<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915</id><updated>2012-02-13T09:46:17.635+01:00</updated><category term='infraestructuras'/><category term='Caldas de Estrach'/><category term='socio'/><category term='Ignasi Raventos'/><category term='Ignasi Raventós'/><category term='Steve Jobs. Apple'/><category term='monólogo'/><category term='relato fantástico'/><category term='autoayuda'/><category term='Día del Libro'/><category term='superación personal'/><category term='Relato. relato corto'/><category term='aniversario'/><category term='flores'/><category term='microrelato'/><category term='En algún lugar de la red'/><category term='relato fantastico'/><category term='amor'/><category term='Que fue de tomas Pacheco'/><category term='autobús sin destino'/><category term='Sant Jordi'/><category term='obras'/><category term='Carrusel'/><category term='escritor'/><category term='novela'/><category term='inauguraciones'/><category term='literatura'/><category term='relato corto'/><category term='Tour de France'/><category term='relato'/><category term='ciclismo'/><category term='conflicto'/><category term='cuento'/><category term='concurso literario'/><category term='relato deportivo'/><category term='Ignasi Raventos. relato corto'/><category term='Ignacio Raventos'/><category term='autor novel'/><title type='text'>La [ i ] de Ignasi</title><subtitle type='html'>Con la i de inspiración</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>131</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-1002721012743510554</id><published>2012-01-06T20:05:00.003+01:00</published><updated>2012-01-08T11:29:30.786+01:00</updated><title type='text'>Mea culpa</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;Ni en sus peores pesadillas, Darío Durán se hubiese imaginado que convocar aquella reunión con el cliente acabase siendo el mayor error en sus veinte años de profesión. Si hubiese sabido que quien salió de esa reunión ya no sería nunca más el mismo que entró, sin ninguna duda la hubiese aplazado sine die y nada de lo que le aconteció tras salir por la puerta, hubiese ocurrido. Y quizás Darío Durán seguiría acumulando años y experiencias a su larga trayectoria de creativo publicitario. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;Acudió acompañado por Sergi Dalmau, su asesor empresarial, un hombre serio, de impecable aspecto, a quien, el día anterior y viendo que en esa reunión se jugaba el sustento, le pidió encarecidamente que le acompañase porque a su entender, eso obviamente no se lo dijo, le proporcionaría un respaldo profesional y riguroso que él, por si solo, no era capaz de dar. Darío podía ser un buen creativo publicitario, pero cuando se enfrentaba a ejecutivos encorbatados, de esos que se dan tanta importancia y saben más que nadie de todo, entonces se venía abajo, la voz le temblaba, las axilas le sudaban y se veía incapaz de defender cualquier atisbo de opinión propia o ajena.&amp;nbsp;Sergi Dalmau, con su capacidad de hilvanar argumentos y exponerlos con palabras creíbles, cubriría ese flanco&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;. Darío le había conocido varias semanas antes, cuando el conflicto con su socio Zacarías ya no tenía visos de arreglarse y había acudido a él para que intermediara entre ambos.&amp;nbsp; Y como sus gestiones no habían conseguido quebrar la resistencia de Zacarías, convinieron ambos en que una reunión con el cliente para proponerle una amistosa separación de los socios era su última esperanza para acabar con sus disputas y conquistar por fin las riendas con las que manejar su vida. Que ya era hora, a sus cuarenta y dos años. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Vergüenza ajena. Eso es lo que debió sentir Sergi Dalmau cuando en apenas diez minutos de reunión, vio que a Darío, tras exponer sus propósitos, le salía el tiro por la culata.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––¿Cómo que te quieres separar de tu socio? ––. La pregunta, desde el otro lado de la larga mesa de reuniones en la que estaban sentados, la hizo Mario Monje, el señor cliente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt; Mario ejercía de director de marketing de un grupo hotelero español al que la agencia de comunicación de Darío y Zacarías daba servicio. Era un joven ejecutivo de ideas claras, energía y decisión, de esos que parecen predestinados a ocupar las más altas responsabilidades por sus cualidades innatas de liderazgo, por sus numerosos masters o por pertenecer a una familia o tener amistades bien conectadas con las altas esferas del panorama empresarial barcelonés. De todo, un poco, intuía Darío en la ascendente o meteórica trayectoria de Mario Monje. Exquisito en el trato, elegante en su forma de vestir, convincente en su forma de hablar. Pero había un detalle que a Darío le descolocaba. Mario siempre estaba de broma. El buen humor, la disposición a la chanza y un punto de engreimiento era su estrategia para presentarse como alguien a quien la cuenta de resultados no le quita el sueño, no por que no tenga interés en cumplir sus objetivos, si no porque su gestión es tan buena y sus acciones tan geniales que no merecen siquiera ser expuestas a la admiración general. Es más eficaz ir por la vida de gracioso y dedicarse a comentar los más insospechados temas: la alitosis de un compañero, el mal gusto en vestir de otro, las relaciones sexuales secretas en su empresa. Eso despierta más empatía en su entorno. Superficialidad, ante todo. Mientras haya risas, todo va bien. Así se mostraba siempre. Excepto aquel día, claro. Porque cuando vio a Darío Durán acompañado por un desconocido, ambos con expresión grave, dejó de lado las fruslerías, y sin preámbulos ni presentaciones, sin perder un minuto en ese tipo de comentarios que anticipan las reuniones más tensas, el tiempo, el último partido del Barça, adoptó una postura seria y una mirada desconfiada, como diciendo a ver qué problemas me trae éste ahora.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––¿De verdad piensas que vas a ser capaz de llevar la empresa tu solo? Anda, no me hagas reír.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;La cruel observación dejó a Darío desarmado y rojo de vergüenza. Sergi Dalmau le miraba con cara de estar asistiendo a un deceso. Aún así, Darío se repuso. Lanzando casi las palabras, como un torrente de indignación, adujo que se veía muy capaz. La agencia de comunicación la había levantado él con sus anuncios, sus eslogans, sus vídeos y sus fotos, no su socio Zacarías con sus cuentas. Su socio estaba viviendo a expensas de su trabajo, de su prestigio y de su experiencia. Y encima, estaba poniendo la empresa en peligro con su gestión poco transparente, sus trampas a hacienda y otra serie de felonías que se abstuvo de pormenorizar, pese a que las llevaba apuntadas mentalmente. Y concluyó afirmando que con un argentino estafador y sinvergüenza no estaba dispuesto a seguir trabajando.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Sergi Dalmau se removía en su asiento. Mario Monje se mostraba perplejo, como si jamás hubiese esperado que dos socios que creía que antes se entendían a la perfección estuviesen ahora a matar. Pero de pronto pareció ver una luz. Ahora entiendo las miradas entre tu socio y vuestra empleada Begoña cuando el otro día les pregunté por ti, dijo. ¿Qué miradas fueron esas? preguntó Darío. Pues se miraban con incredulidad, sin ánimo de ofenderte, que no es mi propósito, pero hay miradas que lo dicen todo y yo esas miradas las entiendo a la legua. A punto estuvo Darío de saltar de la silla y hacerle ver a su cliente que tanto su socio como Begoña podían haber ensayado esa mirada para conspirar contra él. Dios, qué hábil respuesta a una pregunta lanzada al vuelo, esas miraditas de condescendencia que Darío casi veía dibujada en la insulsa cara de su socio y en los finos labios de Begoña, como diciendo qué te vamos a decir de Darío más que estamos de él hasta el gorro. Pero Darío no encontraba las palabras para desenmascarar las intenciones difamatorias de esos dos rufianes, otro nombre no merecían. Reconcentrado en sí mismo y en los objetivos por los que había convocado esa reunión, sin entender que la situación se le estaba yendo de las manos, siguió con su guión. Tras exponer la situación con su socio, pasó al siguiente punto: la solución.&amp;nbsp; Colaboradores cercanos a Mario le habían dicho que al director de marketing no había que irle con problemas, sino con soluciones. Y Darío tenía claro cuál era la solución. A duras penas pudo exponer unos preámbulos para darle a entender que lo tenía todo previsto y que no tenía que preocuparse. Pero sus palabras sonaron huecas, carentes de sentido o de poder de convicción. Su discurso y su pretendido convencimiento fueron apagándose con la indiferencia de Mario. Peor aún, contribuyeron a que Mario Monje se reafirmase en su apreciación. Finalmente,&amp;nbsp; antes de que le interrumpiese, cosa que solía hacer a menudo, Darío soltó su idea: separar la empresa en dos y ofrecerle el mismo servicio, pero cada uno por su cuenta. Zacarías se ocuparía solo de las webs mientras él se ocuparía del grueso del negocio, es decir, la comunicación publicitaria y comercial de sus hoteles. Sin pensárselo ni un segundo, Mario se negó.