Ni en sus peores pesadillas, Darío Durán se hubiese imaginado que convocar aquella reunión con el cliente acabase siendo el mayor error en sus veinte años de profesión. Si hubiese sabido que quien salió de esa reunión ya no sería nunca más el mismo que entró, sin ninguna duda la hubiese aplazado sine die y nada de lo que le aconteció tras salir por la puerta, hubiese ocurrido. Y quizás Darío Durán seguiría acumulando años y experiencias a su larga trayectoria de creativo publicitario. Acudió acompañado por Sergi Dalmau, su asesor empresarial, un hombre serio, de impecable aspecto, a quien, el día anterior y viendo que en esa reunión se jugaba el sustento, le pidió encarecidamente que le acompañase porque a su entender, eso obviamente no se lo dijo, le proporcionaría un respaldo profesional y riguroso que él, por si solo, no era capaz de dar. Darío podía ser un buen creativo publicitario, pero cuando se enfrentaba a ejecutivos encorbatados, de esos que se dan tanta importancia y saben más que nadie de todo, entonces se venía abajo, la voz le temblaba, las axilas le sudaban y se veía incapaz de defender cualquier atisbo de opinión propia o ajena. Sergi Dalmau, con su capacidad de hilvanar argumentos y exponerlos con palabras creíbles, cubriría ese flanco. Darío le había conocido varias semanas antes, cuando el conflicto con su socio Zacarías ya no tenía visos de arreglarse y había acudido a él para que intermediara entre ambos. Y como sus gestiones no habían conseguido quebrar la resistencia de Zacarías, convinieron ambos en que una reunión con el cliente para proponerle una amistosa separación de los socios era su última esperanza para acabar con sus disputas y conquistar por fin las riendas con las que manejar su vida. Que ya era hora, a sus cuarenta y dos años.
Vergüenza ajena. Eso es lo que debió sentir Sergi Dalmau cuando en apenas diez minutos de reunión, vio que a Darío, tras exponer sus propósitos, le salía el tiro por la culata.
––¿Cómo que te quieres separar de tu socio? ––. La pregunta, desde el otro lado de la larga mesa de reuniones en la que estaban sentados, la hizo Mario Monje, el señor cliente.
Mario ejercía de director de marketing de un grupo hotelero español al que la agencia de comunicación de Darío y Zacarías daba servicio. Era un joven ejecutivo de ideas claras, energía y decisión, de esos que parecen predestinados a ocupar las más altas responsabilidades por sus cualidades innatas de liderazgo, por sus numerosos masters o por pertenecer a una familia o tener amistades bien conectadas con las altas esferas del panorama empresarial barcelonés. De todo, un poco, intuía Darío en la ascendente o meteórica trayectoria de Mario Monje. Exquisito en el trato, elegante en su forma de vestir, convincente en su forma de hablar. Pero había un detalle que a Darío le descolocaba. Mario siempre estaba de broma. El buen humor, la disposición a la chanza y un punto de engreimiento era su estrategia para presentarse como alguien a quien la cuenta de resultados no le quita el sueño, no por que no tenga interés en cumplir sus objetivos, si no porque su gestión es tan buena y sus acciones tan geniales que no merecen siquiera ser expuestas a la admiración general. Es más eficaz ir por la vida de gracioso y dedicarse a comentar los más insospechados temas: la alitosis de un compañero, el mal gusto en vestir de otro, las relaciones sexuales secretas en su empresa. Eso despierta más empatía en su entorno. Superficialidad, ante todo. Mientras haya risas, todo va bien. Así se mostraba siempre. Excepto aquel día, claro. Porque cuando vio a Darío Durán acompañado por un desconocido, ambos con expresión grave, dejó de lado las fruslerías, y sin preámbulos ni presentaciones, sin perder un minuto en ese tipo de comentarios que anticipan las reuniones más tensas, el tiempo, el último partido del Barça, adoptó una postura seria y una mirada desconfiada, como diciendo a ver qué problemas me trae éste ahora.
––¿De verdad piensas que vas a ser capaz de llevar la empresa tu solo? Anda, no me hagas reír.
