sobre el cuerpo todavía caliente y abandonó la habitación, la Masía y la urbanización junto a su Sonia que le decía ¿lo ves? ya te lo decía yo, ¿lo ves? Y no sé cuánto rato estuvimos allá, llorando a moco tendido. Hasta que Belinda recobrando su autoridad nos animó a salir de la habitación. Y salimos cogidos de la mano, con el alma en pena. Como buenos hermanos bajamos al salón a iniciar el duelo y al cabo de un rato que se me hizo eterno, va Roberto y me señala el cuadro de la señora Mercedes.
Una densa penumbra reinaba en el salón principal de la Masía. Frente a la chimenea, bajo el tenue fulgor de la lámpara que iluminaba el cuadro, Roberto y Tomás miraban inmóviles el retrato de Mercedes Salisachs. El pintor Vayreda la había pintado con un vestido azul celeste cuyos pliegues casi se podían tocar. Su piel parecía recoger el calor que desprendían los últimos rescoldos en la chimenea. Sus ojos, como dos puntos luminosos, tenían el brillo del amor maternal infinito. 
––Cuida del cuadro, por dios cuida del cuadro ––le dijo Roberto a Tomás, rodeando sus hombros con un brazo. Luego, Roberto se separó de él y desapareció en la penumbra. Belinda se situó al lado de Tomás, le pasó el brazo por la cintura y apoyó su cabeza sobre su hombro. Le dio un beso en la mejilla.

sábado 1 de octubre de 2011

El tonto del pueblo




       Nadie vio llegar el camión. Ni siquiera Mario, el repartidor del colmado que, aunque corto de luces, siempre era el primero en enterarse de todo lo que ocurría en el pueblo. Después, meses más tarde, se supo que el vehículo en cuestión debió llegar antes del alba, y que de forma sigilosa ––nadie vio resplandor de luces, nadie se desveló por el rugido de un motor ––, pasó por la Plaza del Ayuntamiento, torció a la derecha por la Calle Mayor, subió por la calle San Josep y se detuvo frente a la puerta principal de la casa de los Mora.
Aquella mañana, los vecinos del pueblo emprendieron sus tareas como cada día y cuando algunos de ellos vieron el camión de mudanzas aparcado en la calle Sant Josep nada se preguntaron; ya formaba parte de sus vidas, como el camión que a diario abastecía al supermercado, la furgoneta que traía la prensa al estanco o el coche patrulla de la policía municipal.
Tampoco Mario debió fijarse apenas en él cuando pasó por su lado, ni se entretuvo en leer la palabra mudanzas rotulada con grandes letras en su caja. Mario vio lo que quería ver. La puerta de Casa Mora abierta de par en par.  
Se sabe que Mario pasaba incontables veces al día ante esa puerta de madera recia y oscura. Cuando llevaba las cajas con la compra a doña Irene, cuando le recogía los envases a don Carles, cuando le llevaba la fruta a doña Carmen. De ida a sus tareas y de vuelta al colmado de doña Pilar a recibir más encargos se detenía ante esa puerta cada vez. Durante los veranos, podía oír los gritos de los nietos de los Mora cuando se bañaban en la balsa del jardín, tras el alto muro que bordeaba la casa. Si levantaba la cabeza, y miraba por encima del dintel ornamentado, podía ver algún ventanal abierto, un visillo mecido al viento, una alfombra doblada sobre la barandilla del balcón. Una vez, oyó la voz de la señora dando órdenes. En otra ocasión, había visto el coche del señor Mora, un Mercedes plateado de cristales negros, salir por la puerta del garaje, al que se accedía por la calle de atrás, la de San Miguel. Y poco más podía saber Mario de los Mora. Ellos no eran clientes del colmado de doña Pilar, ni se dejaban ver en el Casino, el bar de la Plaza Mayor. En otoño, en invierno y parte de la primavera, la casa permanecía vacía. Y entonces, Mario debía imaginarse cosas. Debía imaginarse siendo el señor de la casa. Paseándose por sus grandes salones, despertándose en una habitación con balcón y cama con dintel. Se bañaba en la balsa. Pasaba horas ociosas bajo la sombra de las palmeras que veía sobresalir por encima del muro. Mario, en su limitado conocimiento del mundo, debía preguntarse cómo sería la vida ahí dentro, cuántas cosas debían tener los Mora que no conocía ni conocería nunca porque solo era el chico del colmado y siempre lo sería.