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––No vas a ser capaz ––apostilló.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Darío enmudeció, ya del todo indefenso. Sergi Dalmau, atento al quite, acudió en ayuda del moribundo. Le dijo a Mario que Darío tenía buenos motivos para separarse de su socio. Con profesionalidad y objetividad, expuso la situación de desventaja en que se encontraba Darío y que la solución que proponía podía resultar operativa para todos. El cliente pareció prestar más atención a Sergi. Dario se preguntó porque nunca conseguía que le tomara en serio. Triste cometido el de un creativo publicitario de quien solo se espera que haga reír con sus ocurrencias y sus ideas geniales, pero cuando se trata de dilucidar asuntos trascendentales, es tratado como un subnormal, o en términos más amables, como un under the line.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––Lo entiendo, pero si Darío está en esa situación es porque las cosas son así y ahora no es el momento de cambiarlas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Con lo cual, la reunión estaba finiquitada y Darío sentenciado. Mario Monje los despidió con gesto contrariado, dando a entender que Darío se había cavado su propia tumba. Le tendió la mano, diciendo es una lástima, es una lástima.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;El viaje en el ascensor fue como una bajada a los más ardientes infiernos de la rabia. Se maldijo, se llamo estúpido, inútil, idiota, tenías que haber dicho esto o aquello, siempre te pasa igual, cuándo aprenderás, has hecho el ridículo, qué debe estar pensado Sergi de mí. Deseó no salir nunca más de ese ascensor, pero la señal acústica de llegada, le devolvió a la realidad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Darío y Sergi se despidieron en el parking.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––Lo siento mucho ––le dijo Sergi con expresión contrariada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Darío no sabía qué decirle. Todos sus anhelos de separarse de su socio y regir él mismo su propia empresa se habían precipitado al abismo. ¿Era necesario decirlo? De sobra Sergi lo sabía. Apenas balbuceó unas frases de agradecimiento por haberle acompañado. Subió a su coche. Condujo por la Avinguda Diagonal sin saber a dónde ir ni qué hacer. No dejaba de escuchar una y otra vez aquella frase, un vil puñetazo en su autoestima: no eres capaz.&amp;nbsp; No se esperaba que Mario Monje se expresase en términos tan vejatorios. Recordó el día en que su socio y él fueron a visitarle por primera vez. Aquel día, Mario Monje se interesó más por él que por su socio. Le preguntó sobre su carrera, le dijo que le habían hablado mucho y bien de él como creativo. De Zacarías nada podía haber oído, dado que acababa de llegar de Argentina y sinceramente era un don nadie en el sector. Días después Mario Monje les propuso a ambos que se asociaran y abriesen una agencia de publicidad para ofrecer servicios de comunicación a sus hoteles. Darío se ocuparía de la parte de publicidad y Zacarías de las webs. Y así lo hicieron. Durante dos años, las cosas fueron bien. Hasta que Darío se dio cuenta de que Zacarías, con su proceder servil, sus dulces maneras argentinas y su exquisito trato con clientes y empleados, le había tomado la delantera y acaparaba para sí la mayor parte de trabajo que le competía a él. Y a saber cómo se estaba cobrando su creciente protagonismo. Entonces fue cuando entendió que estaba en una situación de desventaja en la sociedad, Zacarías era administrador único y como tal podía hacer y deshacer a su antojo, y empezó a reclamarle una gestión compartida en aras de la transparencia y un mejor entendimiento sin suspicacias ni sospechas. Y como Zacarías se negaba, no tuvo otra opción que plantear una separación. Y la respuesta del cliente, ese hiriente no eres capaz, le dejaba literalmente fuera de juego. No eres capaz. Manda huevos. Recordó la última felicitación de Navidad de Mario Monje: &lt;i&gt;gracias por tu inagotable creatividad&lt;/i&gt;, había escrito con tinta dorada. Recordó todos los trabajos “extras”, esto es, trabajos sin remunerar o fuera de la asignación mensual, que le había hecho. Recordó el iPod que aquellas mismas navidades le había regalado con una cuidadosa selección de más de mil canciones de su discoteca. No eres capaz. Cuánto dolían esas palabras. Siempre había pensado que le apoyaría. Y se había encontrado justamente lo contrario. ¿Había sobreestimado el aprecio que Mario podía sentir hacia él? Estoy seguro de que me aprecian, ya lo verás, le había dicho a Sergi, minutos antes de entrar en la reunión. Joder, mierda. ¿Qué aprecio ni que cojones? Aquí lo que está pasando, pensó imaginándose de nuevo las miraditas de Zacarías y Begoña, es que el capullo de mi socio se ha estado camelando a Mario.¿Y qué pensar de Begoña, a quien él consideraba su mano derecha en la agencia de publicidad? Vaya par de conspiradores. ¿Cómo he podido estar tan ciego como para no verlo? Si es que todo esto, es solo por mi culpa.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 14.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large; letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Y con estos pensamientos y una rabia inmensa que le hacía golpear el volante, Darío Durán siguió conduciendo. Y pensando en que en ese momento Mario Monje ya estaría llamando a su socio Zacarías para informarle de la reunión, pasó de largo por la Illa Diagonal, donde tenía su despacho y donde se suponía que tenía que ir. Y deseando no volver a verle la cara a su socio ni la de Begoña, sabiendo que sin duda Zacarias ya tenía el motivo que le faltaba para despedirlo, Darío Durán se encontró dando vueltas a la manzana, como un taxi sin destino.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-1002721012743510554?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/1002721012743510554/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=1002721012743510554&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1002721012743510554'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1002721012743510554'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2012/01/mea-culpa.html' title='Mea culpa'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-3908668091220425677</id><published>2011-11-17T20:26:00.001+01:00</published><updated>2011-11-17T20:31:11.554+01:00</updated><title type='text'>Parón forzoso</title><content type='html'>Amigos (si es que hay alguien ahí, aparte de Dios):&lt;br /&gt;Estoy tan imbuído en mi nueva novela, que no se me levanta. Y no me refiero al ánimo.&lt;br /&gt;La próxima será una novela erótica. Lo juro. Que son cuatro días.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-3908668091220425677?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/3908668091220425677/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=3908668091220425677&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/3908668091220425677'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/3908668091220425677'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/11/paron-forzoso.html' title='Parón forzoso'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-1945497438237004863</id><published>2011-11-07T23:40:00.000+01:00</published><updated>2011-11-08T11:33:05.733+01:00</updated><title type='text'>Fumar da trabajo</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Mira por donde, he encontrado trabajo. Ha sido algo inesperado, fruto de una mezcla de sana espontaneidad, experiencias pasadas inconfesables, necesidad y casualidad. Sea como sea que haya ocurrido, ya tengo trabajo. Y eso es lo importante. Aunque, bueno, no tengo un sueldo fijo, voy a comisión.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;No he tenido que ir a una oficina de empleo, ni consultar en los buscadores de internet. Ni en uno ni en otro lugar, hay oportunidades para un creativo publicitario casposo y oxidado como yo. Y curiosamente, el trabajo que he encontrado tiene que ver mucho con mi antiguo oficio. Y con otro ya hace mucho tiempo olvidado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Lo he encontrado en un estanco. Pero no os asustéis, no estoy tras el mostrador expediendo labores de ultramar, cajetillas de rubio o negro, mecheros o números de la primitiva.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Me explico.