Jacinto Glis, elegante y distinguido caballero, de unos bien cuidados sesenta años, se dirigía en su coche, puntual como cada mañana, a su despacho a dirigir su imperio.
Otros menos ricos que él, con coches más suntuosos que su Audi A6, conducidos por chóferes mejor uniformados que el suyo, aprovechaban el trayecto hasta sus oficinas para leer los diarios de información económica a conciencia. Jacinto Glis nunca lo hacía. No le interesaban los vaivenes de la bolsa. Además leer en el coche le mareaba. Su única fuente de información era su chófer Ramón que cada mañana le comentaba las noticias más relevantes, las que realmente le interesaban.
–Las inundaciones de ayer en Levante han causado cinco muertos y han dejado sin hogar a quinientas personas –le comentó esa mañana, a modo de titular. Y poco más, ya que Rafael era parco en palabras y explicaba tan mal las cosas que Jacinto prefería seguir el trayecto en silencio hasta llegar a la oficina para completar la noticia leyendo los periódicos.
Se quedó pensativo, mirando por el cristal ahumado de su Audi A6. Se imaginó el desconsuelo de las viudas, de los huérfanos. Familias rotas y sin hogar empapados de agua, barro y lágrimas, desposeídas de todo cuanto habían conseguido en sus duras vidas. Detalles de los que los periódicos apenas informaban pero que para él constituían el núcleo de la noticia, puesto que de sufrimiento humano se trataba. Entonces, como siempre que se enteraba de una mala noticia, reflexionaba sobre su condición de inmensamente rico y se decía que el mundo estaba mal repartido. Se consolaba recordando sus generosas donaciones a todo tipo de ONG`s. Cierto que cumplía con creces, pero siempre le quedaba una sensación de que toda la ayuda que pudiese proporcionar de poco serviría para aliviar la pena y la desdicha que ocurría no demasiado lejos del imponente edificio donde cada día incrementaba seis dígitos su fortuna.
Por la ventanilla, vio algo que le llamó la atención.
–Vamos a parar aquí –le dijo a Rafael.
Se apeó del coche y se acercó a un indigente que sentado en el umbral de una puerta exhibía un cartón con un texto escrito con gruesas letras desordenadas. “Las inundaciones me se han llevado mi casa. Ayúdenme”, leyó.
–! Qué desgracia! !Cuánto lo lamento! –le dijo mientras le ponía un billete de cincuenta euros en la mano –. Debió ser horrible.
–Una desgracia, caballero, una desgracia –le dijo el hombre. Y enseguida empezó a contarle lo sucedido. Había visto cómo una tromba de agua deshizo su casa como un azucarillo. Había visto a una mujer perder el contacto con la mano de su marido y cómo las aguas la arrastraban corriente abajo. Vio a un ocupante de un coche que parecía un barco a la deriva luchando por salir por la ventanilla pero la torrencial fuerza del agua pudo más que él y en cuestión de segundos dejó de ver al hombre y al coche. Se extendió en infinidad de detalles de la catástrofe, con tal riqueza descriptiva que a Jacinto Glis se le encogió el corazón. Le dio otro billete y subió de nuevo al coche sabiendo que le costaría un buen tiempo sacarse de la cabeza todas esas imágenes.
En efecto, durante toda aquella semana anduvo pensativo y malhumorado. Las obligaciones de ser inmensamente rico se le antojaban vacuas y carentes de sentido. Quiso hacer una donación especial para los damnificados en esas inundaciones, pero su consejero delegado, que a la sazón era su hijo, le disuadió aduciendo que ya habían llegado al tope de desgravación. Quiso construirles nuevas casas, a lo cual su hijo también se negó. Esto no es un banco de la caridad, le decía siempre que él pretendía donar ingentes cantidades a los desfavorecidos. Él aceptaba la evidencia muy a pesar suyo y seguía atendiendo sus compromisos y dirigiendo la empresa. Consejos de administración, largas sesiones de firma, reuniones de dirección y estrategia, comidas de negocios, todo lo que correspondía a su condición.
Iba un día hacia una de esas reuniones, cuando de nuevo vio al hombre en la calle. Hizo detener el coche y se apeó. Leyó de nuevo el cartel: “Terremoto me se ha llevado todo cuanto tenía. Ayúdeme por amor de Dios”. Y entonces recordó que la mañana anterior Rafael le había comentado la noticia de un devastador terremoto en Italia.
–!Cuánto lo lamento! !No sabe cuánto lo siento! –le dijo. Y entonces cayó en la cuenta de que el hombre no ganaba para desgracias. –Pues tiene usted mala suerte, primero las inundaciones y luego un terremoto. Debe ser horrible.