La cruel observación dejó a Darío desarmado y rojo de vergüenza. Sergi Dalmau le miraba con cara de estar asistiendo a un deceso. Aún así, Darío se repuso. Lanzando casi las palabras, como un torrente de indignación, adujo que se veía muy capaz. La agencia de comunicación la había levantado él con sus anuncios, sus eslogans, sus vídeos y sus fotos, no su socio Zacarías con sus cuentas. Su socio estaba viviendo a expensas de su trabajo, de su prestigio y de su experiencia. Y encima, estaba poniendo la empresa en peligro con su gestión poco transparente, sus trampas a hacienda y otra serie de felonías que se abstuvo de pormenorizar, pese a que las llevaba apuntadas mentalmente. Y concluyó afirmando que con un argentino estafador y sinvergüenza no estaba dispuesto a seguir trabajando.
Sergi Dalmau se removía en su asiento. Mario Monje se mostraba perplejo, como si jamás hubiese esperado que dos socios que creía que antes se entendían a la perfección estuviesen ahora a matar. Pero de pronto pareció ver una luz. Ahora entiendo las miradas entre tu socio y vuestra empleada Begoña cuando el otro día les pregunté por ti, dijo. ¿Qué miradas fueron esas? preguntó Darío. Pues se miraban con incredulidad, sin ánimo de ofenderte, que no es mi propósito, pero hay miradas que lo dicen todo y yo esas miradas las entiendo a la legua. A punto estuvo Darío de saltar de la silla y hacerle ver a su cliente que tanto su socio como Begoña podían haber ensayado esa mirada para conspirar contra él. Dios, qué hábil respuesta a una pregunta lanzada al vuelo, esas miraditas de condescendencia que Darío casi veía dibujada en la insulsa cara de su socio y en los finos labios de Begoña, como diciendo qué te vamos a decir de Darío más que estamos de él hasta el gorro. Pero Darío no encontraba las palabras para desenmascarar las intenciones difamatorias de esos dos rufianes, otro nombre no merecían. Reconcentrado en sí mismo y en los objetivos por los que había convocado esa reunión, sin entender que la situación se le estaba yendo de las manos, siguió con su guión. Tras exponer la situación con su socio, pasó al siguiente punto: la solución. Colaboradores cercanos a Mario le habían dicho que al director de marketing no había que irle con problemas, sino con soluciones. Y Darío tenía claro cuál era la solución. A duras penas pudo exponer unos preámbulos para darle a entender que lo tenía todo previsto y que no tenía que preocuparse. Pero sus palabras sonaron huecas, carentes de sentido o de poder de convicción. Su discurso y su pretendido convencimiento fueron apagándose con la indiferencia de Mario. Peor aún, contribuyeron a que Mario Monje se reafirmase en su apreciación. Finalmente, antes de que le interrumpiese, cosa que solía hacer a menudo, Darío soltó su idea: separar la empresa en dos y ofrecerle el mismo servicio, pero cada uno por su cuenta. Zacarías se ocuparía solo de las webs mientras él se ocuparía del grueso del negocio, es decir, la comunicación publicitaria y comercial de sus hoteles. Sin pensárselo ni un segundo, Mario se negó.
––No vas a ser capaz ––apostilló.
Darío enmudeció, ya del todo indefenso. Sergi Dalmau, atento al quite, acudió en ayuda del moribundo. Le dijo a Mario que Darío tenía buenos motivos para separarse de su socio. Con profesionalidad y objetividad, expuso la situación de desventaja en que se encontraba Darío y que la solución que proponía podía resultar operativa para todos. El cliente pareció prestar más atención a Sergi. Dario se preguntó porque nunca conseguía que le tomara en serio. Triste cometido el de un creativo publicitario de quien solo se espera que haga reír con sus ocurrencias y sus ideas geniales, pero cuando se trata de dilucidar asuntos trascendentales, es tratado como un subnormal, o en términos más amables, como un under the line.
––Lo entiendo, pero si Darío está en esa situación es porque las cosas son así y ahora no es el momento de cambiarlas.
Con lo cual, la reunión estaba finiquitada y Darío sentenciado. Mario Monje los despidió con gesto contrariado, dando a entender que Darío se había cavado su propia tumba. Le tendió la mano, diciendo es una lástima, es una lástima.