Y aquel día, se supone que la puerta abierta de par en par era una irresistible invitación para colmar su curiosidad. 
––Chaval, ¿dónde vas? ––le debió preguntar uno de los operarios de las mudanzas cuando, con toda probabilidad, le salió al paso en el umbral de la puerta.  
Mario debió excusarse diciendo que él era del pueblo, como si eso le hiciese merecedor de confianza. Se supone que el operario, presuroso por el peso de un gran cuadro que cargaba y viendo que el chaval era del todo inofensivo, no le dio más importancia y le dejó entrar. 
––Bueno, pero no toques nada, que luego los dueños nos piden explicaciones ––debió decirle el hombre desde el interior del camión.
Hay que suponer que Mario no tocó nada. El pobre chico era incapaz. ¿Qué podía haber en esa casa capaz de mover la mano de un chico que apenas no sabía leer más que los pedidos de doña Pilar y contar euros hasta diez? ¿Muebles de época?  ¿Tapices, alfombras, cortinas? ¿Vitrinas llenas de libros? ¿Los cuadros de las pareces? ¿Los jarrones de porcelana? ¿La cubertería de plata? Nada de todo eso podía interesarle. Tampoco el dinero porque no hubiera sabido qué hacer con él. Y si hubiese encontrado objetos más apropiados a su edad y condición ––una videocónsola, un coche teledirigido, una cámara de fotos–– tampoco los hubiese tocado porque no tenía suficientes conocimientos para manejarlos. No. Mario debió limitarse a deambular por la casa como en un sueño. En la entrada principal de la casa, debió estremecerse ante los bustos de mármol de cinco generaciones de la familia Mora que con expresiones serias y adustas daban la bienvenida al visitante. Y una vez en el gran salón, debió preguntarse cómo podían haber tantos sofás, sillones, mesitas de centro, lámparas, estanterías. Posiblemente quedó deslumbrado ante los ventanales en forma de arco, de doble hoja, a través de los cuales se accedía al magnifico jardín cuyos ecos oía desde la otra parte del muro. Y debió descubrir que donde se bañaban los nietos Mora no era una balsa de aguas verdes y oscuras, como la que había en el huerto de su abuelo, sino una piscina como nunca había soñado. Y que las palmeras, desde su pie, eran mucho más altas que lo que había calculado desde fuera. Y que su sombra se proyectaba sobre la noble fachada de la casa, invitándole a entrar de nuevo. En su imaginación, se dio un banquete en la gran mesa familiar del comedor principal. Después, buscando quizás un momento de asueto, subió los peldaños de la gran escalinata que partía del recibidor y ascendía hasta la planta superior donde contó hasta más de diez habitaciones, cuatro lavabos y otras tantas estancias inclasificables para él. Y mientras entraba y salía por un laberinto de puertas y pasillos, debió cruzarse con los operarios de la mudanza. 
Se sospechó que eran dos. Y que cumplieron con su cometido de forma esmerada y silenciosa, trajinando los objetos con cuidado de no golpearlos ni dañarlos. Ahora una silla tapizada, luego otro cuadro, después, entre ambos, un escritorio, la cabecera de hierro de una cama, un televisor de plasma, varios videocónsolas.  Se supone que Mario, servicial a más no poder, les ayudó a bajar una gran caja metálica de considerable peso. Y que entre los tres, resoplando y enjugándose el sudor en cada peldaño, consiguieron meterla en el camión. Y cuando Mario pensó que volverían a entrar en la casa puesto que muchas cosas quedaban todavía en ella, uno de los operarios dijo esto es todo, y luego ambos subieron a la cabina, arrancaron y desaparecieron por la calle Sant Josep con el mismo sigilo con el que habían llegado.  