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Por desgracia soy fumador. De esos fumadores que lo intentan todo para dejarlo. Antes fumaba paquete diario de Malboro. Después, porque empezaba a notar que me cansaba al subir escaleras o porque todo el mundo me daba la buya o por la puta crisis ––había perdido mi trabajo––me pasé a los puritos cortos. Me mareaban tanto y su gusto era tan fuerte y desagradable que era encenderlo y apagarlo. Fue un primer paso para fumar menos. En vez de veinte cigarrillos, fumaba tres o cuatro puritos. Ya se sabe, uno después del desayuno que me ponía pa allá, otro después de las comida, otro a media tarde y el último tras la cena.&amp;nbsp; Pero bueno, que uno acaba acostumbrándose a todo. Pasados unos meses, ya fumaba diez de esos puritos y los apuraba casi hasta quemarme las uñas. No podía ser. Intenté otra estrategia. Vi que se estaba poniendo de moda eso de líar cigarrillos. Me hizo gracia. Me recordaba mis épocas de fumeta,––las experiencias pasadas inconfesables––quiero decir, cuando fumaba hachís. Liaba unos porros que no veas. No porque colocasen si no porque me quedaba muy bien. Tenía buena mano y finos dedos. Me dije por qué no. La idea de tener que liarme un cigarrillo cada vez que me apetecía coincidía con mi afición a tener las manos siempre ocupadas en el teclado del ordenador o del teléfono móvil. Es decir, que me quedaba poco tiempo para parar y dedicar un par de minutos a liarme un cigarrillo. Fumaría menos. Dicho y hecho. Me aficioné a liarme cigarrillos. Tres o cuatro al día. Ahora vuelvo a estar por los diez. Pero ¿qué le vamos a hacer? El móvil me aburre ––nadie me llama, no chateo ni envio whatsups porque nadie contesta–– y las pausas que hago al teclear son cada vez más largas y concienzudas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Pues en esas estaba el otro día. Se me acabó el saquito de tabaco a granel. No diré de qué marca era porque ahora trabajo para otra. Me fui al estanco que hay debajo de casa. Entré con un papelillo de liar entre los dedos y un filtro en los labios, de esos que venden en un saquito, joder, antes cuando hacía porros los hacía con recortes de cartón que rasgaba de los paquetes de Marlboro o directamente, para ser más fino, rompía el filtro de un cigarrillo, con lo cual resultaba especialmente oneroso, entre el hachís y el cigarrillo desperdiciado, total que eso,&amp;nbsp; que entré con cara de ansioso fumador de tabaco de liar. Y mira por donde ––la casualidad––, en la entrada había un promotor de la marca x.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;–– ¿Usted fuma tabaco de liar? ––me preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––Sí, ¿cómo la sabe?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Era obvio.&amp;nbsp; El filtro en los labios, el papelillo entre los dedos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––Le regalo un mechero si prueba la marca x. ¡Un mechero con luz!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––Me viene bien un mechero con luz, me van a cortar la luz un día de estos por falta de pago.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Al promotor le hizo mucha gracia mi comentario ––la sana espontaniedad––. A mí no tanto porque lo había dicho de corazón.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Me dijo que comprase un paquete de prueba a precio de oferta. Me pareció bien. Compré el saquito. Y como tenía un mono de fumar que no veas, me puse a liar un cigarrillo a su lado. En esas estaba cuando entró otro cliente y el promotor volvió a recitarle su oferta. Y yo, como ya tenía el cigarrilo líado, se lo ofrecí al nuevo cliente para que probase la marca x. Al hombre le gustó el sabor. Compró su saquito, pero de mas cantidad que el mío,&amp;nbsp; y se llevó en vez de un mechero una miniradio con auriculares. Y como me quedé sin cigarrillo, volví a liarme otro. Y entró cliente. Y vuelta a empezar.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Desde entonces, no me separo del promotor. Somos un éxito de ventas. Compartimos la comisión. Pero entre los dos ganamos más que cuatro promotores.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px 'Times New Roman'; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;¿Es o no es un buen trabajo, este de liar cigarrillos? Y además ya no fumo. Tengo las manos siempre ocupadas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-1945497438237004863?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/1945497438237004863/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=1945497438237004863&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1945497438237004863'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1945497438237004863'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/11/fumar-da-trabajo.html' title='Fumar da trabajo'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-790153510593569217</id><published>2011-10-06T21:34:00.000+02:00</published><updated>2011-10-06T23:25:15.099+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Steve Jobs. Apple'/><title type='text'>Steve Jobs, poeta de la tecnología</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 13.0px Arial; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Arial, sans-serif; line-height: 18px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;Supo transformar complicadas líneas de códigos en simples gestos.&lt;br /&gt;Su idea era que con un solo dedo abriésemos ventanas con vistas a inimaginables horizontes.&lt;br /&gt;En el camino, tuvo sus aciertos y sufrió sus entusiasmos.&lt;br /&gt;Pero qué nos importa ahora sus malos momentos. Supo sobreponerse. Nunca abandonó sus sueños.	&lt;br /&gt;Y cuando volvió, puso al alcance de nuestras ávidas manos todo el conocimiento, el arte, la necesidad de relacionarnos, de saber, conocer,trabajar, crear, sorprendernos. Lo hizo con rigor y buen gusto. Se avanzó a nuestros deseos y a sus despistados competidores. Nos puso al alcance de nuestro dedo índice, su sueño. !El mundo en nuestro dedo indice! Cuando el pulgar y su atávica función de pinza, dominaba nuestras ansías de poseer el mundo, ¡Steve soñó con el dedo índice! Soñó que con solo un clic sobre un ratón, la humanidad podía cambiar. Y lo consiguió.&lt;br /&gt;Persigue tus sueños, se traslució en su discurso premonitorio. Y hazlo posible, se evidenció de su gestión terrenal .&lt;br /&gt;Arístoteles y su pensamiento, Platón y sus sueños, Galileo y su tierra redonda, Diderot y su enciclopedia, Gutemberg y su imprenta, Lumiere y el cinemátografo. Bell y el teléfono, los Beatles y su música.Algo de Ave Fenix. Quizás algo de Don Quijote. Yo que sé. Puede que la obra de Steve Jobs no esté en las bibliotecas, pero siempre estará en mi dedo índice&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-790153510593569217?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/790153510593569217/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=790153510593569217&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/790153510593569217'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/790153510593569217'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/10/poeta-de-la-tecnologia.html' title='Steve Jobs, poeta de la tecnología'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7159348228236254213</id><published>2011-10-05T23:46:00.000+02:00</published><updated>2011-10-11T23:15:19.587+02:00</updated><title type='text'>No me gusta ese cuadro</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;El comentario que hizo Luis del cuadro fue desafortunado. Aún más. Fue una salida de tono inapropiada, dada la gravedad del momento.&amp;nbsp; No fue uno de aquellos comentarios que se dicen de pasada, como quien comenta el tiempo o una noticia del día; eso hubiese sido una frivolidad hasta cierto punto disculpable. No fue dicho siquiera para romper el tedioso silencio que reinaba en el salón desde hacía horas; eso hubiera sido una insensibilidad. Fue dicho con toda intención, asegurándose su autor, ya para acabar de calificarlo como provocación, de que los presentes supiesen a quién iba dirigido. &lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––¿Cómo te atreves? ––le dijo su hermano Roberto, el aludido, conteniendo, midiendo sus emociones.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––No empecéis con lo de siempre ––se interpuso Belinda, que pareció despertar de un sopor que hasta ese momento la había mantenido ausente.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Luis esbozó una media sonrisa cínica y con una mirada cómplice buscó el asentimiento de su mujer Sonia, que se mantenía aparte en el sofá de cuatro plazas. Pero Roberto, cuyo comedimiento se estaba transformando en un inicio de ira, no quiso dejar de responder a su hermano mayor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––Ya ha hablado la autoridad. El que lo sabe todo. ¿No podías callarte, por respeto a Papá?