Y el hombre le explicó que después de perderlo todo en las inundaciones, había conseguido reunir dinero suficiente para pagarse un billete a una localidad de Italia donde tenía familia. Que ahí fue bien acogido, Y que al cabo de unas pocos días, una noche sintió cómo la casa de sus familiares temblaba como un flan y que tuvo el tiempo justo de salir con lo puesto a la calle y salvar la vida. Le contó todas las escenas que se sucedieron en el pueblo. Familias enteras bajo los escombros. Vidas y esperanzas arruinadas. Desolación por todas partes. Jacinto escuchó atentamente todo el relato. Le maravillaba cómo aquel hombre explicaba el sufrimiento ajeno. Cada grito, cada gesto de desesperación, cada lágrima de desdicha surgían de su boca con toda su carga de dramatismo. Nada de todo eso salía en los periódicos, ni en la radio ni en la televisión. Apenas sucintas crónicas que no reflejaban en absoluto el verdadero alcance de la tragedia. Admirado de esa capacidad, le dio otro billete y con el ánimo afectado siguió su camino.
Debieron pasar dos semanas, cuando una tarde que iba de compras con su mujer, lo vio de nuevo. “La sequía me ha dejado sin tierra, sin casa y sin futuro. Ayúdenme por favor”, ponía esta vez en el cartel. En efecto, algo sobre pertinaces sequías le había contado su chófer Rafael unos días antes. Se compadeció de él. El hombre, a cambio de su comprensión y tres billetes de cincuenta, le regaló con una pormenorizada descripción de su última penalidad. Y Jacinto Glis, afectado casi tanto como él, hizo propósitos de construir canales, hacer trasvases, llevar el agua en camiones cisternas, todo lo que estuviese al alcance de sus ricas manos. Pero siguió topándose con la negativa de su hijo, que cuánto más poder tenía en la empresa, más seco tenía el corazón. ¿Por qué aquel hombre era la única fuente de información fiable y completa que tenía? Ya no leía periódicos, no escuchaba la radio, no veía las noticias. Nadie contaba las cosas como aquel hombre.
Una mañana, Jacinto Glis se encontró al hombre a la entrada de su edificio de oficinas. Una nueva calamidad. Una nueva historia de penalidades. Nuevos propósitos, por su parte. La negativa de su hijo, por la otra. A partir de entonces, el hombre apareció cada día. Y cada día, su cartón anunciaba nuevas desgracias, a cual más desafortunada. Jacinto empezó a sospechar que era imposible que un hombre pudiese sufrir una desgracia distinta cada día. Inundaciones, terremotos, sequías, regulaciones de empleo masivas, atentados terroristas, enfermedades. Desde la primera vez que lo vio, ese hombre había escapado de la inanición, el desahucio e incluso la muerte en incontables ocasiones. No podía ser.
–¿O usted es un embustero o tiene mucha imaginación? –le dijo un día.
–Ni lo uno ni lo otro –contestó–. No me he inventado nada de lo que
aquí escribo. Nada de lo que le he contado es fruto de mi imaginación. Todo ha ocurrido. Y todo lo que ocurre nos afecta a todos por igual, lo hayamos vivido o no.
aquí escribo. Nada de lo que le he contado es fruto de mi imaginación. Todo ha ocurrido. Y todo lo que ocurre nos afecta a todos por igual, lo hayamos vivido o no.
Jacinto Glis se quedó pensativo. El sufrimiento de los que pierden sus seres queridos, sus casas y sus esperanzas le conmovía tanto como si lo estuviese sufriendo en sus propias carnes. Ese hombre, mejor que nadie, sabía transmitírselo. Y eso le mantenía consciente de la realidad del mundo, el mundo que no se veía desde su despacho en la veinteava planta.
–¿Y cómo se entera de todas esas noticias? –le preguntó. El hombre se incorporó, levantó el cartón sobre el que se sentaba y le enseñó un montón de periódicos.
–No hay más que leer los periódicos –le dijo.
–Pero lo que usted explica, no está ahí escrito.
–¿Hace falta mucha imaginación para describir el sufrimiento? –le preguntó aquel hombre.
–Entonces, ¡usted se gana la vida a costa del sufrimiento de los demás?
–No caballero, me la gano gracias a que usted se interesa por ello.
Jacinto Glis, en aquel momento, decidió que ese hombre se merecía una vida mejor. Lo hizo subir a su despacho. Convocó a su hijo, a su secretaria y a sus colaboradores y con todo la seriedad que la situación exigía, presentó a aquel hombre cargado de cartones y viejos periódicos como el nuevo informador de la empresa.
–En esta empresa, muchos viven de espaldas a la realidad – acabó diciendo Jacinto Glis. Miró a su hijo y desapareció tras la puerta del despacho, dispuesto a que Pedro le contase de verdad qué ocurría en el mundo.