Se supo la verdad, a la primavera siguiente. Cuando el señor Mora cruzó la calle Mayor con su Mercedes, enfiló por Sant Josep, torció en San Miguel, abrió la puerta del garaje y desapareció tras ella. Apenas dos minutos después, el balcón de la habitación principal se abrió con estrépito y se oyó !al ladrón, al ladrón, nos han robado!. Entonces todos los vecinos del pueblo se acordaron de aquel falso camión de mudanzas que vieron un día de ese frío invierno. Pero nadie se atrevió a contarle a don Jordi Mora que nada habían sospechado, que ya sabe cómo es la vida en el pueblo que nunca pasa nada y cuando pasa no nos enteramos, porque nosotros también tenemos nuestras preocupaciones, nuestros trabajos y nuestras obligaciones y mejor pregúntele al Mario, que ese sabe todo lo que pasa en el pueblo. Fueron a preguntarle. Pero nadie lo encontró. Ni en el pueblo, ni en casa del abuelo. Y doña Pilar, la del colmado, dijo que hacía tiempo que no sabía de él y que pensaba que se había ido a pasar una temporada con su padre, como hacía una vez al año. Ya estaban todos conformados con los asombrosos hechos, esperando que Mario volvería tarde o temprano para preguntarle, cuando don Jordi Mora convocó a los notables del pueblo a su casa. Los reunió a todos en la entrada principal y les presentó los cinco marmóreos bustos de sus antepasados. Y cuando llegó al sexto, les preguntó si alguien sabía a quién correspondía esa cara entre sonriente y soñadora que había aparecido de golpe. Los notables se miraron entre ellos. Alguno dijo: !Anda, si es el Mario, el tonto del pueblo!




jueves 29 de septiembre de 2011

El broker


Serían cerca de las ocho de la noche de un viernes, mediado aquel negro mes de setiembre. En la gran sala central de Bartkes & Richmond Inversors tres analistas y un bróker ––el bróker era yo–– apurábamos la jornada frente a nuestras pantallas. Los números rojos y las gráficas bajando en picado no auguraban nada bueno. Pero en Bartkes & Richomd Inversors, nadie quería reconocer que venían tiempos difíciles. Los cerca de cien analistas, los cincuenta brókers, la docena de socios y directivos y los muchos inversores que confiaban sus capitales a nuestra empresa seguían tranquilos, comprando y vendiendo, haciendo cálculos, proyecciones, recogiendo beneficios, como si nada pasase, sordos y ciegos a las alarmas, como si tuviesen el convencimiento de que los números siempre tenían que ser verdes y las gráficas tenían que apuntar a un cielo de gloria. Sigan con su trabajo, ordenaron los jefes en cuanto empezaron a percibir la preocupación en nuestros rostros. No era más que una corrección de los mercados, dijeron. Y seguimos vendiendo bonos y comprando deuda, convencidos de que éramos lo suficientemente listos y poderosos como para frenar la hemorragia financiera que se avecinaba. Y ahí estaba yo, con mi terno gris de bróker y mi placa de identificación, haciendo horas extras y devanándome los sesos para devolver el color verde a los números rojos del fondo de inversión que tenía asignado. Pasadas las ocho de la tarde, con la sala vacía y en penumbra, se podía trabajar tranquilo. Para mí era el mejor momento del día. Hacía el balance de operaciones, repasaba los índices bursátiles, el Dow Jones, el Nikei, el Ibex, preparaba la estrategia de la jornada siguiente y antes de irme a casa, cuando estaba seguro de que nadie me miraba y que mi jefe ya no medraba por la sala, realizaba mi habitual pequeña transferencia que ponía punto final a mi jornada laboral. 
Aquella noche, debíamos estar los presentes muy concentrados en nuestras tareas, porque ninguno de nosotros los oyó entrar. Recuerdo que estaba tecleando el importe a transferir y justo cuando le di a la tecla enter, como si hubiesen estado esperando ese preciso momento, noté una mano en el hombro y oí una voz grave y autoritaria que por la espalda me decía aparte las manos del ordenador, no se mueva y no diga ni una palabra. Levanté las manos y me quedé clavado y mudo, con el corazón a cien. Al ver la orden de detención ante mis narices, comprendí que eran policías y que me habían cogido con las manos en la masa. Noté que dos corpulentos agentes me agarraban por los codos y me levantaban del asiento. Un tercer agente, no tan corpulento, con movimientos rápidos y precisos, desmontó la tapa de mi ordenador y extrajo el disco duro. Me llevaron hacia la salida casi en volandas, amortiguados sus pasos por la mullida moqueta corporativa, mientras la voz autoritaria, pegada a mi oído, casi en un susurro, me declamaba mi derecho a permanecer en silencio, todo lo que diga puede ser usado en su contra, tiene derecho a un abogado, si no puede pagarlo se le asignará uno de oficio etc, etc. Ya a punto de franquear la gran puerta de cristal me giré para ver por última vez el que hasta ese momento había sido mi lugar de trabajo durante cinco años. Al fondo, con sus rostros iluminados por un halo rojizo, los tres analistas seguían absortos en sus pantallas repletas de cifras y gráficos. 