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Belinda, desde sus sombras y sus pensamientos trató de tranquilizar a Roberto. Le dijo que lo dejase, que ya conocía a Luis y sus comentarios. Ahora el aludido era Luis.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––¿Qué pasa, hermanita? ¿Que en esta casa quien entiende de arte es solo Roberto? ––arremetió Luis––. Claro, él es el artista.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Belinda se irguió. Hasta ese momento había permanecido hecha un ovillo en el sillón en el que siempre se sentaba su padre, ocultando con sus manos la angustia en su rostro. Con una autoridad que surgía del dolor y la preocupación dijo:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––Parecéis críos. Papá se está muriendo y vosotros con vuestras tonterías de siempre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Se hizo el silencio. Luís cogió el periódico. Roberto miró el cuadro. Desde su privilegiada posición sobre la chimenea del salón principal, Mercedes Salisachs posaba para la eternidad y observaba a sus hijos y a su nuera, reunidos en la sala principal de la masía familiar, esperando un desenlace inevitable. Los nietos jugaban en la sala de juegos. Ni se les oía.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;El mullido sonido del carrito auxiliar rodando por la moqueta del pasillo del piso de arriba y la fugaz visión de la bata blanca de la enfermera era señal de hora de dar la cena al enfermo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––¿A quién le toca? ––preguntó oportunamente Sonia. Le hizo un gesto apremiante a su marido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––Ya voy.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Luis se levantó del sillón. Pasó junto a su hermano Roberto y le hizo una mueca. Roberto fingió no verlo. Esperó a que desapareciera por las escaleras. Y luego, parodiando la voz de su hermano ausente:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––No me gusta este cuadro, no me gusta ese cuadro ––y ahora con su voz––: ¿Cómo es capaz?––y emitió un chasquido de hastío.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––Déjalo, quieres, Roberto ––de nuevo Belinda, arrastrando las palabras, con el dolor y la pena desdibujando sus ojos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Sonia apareció de las sombras, su rostro iluminado por la mortecina luz de la lámpara de lectura junto al sofá cuatro plazas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––Pues qué queréis que os diga, a mí tampoco me gusta demasiado. Con todos los respetos por vuestra madre.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Roberto se tragó su inquina. Prefirió mostrarse distante y superior. Se disponía a argumentar los valores pictóricos del cuadro, como tantas veces lo había hecho, pero Belinda se le adelantó. Y no precisamente para hablar de valores pictóricos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;En ese momento entré yo. ¿Quién soy yo? Tomás, un amigo de la familia, de toda la vida. Permítanme que les cuente luego mi relación con esta familia. Ahora lo que nos ocupa es esta historia. Esta jodida historia.&amp;nbsp; Si es que a esto se le puede llamar historia. Yo lo llamaría culebrón. A mí me van los culebrones. Los de lágrima y moquillo. Y la escena en la que aparecí desde luego era digna de una serie de televisión, de esas de líos de familia que dan en la sobremesa. Vaya peña esa familia. Con todo el respeto al enfermo, don Eduardo, mi padrino, mi protector, el tío que más ha hecho por mi y a quien más quiero en el mundo. Pero es que entre los hijos y la nuera, ya digo que vaya peña. Se odian. Y va y al viejo no se le ocurrió otra que venirse a morir a la Masía, rodeado de los suyos. Mejor les hubiese enviado una postal desde el cielo para evitarse la escena que tuve que presenciar. No sé cómo se inició la bronca. Quizás ustedes lo sepan. Quizás alguien por encima de mí, alguien con voz autoritaria y manteniendo la distancia para parecer objetivo como un presentador de telediario, les ha soplado algo. Bueno, da igual. El hecho es que entré y vi que la Belinda estaba como sulfurada, encarada a la Sonia esa, ya saben, la mujer de Luis. Pero tú que te has creído, tú no eres nadie en esta casa, decía Belinda, lo que queréis Luis y tú (pongo zorra entre paréntesis porque no estoy muy seguro de haberlo oído) lo que queréis es ver a papá muerto y quedaros con la Masía... y no sé qué dijo del cuadro, el cuadro de doña Mercedes, la madre, que en paz descanse. Joder, qué fuerte. Me quedé clavado. Nunca había visto a Belinda así. Escupía fuego por la boca, con unos gritos que ni te cuento. Pero cuando se dio cuenta de que yo estaba ahí dejó de chillar, como si mi presencia le diese corte, como si yo no fuese digno de presenciar las cuitas familiares, con lo que he tragado en esta familia. En fin, da igual. Total que tras el desahogo, se lanzó al sofá, el sofá del señor Eduardo, y empezó a llorar a moco tendido. Me dio una pena...&amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Papá, papá, soy Luis, papá, ¿me oyes? Has de comer algo, te sentará bien. ¿Quieres que te incorpore? Anda tomate esta sopa. Te la ha preparado Tomás. Sí, Tomás, también está aquí. Venga una cucharadita. Así muy bien. ¿A que está buena? Sí, estamos todos aquí. ¿Que quieres que subamos? ¿Ahora?¿Nos quieres decir algo? ¿Y no me lo puedes decir a mí? Soy tu hijo mayor. Bueno, no te pongas así, no te conviene excitarte, ya sabes lo que ha dicho el médico.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;!Qué poco ha tardado Luis en subir! El muy. Ya está maquinando. Belinda tiene razón. Está claro que Luis piensa que papá le va a dejar la Masia a él. No creo que papá esté tan ciego. Se le ve bastante lúcido. Dios, qué corto es mi hermano. Si de verdad se piensa que se va a quedar la masía, lo tiene claro. Y en caso de que sea así, ¿qué va a hacer con ella, si no puede mantenerla? La va a vender. Papá lo sabe y no lo va a permitir.&amp;nbsp; A Luis le importa una mierda esta casa y todo lo que contiene. Lo del cuadro seguro que es una de sus estratagemas. Lo desvaloriza para que ninguno de nosotros lo reclame. Y ahí sí que no voy a transigir. Con el cuadro de mamá no. Por dios que no.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;¿Zorra? ¿Me ha llamado zorra? Me callo por respeto al viejo. Qué astuta es Belinda. Sabe llorar, la tía. Hasta se corre el rimel para que todos veamos cuán afligida está. La niña de su papá, la nineta del seus ulls. ¿Por qué lloras tanto? Se acabaron los caprichos, ¿verdad? Se acabaron tus orgías lésbicas en esta casa ¿verdad?&amp;nbsp; Se acabó la buena vida sin pegar golpe ¿verdad? Dios, qué fácil te lo han puesto. ¿Qué pasa? ¿Que ahora le ves los dientes al lobo y disfrazas tu temor con esa cara de afligida que pones y que me resulta patética?&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Joder. Casi se oían los pensamientos en esa sala. La Sonia miraba a Belinda con ojos encendidos. Menos mal que aguantó el chaparrón de Belinda con aplomo y no dijo nada. Supongo que por respeto al enfermo. O porque entré yo y la Sonia esa, que se piensa todavía que yo soy el criado, prefirió callar porque que con el servicio delante, no se pueden ventilar los trapos sucios. El pobre de Roberto tenía los ojos clavados en su santa madre y musitaba que no y que no y que no.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Era una familia destrozada.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Les serví un té que me agradecieron cada cual a su manera. Belinda con unos ojillos que me llegaron al alma. Hice como que me quería ir a la cocina, para dejarlos tranquilos. Belinda me cogió por el brazo y me hizo sentar cerca. Eso me hizo poner la piel de gallina. Por primera vez me sentía alguien importante en esa familia. Estaba tan emocionado, que no sabía qué decirle ni cómo consolarla. No llores que tu papá se va a curar, estuve a punto de decirle. Menos mal que no se lo dije. Porque todos sabíamos, joder si lo sabíamos, que al viejo le quedaban horas. Pobre hombre. Fue un santo en vida. Y esa peña. Esa peña.