El viaje en el ascensor fue como una bajada a los más ardientes infiernos de la rabia. Se maldijo, se llamo estúpido, inútil, idiota, tenías que haber dicho esto o aquello, siempre te pasa igual, cuándo aprenderás, has hecho el ridículo, qué debe estar pensado Sergi de mí. Deseó no salir nunca más de ese ascensor, pero la señal acústica de llegada, le devolvió a la realidad.
Darío y Sergi se despidieron en el parking.
––Lo siento mucho ––le dijo Sergi con expresión contrariada.
Darío no sabía qué decirle. Todos sus anhelos de separarse de su socio y regir él mismo su propia empresa se habían precipitado al abismo. ¿Era necesario decirlo? De sobra Sergi lo sabía. Apenas balbuceó unas frases de agradecimiento por haberle acompañado. Subió a su coche. Condujo por la Avinguda Diagonal sin saber a dónde ir ni qué hacer. No dejaba de escuchar una y otra vez aquella frase, un vil puñetazo en su autoestima: no eres capaz. No se esperaba que Mario Monje se expresase en términos tan vejatorios. Recordó el día en que su socio y él fueron a visitarle por primera vez. Aquel día, Mario Monje se interesó más por él que por su socio. Le preguntó sobre su carrera, le dijo que le habían hablado mucho y bien de él como creativo. De Zacarías nada podía haber oído, dado que acababa de llegar de Argentina y sinceramente era un don nadie en el sector. Días después Mario Monje les propuso a ambos que se asociaran y abriesen una agencia de publicidad para ofrecer servicios de comunicación a sus hoteles. Darío se ocuparía de la parte de publicidad y Zacarías de las webs. Y así lo hicieron. Durante dos años, las cosas fueron bien. Hasta que Darío se dio cuenta de que Zacarías, con su proceder servil, sus dulces maneras argentinas y su exquisito trato con clientes y empleados, le había tomado la delantera y acaparaba para sí la mayor parte de trabajo que le competía a él. Y a saber cómo se estaba cobrando su creciente protagonismo. Entonces fue cuando entendió que estaba en una situación de desventaja en la sociedad, Zacarías era administrador único y como tal podía hacer y deshacer a su antojo, y empezó a reclamarle una gestión compartida en aras de la transparencia y un mejor entendimiento sin suspicacias ni sospechas. Y como Zacarías se negaba, no tuvo otra opción que plantear una separación. Y la respuesta del cliente, ese hiriente no eres capaz, le dejaba literalmente fuera de juego. No eres capaz. Manda huevos. Recordó la última felicitación de Navidad de Mario Monje: gracias por tu inagotable creatividad, había escrito con tinta dorada. Recordó todos los trabajos “extras”, esto es, trabajos sin remunerar o fuera de la asignación mensual, que le había hecho. Recordó el iPod que aquellas mismas navidades le había regalado con una cuidadosa selección de más de mil canciones de su discoteca. No eres capaz. Cuánto dolían esas palabras. Siempre había pensado que le apoyaría. Y se había encontrado justamente lo contrario. ¿Había sobreestimado el aprecio que Mario podía sentir hacia él? Estoy seguro de que me aprecian, ya lo verás, le había dicho a Sergi, minutos antes de entrar en la reunión. Joder, mierda. ¿Qué aprecio ni que cojones? Aquí lo que está pasando, pensó imaginándose de nuevo las miraditas de Zacarías y Begoña, es que el capullo de mi socio se ha estado camelando a Mario.¿Y qué pensar de Begoña, a quien él consideraba su mano derecha en la agencia de publicidad? Vaya par de conspiradores. ¿Cómo he podido estar tan ciego como para no verlo? Si es que todo esto, es solo por mi culpa.
Y con estos pensamientos y una rabia inmensa que le hacía golpear el volante, Darío Durán siguió conduciendo. Y pensando en que en ese momento Mario Monje ya estaría llamando a su socio Zacarías para informarle de la reunión, pasó de largo por la Illa Diagonal, donde tenía su despacho y donde se suponía que tenía que ir. Y deseando no volver a verle la cara a su socio ni la de Begoña, sabiendo que sin duda Zacarias ya tenía el motivo que le faltaba para despedirlo, Darío Durán se encontró dando vueltas a la manzana, como un taxi sin destino.