Lo siguiente que recuerdo es que me encontraba en una comisaría de los Mossos de Escuadra, en el pasillo del departamento de delitos económicos, sentado en un infame banco de madera, frente a una puerta cerrada tras la cual se estaba decidiendo mi futuro. Mis manos estaban sujetas a unas esposas de acero que parecían pulseras de plata. En mi mente se sucedían pensamientos a velocidad de vértigo. ¿Cuándo llegará el abogado de la empresa? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Hace dos horas que le he llamado. No he cenado. ¿Me van a dejar ir? ¿Dormiré en el calabazo? El abogado ya debería estar aquí. ¿Y qué le cuento al abogado? ¿Cómo le explico que me han cogido en plena transferencia?  Mejor no digas nada. Que haga las preguntas él. Para eso le pagan. Y mientras me debatía en mis temores y angustias, por la puerta entraban y salían agentes. Unos uniformados, otros camuflados en elegantes trajes de ejecutivo. Observé que tenían algo especial que los diferenciaba de los policías de calle. Su elegante forma de moverse, de llevar papeles y carpetas repletas de documentos. Sus expresiones concentradas. Su forma de hablar entre ellos, sin levantar la voz ni profiriendo palabras marciales. Más que policías parecían licenciados en económicas, con un máster de finanzas y un postgrado en delincuencia de guante blanco. Lo cual, en vez de tranquilizarme, me inquietaba aún más. Tienen mi disco duro, recordé. No van a tardar ni cinco minutos en encontrar el rastro de mis transferencias. Lo tengo crudo. 
El abogado llegó. Se sentó a mi lado. ¿Miralles? Sí, soy Miralles, del departamento de inversiones de clientes institucionales. ¿Le han dicho los cargos? No, me han leído mis derechos. Dios qué pipiolo, debió pensar el abogado, elevando sus pupilas al techo. Tras lo cual se levantó del banco, abrió la puerta, sin llamar antes, y desapareció tras ella como si fuese un habitual de la casa. 
Seguí dándole vueltas a mi situación. Agité las muñecas para desplazar las esposas que empezaban a incomodarme. Pensé en mi mujer. ¿Qué le digo cuando llegue a casa? Vamos, si es que no me llevan directamente a la cárcel Modelo. Hola, Maribel, cielo. ¿Pero dónde has estado? Nada, que he pasado por la comisaría. ¿La comisaría? Bueno, no exactamente, por la brigada de delitos económicos. Dios, ¿qué has hecho? Negué con la cabeza. Silencio. Me di cuenta de que no era la mejor forma de explicárselo. Me acomodé en el banco, los codos sobre las rodillas, la vista clavada en las baldosas blancas y negras del suelo. ¿Cómo le explicaba lo de las transferencias? Lo había llevado en secreto desde el principio y me di cuenta de que un secreto con el tiempo se hace cada vez más pesado, como la nieve acumulada en una ladera hasta que llega el momento en el que el peso de la conciencia o el devenir de los hechos rompen la cornisa y provoca un alud que lo arrasa todo. Las manos empezaban a sudarme. Miré de nuevo frente a mí.  La puerta permanecía cerrada. Nada se escuchaba tras ella. Concluí que lo mejor sería decirle la verdad. La pura verdad. Carraspeé. Ensayé el discurso, el tono de mi voz, mis gestos, mi expresión. Pues verás, cielo, que resulta que me gusta ser previsor. Y ya sabes que muevo mucho dinero. Compro y vendo. Tengo asignado un fondo de inversión. Y veo cómo cada día crece. Crece y crece. Lo veo en la pantalla de mi ordenador. Y en esa misma pantalla veo nuestra cuenta corriente. Esa no crece. Cada mes lo mismo, el ingreso de la nómina. Y punto. Un día me dije que si hacía un... ¿cómo te lo diría? un... un... pues eso como un pequeño aparte de los beneficios del fondo de inversión y lo transfería a nuestra cuenta, pues que nadie lo notaria y a nosotros nos iría muy bien, sobre todo a los niños. Nada, una pequeña cantidad una vez a la semana. Como una propina. Y así empecé. Y como los beneficios eran cada vez más cuantiosos y aquello era una fiesta especulativa sin fin, me fui animando.  Las transferencias pasaron a ser diarias. Y cada vez un poquito más cuantiosas. Pues eso, que pensando en nuestro futuro y el de nuestros hijos, conseguí reunir unos ahorrillos. ¿Te acuerdas que una vez fui al Londres? No fui a Londres. Fui a las Islas Caimán. A abrir una cuenta corriente.