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Se me saltan las lágrimas de solo recordarlo. Pero debo continuar. En primera persona, tal como lo viví. Sigo. No habían dado ni un sorbo al te, cuando Luis, el hijo mayor, con una voz entrecortada, dios qué falso sonó, dijo que subiésemos todos que papá quería decirnos sus últimas palabras. Tú también Tomás, me dijo con cierto tonillo que no sé como describirlo para no parecer pretencioso. Subimos y rodeamos al enfermo. Permítanme que me salte las palabras exactas que emitió el señor Eduardo, mi padrino, mi protector, el tío que más ha hecho por mi y a quien más quiero en el mundo. No puedo reproducirlas, por respeto a la familia. Aunque de hecho no oí nada. No sé ustedes, pero cuando alguien, desde la segunda linea de afectos ve a una persona querida morir, los sentidos se le confunden. Al menos eso es lo que me pasó a mi. No sé si oí sus ojos apagándose o vi sus últimas palabras extinguirse con su aliento. Y después, joder, lloré. Y tanto que lloré. Y Belinda lloró. Y Roberto lloró. Y Luis dio una patada al carrito de la cena, con tan mala leche que volcó la sopa sobre el cuerpo todavía caliente y abandonó la habitación, la Masía y la urbanización junto a su Sonia que le decía ¿lo ves? ya te lo decía yo, ¿lo ves? Y no sé cuánto rato estuvimos allá, llorando a moco tendido. Hasta que Belinda recobrando su autoridad nos animó a salir de la habitación. Y salimos cogidos de la mano, con el alma en pena. Como buenos hermanos bajamos al salón a iniciar el duelo y al cabo de un rato que se me hizo eterno, va Roberto y me señala el cuadro de la señora Mercedes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Una densa penumbra reinaba en el salón principal de la Masía. Frente a la chimenea, bajo el tenue fulgor de la lámpara que iluminaba el cuadro, Roberto y Tomás miraban inmóviles el retrato de Mercedes Salisachs. El pintor Vayreda la había pintado con un vestido azul celeste cuyos pliegues casi se podían tocar. Su piel parecía recoger el calor que desprendían los últimos rescoldos en la chimenea. Sus ojos, como dos puntos luminosos, tenían el brillo del amor maternal infinito.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––Cuida del cuadro, por dios cuida del cuadro ––le dijo Roberto a Tomás, rodeando sus hombros con un brazo. Luego, Roberto se separó de él y desapareció en la penumbra. Belinda se situó al lado de Tomás, le pasó el brazo por la cintura y apoyó su cabeza sobre su hombro. Le dio un beso en la mejilla.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7159348228236254213?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7159348228236254213/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7159348228236254213&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7159348228236254213'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7159348228236254213'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/10/culebron-familiar-por-llamarlo-de.html' title='No me gusta ese cuadro'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-845939118588666642</id><published>2011-10-01T14:49:00.003+02:00</published><updated>2011-11-03T13:06:01.987+01:00</updated><title type='text'>El tonto del pueblo</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;Nadie vio llegar el camión. Ni siquiera Mario, el repartidor del colmado que, aunque corto de luces, siempre era el primero en enterarse de todo lo que ocurría en el pueblo. Después, meses más tarde, se supo que el vehículo en cuestión debió llegar antes del alba, y que de forma sigilosa ––nadie vio resplandor de luces, nadie se desveló por el rugido de un motor ––, pasó por la Plaza del Ayuntamiento, torció a la derecha por la Calle Mayor, subió por la calle San Josep y se detuvo frente a la puerta principal de la casa de los Mora.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Aquella mañana, los vecinos del pueblo emprendieron sus tareas como cada día y cuando algunos de ellos vieron el camión de mudanzas aparcado en la calle Sant Josep nada se preguntaron; ya formaba parte de sus vidas, como el camión que a diario abastecía al supermercado, la furgoneta que traía la prensa al estanco o el coche patrulla de la policía municipal.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Tampoco Mario debió fijarse apenas en él cuando pasó por su lado, ni se entretuvo en leer la palabra mudanzas rotulada con grandes letras en su caja. Mario vio lo que quería ver. La puerta de Casa Mora abierta de par en par. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Se sabe que Mario pasaba incontables veces al día ante esa puerta de madera recia y oscura. Cuando llevaba las cajas con la compra a doña Irene, cuando le recogía los envases a don Carles, cuando le llevaba la fruta a doña Carmen. De ida a sus tareas y de vuelta al colmado de doña Pilar a recibir más encargos se detenía ante esa puerta cada vez. Durante los veranos, podía oír los gritos de los nietos de los Mora cuando se bañaban en la balsa del jardín, tras el alto muro que bordeaba la casa. Si levantaba la cabeza, y miraba por encima del dintel ornamentado, podía ver algún ventanal abierto, un visillo mecido al viento, una alfombra doblada sobre la barandilla del balcón. Una vez, oyó la voz de la señora dando órdenes. En otra ocasión, había visto el coche del señor Mora, un Mercedes plateado de cristales negros, salir por la puerta del garaje, al que se accedía por la calle de atrás, la de San Miguel. Y poco más podía saber Mario de los Mora. Ellos no eran clientes del colmado de doña Pilar, ni se dejaban ver en el Casino, el bar de la Plaza Mayor. En otoño, en invierno y parte de la primavera, la casa permanecía vacía. Y entonces, Mario debía imaginarse cosas. Debía imaginarse siendo el señor de la casa. Paseándose por sus grandes salones, despertándose en una habitación con balcón y cama con dintel. Se bañaba en la balsa. Pasaba horas ociosas bajo la sombra de las palmeras que veía sobresalir por encima del muro. Mario, en su limitado conocimiento del mundo, debía preguntarse cómo sería la vida ahí dentro, cuántas cosas debían tener los Mora que no conocía ni conocería nunca porque solo era el chico del colmado y siempre lo sería.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Y aquel día, se supone que la puerta abierta de par en par era una irresistible invitación para colmar su curiosidad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––Chaval, ¿dónde vas? ––le debió preguntar uno de los operarios de las mudanzas cuando, con toda probabilidad, le salió al paso en el umbral de la puerta. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Mario debió excusarse diciendo que él era del pueblo, como si eso le hiciese merecedor de confianza. Se supone que el operario, presuroso por el peso de un gran cuadro que cargaba y viendo que el chaval era del todo inofensivo, no le dio más importancia y le dejó entrar.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;––Bueno, pero no toques nada, que luego los dueños nos piden explicaciones ––debió decirle el hombre desde el interior del camión.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Hay que suponer que Mario no tocó nada. El pobre chico era incapaz. ¿Qué podía haber en esa casa capaz de mover la mano de un chico que apenas no sabía leer más que los pedidos de doña Pilar y contar euros hasta diez? ¿Muebles de época?&amp;nbsp; ¿Tapices, alfombras, cortinas? ¿Vitrinas llenas de libros? ¿Los cuadros de las pareces? ¿Los jarrones de porcelana? ¿La cubertería de plata? Nada de todo eso podía interesarle. Tampoco el dinero porque no hubiera sabido qué hacer con él. Y si hubiese encontrado objetos más apropiados a su edad y condición ––una videocónsola, un coche teledirigido, una cámara de fotos–– tampoco los hubiese tocado porque no tenía suficientes conocimientos para manejarlos. No. Mario debió limitarse a deambular por la casa como en un sueño. En la entrada principal de la casa, debió estremecerse ante los bustos de mármol de cinco generaciones de la familia Mora que con expresiones serias y adustas daban la bienvenida al visitante. Y una vez en el gran salón, debió preguntarse cómo podían haber tantos sofás, sillones, mesitas de centro, lámparas, estanterías. Posiblemente quedó deslumbrado ante los ventanales en forma de arco, de doble hoja, a través de los cuales se accedía al magnifico jardín cuyos ecos oía desde la otra parte del muro. Y debió descubrir que donde se bañaban los nietos Mora no era una balsa de aguas verdes y oscuras, como la que había en el huerto de su abuelo, sino una piscina como nunca había soñado. Y que las palmeras, desde su pie, eran mucho más altas que lo que había calculado desde fuera. Y que su sombra se proyectaba sobre la noble fachada de la casa, invitándole a entrar de nuevo. En su imaginación, se dio un banquete en la gran mesa familiar del comedor principal. Después, buscando quizás un momento de asueto, subió los peldaños de la gran escalinata que partía del recibidor y ascendía hasta la planta superior donde contó hasta más de diez habitaciones, cuatro lavabos y otras tantas estancias inclasificables para él. Y mientras entraba y salía por un laberinto de puertas y pasillos, debió cruzarse con los operarios de la mudanza.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Se sospechó que eran dos. Y que cumplieron con su cometido de forma esmerada y silenciosa, trajinando los objetos con cuidado de no golpearlos ni dañarlos. Ahora una silla tapizada, luego otro cuadro, después, entre ambos, un escritorio, la cabecera de hierro de una cama, un televisor de plasma, varios videocónsolas.&amp;nbsp; Se supone que Mario, servicial a más no poder, les ayudó a bajar una gran caja metálica de considerable peso. Y que entre los tres, resoplando y enjugándose el sudor en cada peldaño, consiguieron meterla en el camión. Y cuando Mario pensó que volverían a entrar en la casa puesto que muchas cosas quedaban todavía en ella, uno de los operarios dijo esto es todo, y luego ambos subieron a la cabina, arrancaron y desaparecieron por la calle Sant Josep con el mismo sigilo con el que habían llegado. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;Se supo la verdad, a la primavera siguiente. Cuando el señor Mora cruzó la calle Mayor con su Mercedes, enfiló por Sant Josep, torció en San Miguel, abrió la puerta del garaje y desapareció tras ella. Apenas dos minutos después, el balcón de la habitación principal se abrió con estrépito y se oyó !al ladrón, al ladrón, nos han robado!. Entonces todos los vecinos del pueblo se acordaron de aquel falso camión de mudanzas que vieron un día de ese frío invierno. Pero nadie se atrevió a contarle a don Jordi Mora que nada habían sospechado, que ya sabe cómo es la vida en el pueblo que nunca pasa nada y cuando pasa no nos enteramos, porque nosotros también tenemos nuestras preocupaciones, nuestros trabajos y nuestras obligaciones y mejor pregúntele al Mario, que ese sabe todo lo que pasa en el pueblo. Fueron a preguntarle. Pero nadie lo encontró. Ni en el pueblo, ni en casa del abuelo. Y doña Pilar, la del colmado, dijo que hacía tiempo que no sabía de él y que pensaba que se había ido a pasar una temporada con su padre, como hacía una vez al año. Ya estaban todos conformados con los asombrosos hechos, esperando que Mario volvería tarde o temprano para preguntarle, cuando don Jordi Mora convocó a los notables del pueblo a su casa. Los reunió a todos en la entrada principal y les presentó los cinco marmóreos bustos de sus antepasados. Y cuando llegó al sexto, les preguntó si alguien sabía a quién correspondía esa cara entre sonriente y soñadora que había aparecido de golpe. Los notables se miraron entre ellos. Alguno dijo: !Anda, si es el Mario, el tonto del pueblo!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-845939118588666642?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/845939118588666642/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=845939118588666642&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/845939118588666642'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/845939118588666642'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/10/preguntele-mario.html' title='El tonto del pueblo'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-5962043842961297594</id><published>2011-09-29T13:53:00.001+02:00</published><updated>2011-10-03T17:21:17.971+02:00</updated><title type='text'>El broker</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;Serían cerca de las ocho de la noche de un viernes, mediado aquel negro mes de setiembre. En la gran sala central de Bartkes &amp;amp; Richmond Inversors tres analistas y un bróker ––el bróker era yo–– apurábamos la jornada frente a nuestras pantallas. Los números rojos y las gráficas bajando en picado no auguraban nada bueno. Pero en Bartkes &amp;amp; Richomd Inversors, nadie quería reconocer que venían tiempos difíciles. Los cerca de cien analistas, los cincuenta brókers, la docena de socios y directivos y los muchos inversores que confiaban sus capitales a nuestra empresa seguían tranquilos, comprando y vendiendo, haciendo cálculos, proyecciones, recogiendo beneficios, como si nada pasase, sordos y ciegos a las alarmas, como si tuviesen el convencimiento de que los números siempre tenían que ser verdes y las gráficas tenían que apuntar a un cielo de gloria. Sigan con su trabajo, ordenaron los jefes en cuanto empezaron a percibir la preocupación en nuestros rostros. No era más que una corrección de los mercados, dijeron. Y seguimos vendiendo bonos y comprando deuda, convencidos de que éramos lo suficientemente listos y poderosos como para frenar la hemorragia financiera que se avecinaba. Y ahí estaba yo, con mi terno gris de bróker y mi placa de identificación, haciendo horas extras y devanándome los sesos para devolver el color verde a los números rojos del fondo de inversión que tenía asignado. Pasadas las ocho de la tarde, con la sala vacía y en penumbra, se podía trabajar tranquilo. Para mí era el mejor momento del día. Hacía el balance de operaciones, repasaba los índices bursátiles, el Dow Jones, el Nikei, el Ibex, preparaba la estrategia de la jornada siguiente y antes de irme a casa, cuando estaba seguro de que nadie me miraba y que mi jefe ya no medraba por la sala, realizaba mi habitual pequeña transferencia que ponía punto final a mi jornada laboral.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Aquella noche, debíamos estar los presentes muy concentrados en nuestras tareas, porque ninguno de nosotros los oyó entrar. Recuerdo que estaba tecleando el importe a transferir y justo cuando le di a la tecla enter, como si hubiesen estado esperando ese preciso momento, noté una mano en el hombro y oí una voz grave y autoritaria que por la espalda me decía aparte las manos del ordenador, no se mueva y no diga ni una palabra. Levanté las manos y me quedé clavado y mudo, con el corazón a cien. Al ver la orden de detención ante mis narices, comprendí que eran policías y que me habían cogido con las manos en la masa. Noté que dos corpulentos agentes me agarraban por los codos y me levantaban del asiento. Un tercer agente, no tan corpulento, con movimientos rápidos y precisos, desmontó la tapa de mi ordenador y extrajo el disco duro. Me llevaron hacia la salida casi en volandas, amortiguados sus pasos por la mullida moqueta corporativa, mientras la voz autoritaria, pegada a mi oído, casi en un susurro, me declamaba mi derecho a permanecer en silencio, todo lo que diga puede ser usado en su contra, tiene derecho a un abogado, si no puede pagarlo se le asignará uno de oficio etc, etc. Ya a punto de franquear la gran puerta de cristal me giré para ver por última vez el que hasta ese momento había sido mi lugar de trabajo durante cinco años. Al fondo, con sus rostros iluminados por un halo rojizo, los tres analistas seguían absortos en sus pantallas repletas de cifras y gráficos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Lo siguiente que recuerdo es que me encontraba en una comisaría de los Mossos de Escuadra, en el pasillo del departamento de delitos económicos, sentado en un infame banco de madera, frente a una puerta cerrada tras la cual se estaba decidiendo mi futuro. Mis manos estaban sujetas a unas esposas de acero que parecían pulseras de plata. En mi mente se sucedían pensamientos a velocidad de vértigo. ¿Cuándo llegará el abogado de la empresa? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Hace dos horas que le he llamado. No he cenado. ¿Me van a dejar ir? ¿Dormiré en el calabazo? El abogado ya debería estar aquí. ¿Y qué le cuento al abogado? ¿Cómo le explico que me han cogido en plena transferencia?&amp;nbsp; Mejor no digas nada. Que haga las preguntas él. Para eso le pagan. Y mientras me debatía en mis temores y angustias, por la puerta entraban y salían agentes. Unos uniformados, otros camuflados en elegantes trajes de ejecutivo. Observé que tenían algo especial que los diferenciaba de los policías de calle. Su elegante forma de moverse, de llevar papeles y carpetas repletas de documentos. Sus expresiones concentradas. Su forma de hablar entre ellos, sin levantar la voz ni profiriendo palabras marciales. Más que policías parecían licenciados en económicas, con un máster de finanzas y un postgrado en delincuencia de guante blanco. Lo cual, en vez de tranquilizarme, me inquietaba aún más. Tienen mi disco duro, recordé. No van a tardar ni cinco minutos en encontrar el rastro de mis transferencias. Lo tengo crudo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;El abogado llegó. Se sentó a mi lado. ¿Miralles? Sí, soy Miralles, del departamento de inversiones de clientes institucionales. ¿Le han dicho los cargos? No, me han leído mis derechos. Dios qué pipiolo, debió pensar el abogado, elevando sus pupilas al techo. Tras lo cual se levantó del banco, abrió la puerta, sin llamar antes, y desapareció tras ella como si fuese un habitual de la casa.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Seguí dándole vueltas a mi situación. Agité las muñecas para desplazar las esposas que empezaban a incomodarme. Pensé en mi mujer. ¿Qué le digo cuando llegue a casa? Vamos, si es que no me llevan directamente a la cárcel Modelo. Hola, Maribel, cielo. ¿Pero dónde has estado? Nada, que he pasado por la comisaría. ¿La comisaría? Bueno, no exactamente, por la brigada de delitos económicos. Dios, ¿qué has hecho? Negué con la cabeza. Silencio. Me di cuenta de que no era la mejor forma de explicárselo. Me acomodé en el banco, los codos sobre las rodillas, la vista clavada en las baldosas blancas y negras del suelo. ¿Cómo le explicaba lo de las transferencias? Lo había llevado en secreto desde el principio y me di cuenta de que un secreto con el tiempo se hace cada vez más pesado, como la nieve acumulada en una ladera hasta que llega el momento en el que el peso de la conciencia o el devenir de los hechos rompen la cornisa y provoca un alud que lo arrasa todo. Las manos empezaban a sudarme. Miré de nuevo frente a mí.