En el momento en que mi mujer se ponía como una moto porque me has mentido, y te van a llevar a la cárcel por ladrón, mal padre, mal marido, la puerta se abrió. Apareció el abogado y se sentó a mi lado. No hay de que preocuparse, me dijo. ¿Han encontrado algo en el disco duro?, le pregunté inocentemente. Volvió a suplicar al cielo. ¿Disco duro? ¿Qué coño de disco duro? Vamos a ver Miralles, no me distraiga. Hay una operación en la que se han perdido una porrada de millones. Han rastreado de dónde ha salido la orden y han llegado hasta usted. Suspiré aliviado. De momento, mi cuenta en las Islas Caimán seguía siendo un secreto. Pero solo de momento. El abogado me explicó que había cargos contra mí. No muy graves. Nada de malversación. Simplemente podían acusarme de mala gestión. Y ni eso, porque yo era un mandado y en todo caso las órdenes de compra y venta se hacían de forma automática. Sólo tendría que declarar ante el juez. Lo peor que me podía pasar es que me impusiesen una fianza. Pero, tranquilo, Mirallles, la empresa se ocupa.
––Usted limítese a repetir lo que acabo de decirle. ¿Entendido?
Entendido. Por supuesto  que lo entendí. Entendí que eso me daba un margen de tiempo. Recordaba perfectamente aquella operación. Se volatilizaron mil quinientos millones. Bufff. Así, tal cual, por un soplo de mala suerte. O porque los mercados, aquel setiembre negro se vinieron abajo. Pero eso nadie podía preverlo, ni Bartkes & Richmond Inversors, ni Lehman Brothers, ni la madre que los parió. Hay que joderse, porque mientras todo iba bien, nadie se había preocupado de otear el horizonte y aquello era una fiesta colectiva. Vivan los bonos basura, larga vida a las hipotecas subprime, especulemos, agotemos las urbes que amamantan el american way of life ese en el que todos vivimos. Pero ahora que todo se derrumba, necesitan encontrar un culpable. Acusarán al gobierno. Y el gobierno señalará a la banca. Y la banca a las empresas financieras y la empresa financiera buscará un chivo expiatorio. ¿Yo?. Sí, ese, el que dio la orden, el que pulsó la tecla. Mirallles. Incompetente, ambicioso, especulador, bróker sin escrúpulos.  Si solo soy un mandando.  Yo solo movía capitales ajenos para  satisfacción de mis desconocidos clientes. No era yo quien se forraba. Bueno, un poquito. Pero que no me vengan con hostias que tengo la conciencia tranquila. Yo solo pensaba en mi amada Maribel, en la educación de mis hijos, en pagar cada mes la hipoteca de la casa. Pero mis virtudes y mis anhelos no cuentan para ellos. Para mí sí. ¿Y qué tenía que hacer? ¿Ver cómo fluía un río de oro y permanecer en la orilla? ¿Me tenía que quedar de brazos cruzados viendo cómo mis clientes recogían beneficios y los transformaban en regalos para sus esposas y en cursos en las mejores universidades para sus hijos? Yo no me he llevado ni una mil millonésima parte de lo que ellos han ganado. Me da igual. Que me acusen. Yo ya estaré lejos. Me volatilizaré como esos mil quinientos millones.  Eso sí, voy a dejar claro que ese dinero no me lo quedé. Yo apenas cogí una migajita de ese pastel ahora derretido. Una menudencia que desde luego merecía. 
Me estiré en el banco todo a lo largo, acomodé las esposas, puse cara de santo y las manos bajo mis mejillas. De repente, me apetecía dormir. Podía estar tranquilo, concluí; aunque debía actuar con rapidez y determinación. En ese momento, tenía que concentrarme en otra cosa: cómo explicarle a mi Maribel, cielo mío, luz de mis ojos, que en cuanto me saquen estas esposas, en cuanto declare ante el juez, en cuanto la empresa pague la fianza y antes de que descubran la cuenta corriente, nos vamos a  las Islas Caimán. ¿En las vacaciones? No, cielo, ahora mismo. ¿Y qué vamos a hacer en las Islas Caimán? Pues he pensado en comprar una casa en la playa y un barco de esos con fondo de cristal para pasar el resto de nuestros días contemplando los corales.