&amp;nbsp; La puerta permanecía cerrada. Nada se escuchaba tras ella. Concluí que lo mejor sería decirle la verdad. La pura verdad. Carraspeé. Ensayé el discurso, el tono de mi voz, mis gestos, mi expresión. Pues verás, cielo, que resulta que me gusta ser previsor. Y ya sabes que muevo mucho dinero. Compro y vendo. Tengo asignado un fondo de inversión. Y veo cómo cada día crece. Crece y crece. Lo veo en la pantalla de mi ordenador. Y en esa misma pantalla veo nuestra cuenta corriente. Esa no crece. Cada mes lo mismo, el ingreso de la nómina. Y punto. Un día me dije que si hacía un... ¿cómo te lo diría? un... un... pues eso como un pequeño aparte de los beneficios del fondo de inversión y lo transfería a nuestra cuenta, pues que nadie lo notaria y a nosotros nos iría muy bien, sobre todo a los niños. Nada, una pequeña cantidad una vez a la semana. Como una propina. Y así empecé. Y como los beneficios eran cada vez más cuantiosos y aquello era una fiesta especulativa sin fin, me fui animando.&amp;nbsp; Las transferencias pasaron a ser diarias. Y cada vez un poquito más cuantiosas. Pues eso, que pensando en nuestro futuro y el de nuestros hijos, conseguí reunir unos ahorrillos. ¿Te acuerdas que una vez fui al Londres? No fui a Londres. Fui a las Islas Caimán. A abrir una cuenta corriente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;En el momento en que mi mujer se ponía como una moto porque me has mentido, y te van a llevar a la cárcel por ladrón, mal padre, mal marido, la puerta se abrió. Apareció el abogado y se sentó a mi lado. No hay de que preocuparse, me dijo. ¿Han encontrado algo en el disco duro?, le pregunté inocentemente. Volvió a suplicar al cielo. ¿Disco duro? ¿Qué coño de disco duro? Vamos a ver Miralles, no me distraiga. Hay una operación en la que se han perdido una porrada de millones. Han rastreado de dónde ha salido la orden y han llegado hasta usted. Suspiré aliviado. De momento, mi cuenta en las Islas Caimán seguía siendo un secreto. Pero solo de momento. El abogado me explicó que había cargos contra mí. No muy graves. Nada de malversación. Simplemente podían acusarme de mala gestión. Y ni eso, porque yo era un mandado y en todo caso las órdenes de compra y venta se hacían de forma automática. Sólo tendría que declarar ante el juez. Lo peor que me podía pasar es que me impusiesen una fianza. Pero, tranquilo, Mirallles, la empresa se ocupa.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;––Usted limítese a repetir lo que acabo de decirle. ¿Entendido?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Entendido. Por supuesto&amp;nbsp; que lo entendí. Entendí que eso me daba un margen de tiempo. Recordaba perfectamente aquella operación. Se volatilizaron mil quinientos millones. Bufff. Así, tal cual, por un soplo de mala suerte. O porque los mercados, aquel setiembre negro se vinieron abajo. Pero eso nadie podía preverlo, ni Bartkes &amp;amp; Richmond Inversors, ni Lehman Brothers, ni la madre que los parió. Hay que joderse, porque mientras todo iba bien, nadie se había preocupado de otear el horizonte y aquello era una fiesta colectiva. Vivan los bonos basura, larga vida a las hipotecas subprime, especulemos, agotemos las urbes que amamantan el american way of life ese en el que todos vivimos. Pero ahora que todo se derrumba, necesitan encontrar un culpable. Acusarán al gobierno. Y el gobierno señalará a la banca. Y la banca a las empresas financieras y la empresa financiera buscará un chivo expiatorio. ¿Yo?. Sí, ese, el que dio la orden, el que pulsó la tecla. Mirallles. Incompetente, ambicioso, especulador, bróker sin escrúpulos.&amp;nbsp; Si solo soy un mandando.&amp;nbsp; Yo solo movía capitales ajenos para&amp;nbsp; satisfacción de mis desconocidos clientes. No era yo quien se forraba. Bueno, un poquito. Pero que no me vengan con hostias que tengo la conciencia tranquila. Yo solo pensaba en mi amada Maribel, en la educación de mis hijos, en pagar cada mes la hipoteca de la casa. Pero mis virtudes y mis anhelos no cuentan para ellos. Para mí sí. ¿Y qué tenía que hacer? ¿Ver cómo fluía un río de oro y permanecer en la orilla? ¿Me tenía que quedar de brazos cruzados viendo cómo mis clientes recogían beneficios y los transformaban en regalos para sus esposas y en cursos en las mejores universidades para sus hijos? Yo no me he llevado ni una mil millonésima parte de lo que ellos han ganado. Me da igual. Que me acusen. Yo ya estaré lejos. Me volatilizaré como esos mil quinientos millones.&amp;nbsp; Eso sí, voy a dejar claro que ese dinero no me lo quedé. Yo apenas cogí una migajita de ese pastel ahora derretido. Una menudencia que desde luego merecía.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Me estiré en el banco todo a lo largo, acomodé las esposas, puse cara de santo y las manos bajo mis mejillas. De repente, me apetecía dormir. Podía estar tranquilo, concluí; aunque debía actuar con rapidez y determinación. En ese momento, tenía que concentrarme en otra cosa: cómo explicarle a mi Maribel, cielo mío, luz de mis ojos, que en cuanto me saquen estas esposas, en cuanto declare ante el juez, en cuanto la empresa pague la fianza y antes de que descubran la cuenta corriente, nos vamos a&amp;nbsp; las Islas Caimán. ¿En las vacaciones? No, cielo, ahora mismo. ¿Y qué vamos a hacer en las Islas Caimán? Pues he pensado en comprar una casa en la playa y un barco de esos con fondo de cristal para pasar el resto de nuestros días contemplando los corales.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-5962043842961297594?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/5962043842961297594/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=5962043842961297594&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5962043842961297594'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5962043842961297594'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/09/el-broker_29.html' title='El broker'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-5042088356015003988</id><published>2011-09-27T11:31:00.001+02:00</published><updated>2011-09-27T11:58:05.844+02:00</updated><title type='text'>Virginia Woolf</title><content type='html'>Pues una vez que el mal del leer se apodera del organismo, lo debilita y lo convierte en una fñacil presa de ese otro azote que hace su habitación en el tintero y que supura en la pluma. El miserable se dedica a escribir. Y si eso ya es bastante malo en un pobre, sin otra propiedad que una silla y una mesa debajo de una gotera ––pues al fin de cuentas no tiene mucho que perder––, el trance de un hombre rico, que tiene casas y ganado, doncellas, burros y ropa blanca, y sin embargo escribe libros, es penoso en extremo. Se le escapa el sabor de todo; lo toruran hierros candentes; lo roen los gusanos. Daría el último centavo (!tan virulento es ese mal!) por escribir un solo librito y hacerse célebre; pero todo el oro del Perú no puede comprarle el tesoro de una frase bien hecha.Virginia Woolf en "Orlando""Sin embargo, no tardó en advertir que las batallas libradas por sir Miles y los otros para ganar un reino contra caballeros con armadura, eran menos arduas que la emprendida ahora por él para ganar inmortalidad contra la lengua inglesa. El lector que haya intimado con las servidumbres del trabajo de redactar no necesitará pormenores: cómo escribió y le pareció bueno; releyó y le pareció vil: corrigió y rompió; omitió; agregó, conoció el éxtasis, la desesperación; tuvo sus buenas noches y sus malas mañanas; atrapó ideas y las perdió; vio su libro concluido y se le borró; personificó sus héroes mientras comía; los declamó al salir a caminar; rió y lloró; vaciló entre uno y otro estilo; prefirió a ves el heroico y pomposo; otras el directo y sencillo"... "y no llegó nunca a saber si era el genio más sublime o el mayor mentecato de la tierra"VIrgina Woolf en "Orlando"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-5042088356015003988?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/5042088356015003988/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=5042088356015003988&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5042088356015003988'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5042088356015003988'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/09/virginia-woolf.html' title='Virginia Woolf'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-234206609487766603</id><published>2011-09-23T13:14:00.003+02:00</published><updated>2011-09-23T13:31:23.367+02:00</updated><title type='text'>Visita de revisión</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Un año. Esta semana hace un año desde la última visita. Se preguntará por qué le he pedido hora. No tema. No es una recaída. Ni mucho menos. Ya sabe que quedé satisfecho con el tratamiento. Razonablemente satisfecho. Vamos, que hoy hace un año salí de esta consulta siendo una persona bien distinta a la que entró por primera vez hecha un manojo de nervios y escupiendo rabia por los ojos. ¿Lo recuerda? De eso, de mi patética primera sesión, hará como tres años. Más o menos. Claro, entiendo que no lo recuerde... no soy su único paciente. En fin. Veo que todo sigue igual. Me refiero a su despacho. Los mismos libros en la biblioteca, su mesa ordenada, su sofá de piel, su portapapeles. Hasta la silla donde me siento. La de siempre, dura e incómoda. Me pregunto si la ha escogido a propósito para que sus pacientes no se sientan demasiado cómodos y se le queden dormidos a mitad de sesión. Disculpe. Es una broma. Ya le digo que ahora me tomo las cosas más a la ligera. Ya no siento aquella rabia que me tenía agarrotado. ¿Lo recuerda?&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;¿Para qué he venido? Pues supongo que esto es como pasar la inspección técnica de vehículos. Una revisión rutinaria. Un chequeo para cerciorarme de que aquí dentro todo está en orden. ¿Que qué pienso? Hombre, pues la verdad... considero que mi vida está bastante más ordenada. ¿Feliz? ¿Si me siento feliz? Tanto como eso, no. Pero sí mucho mejor. ¿Por qué no me siento feliz? ¿Qué quiere que le diga? Según el manual, la felicidad no es un estado del ser, sino breves y fugaces momentos. Eso me lo enseñó usted. La búsqueda de la felicidad en sí misma genera angustia. Solo hay que saber distinguir cuando se dan esos momentos. Y disfrutarlos. Eso me dijo. He aprendido a hacerlo. Y a no sulfurarme por nimiedades, a tomar conciencia de mis sentimientos y a aceptar que no puedo cambiar lo que no se puede cambiar. Las tres normas básicas, el abecé. Y la verdad es que me funciona. Pero, bueno, ¿qué quiere qué le diga?. Le voy a ser sincero. Tanta tranquilidad, tanto equilibrio y relajación mental me hacen sentir... ¿cómo decírselo? Vamos que quiero decir que siento que mi vida está vacía. Antes tenía objetivos. Mal llevados, pero objetivos al fin y al cabo. Ahora, me despierto cada mañana con una inefable sensación de vacío. ¿Qué me hace pensar eso? ¿Qué quiere que le diga? El hecho de no tener nada que hacer en todo el día... Ya sé que tengo la vida solucionada y que no debería tener motivos de preocupación.&amp;nbsp; Ya sé que usted me recomendó crear parcelas de intereses. Varias parcelas, no solo una. A eso me he dedicado durante todo este año. ¿Que por qué no ha dado resultado? No sabría decirle. Lo he intentando. A fe mía que lo he intentado. El hecho es que he estado cultivando mis aficiones. Ya se lo comenté. Música y cine. Y aparte de eso, he tratado de cultivar o, por decirlo de otra manera, de restaurar mis relaciones personales. Sí, sigo separado. No, no tengo pareja ahora mismo. Ni la busco. Con mi hija, las cosas va un poco mejor, aunque ella tiene su vida y tratar de recuperar ahora su estima es como abordar un barco con un cabo demasiado corto y delgado. Pero ahí estamos, navegando cada cual en su navío. Nos vemos a través del catalejo de los mails y los sms. Y poco más. No puedo cambiar eso. Y en cuanto a la música y el cine, pues eso, que uno no puede pasarse el día escuchando música o viendo películas. Resulta aburrido. Usted me conoce y ya sabe que soy un poco inquieto. ¿Otras parcelas? ¿Cuáles? ¿Los amigos? ¡Los amigos! ¿Dónde están los amigos? ¿Alguien se ha interesado por mí desde que...? Eso, ya sabe. ¿Tengo que ir yo detrás de ellos? ¿Qué coño les digo? ¡Eh, que estoy aquí! ¿Qué les respondo cuando me pregunten en qué ando metido? ¿Cultivando parcelas? ¿Sabe qué me dirán? Que es una lástima. Que alguien como yo se haya pasado a la agricultura... que con el carrerón que tengo, que porque no lo intento de nuevo. Eso me lo dijo una vez uno de ellos. Y cuando le dije, o más bien le supliqué que si podía ponerme en contacto con su productora de televisión, me dijo que tranquilo, que no había problema y que ya nos llamaríamos. Por supuesto, no volvió a llamarme. ¿Que si le llamé yo para recordárselo?¡Sí, hombre! Ante ese capullo yo ni me pongo de rodillas, ni me arrastro. Ya tuve bastante con pedírselo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Disculpe. Sí, tiene razón. Me he dejado llevar por la rabia. ¿Si sigo sintiendo rabia? ¿Quiere que de verdad le diga si sigo sintiendo rabia? Pues, la verdad es que sí. No tanto como antes, pero sí que de tanto en tanto me dan ataques ¿Me está pidiendo que le cuente los pensamientos que pasan por mi cabeza? ¿Que le ponga cara y nombres? Pero sí usted ya sabe contra quienes dirijo mi rabia. ¿Que no lo recuerda? Ya. Es lógico. No soy su único paciente. ¿Qué me ve alterado? !Hombre, ¿Cómo no voy a estarlo? ¿Que qué motivo tengo? Pues está claro ¿no?. Que cada vez que recuerdo lo que pasó hace tres años, me entran ganas de matar a alguien. ¿Que no hay para tanto? ¿Se lo vuelvo a contar? ¿Quiere que le refresque la memoria? Disculpe. Sí tiene razón, estoy alterado. ¿Nuevas sesiones? ¿Una nueva terapia? ¿Usted cree? Si yo sólo he venido a pasar una revisioncilla. Le aseguro que estoy bien. Se me pasará en cuanto respire profundamente por la nariz. ¿Lo ve? Ya está. Ya estoy más tranquilo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;De acuerdo, quedamos la semana que viene. A la hora de siempre. ¿Cómo que ha subido el precio?&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-234206609487766603?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/234206609487766603/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=234206609487766603&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/234206609487766603'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/234206609487766603'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/09/visita-de-revision.html' title='Visita de revisión'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-5467776349342341897</id><published>2011-09-16T13:02:00.000+02:00</published><updated>2011-09-16T13:02:04.396+02:00</updated><title type='text'>viernes, 16 de setiembre</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Me ha costado saber qué día es hoy. He tenido que pulsar sobre el icono de fecha, en la esquina superior izquierda de la pantalla, para comprobar que hoy es viernes dieciséis de setiembre de dos mil once. Llevo más de tres meses sin escribir una línea. No puedo. No me sale. No tengo motivación. El verano ha sido largo, cargado de deberes paternos y conyugales. Los días se sucedían uno tras otro, indiferenciados, a ritmo placentero, a veces, estresado, la mayor parte del tiempo. Es fácil de imaginar cuando se tiene un hijo de seis años y una hija de catorce que constantemente reclaman la atención. Así que de escribir, nada. Esa ha sido la excusa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Pero ahora, estoy de vuelta. Los hijos en el colegio, mi mujer con sus problemas empresariales y yo solo en casa, tratando de resolver el problema que más me acucia: ¿qué hago?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;¿Qué hago? Las perspectivas no son alentadoras. Hago balance de mis intentos por escribir una novela y el resultado es que estoy a punto de tirar la toalla. El proyecto que emprendí en el curso de Novela 1 del Ateneu murió al acabar el curso. Recibí ánimos de mis compañeros. Enrique de Hériz, el profesor, fue benévolo en su valoración de mi participación en el curso. Y de forma educada, a lo largo de las clases, me sugirió más o menos directamente, que mi proyecto era correcto, la trama estaba bien estructurada, los personajes creíbles, pero que algo fallaba, no sabía qué, pero algo había que no le daba consistencia a mi idea de novela. Escribí un primer borrador que ocupaba casi doscientos folios. Incluso, llevado por el entusiasmo que me produjo escribir “Qué fue de Tomás Pacheco” en apenas tres meses, di ese borrador como bueno. Luego, resultó que no valía &amp;nbsp; nada. Ni una página. Ni una escena. Estaba todo equivocado. Desde el narrador, hasta la misma historia. Traté de rescribirla con otro narrador. Recompuse la trama. Pero cada intento me abocaba a un nuevo fracaso. Conclusión: la historia que perseguía contar no aportaba nada y era mejor para mí abandonarla. Así que, llegado el verano, me di tres meses para olvidarme del proyecto y recapacitar seriamente sobre mi capacidad de escribir algo con cara y ojos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Y aquí estoy. De vuelta. He tenido la suerte de que esta “rentree” ha coincidido con la publicación de la última novela de Jaume Cabré, “Yo confieso”. Qué poco he tardado en ir a la Librería Laie, en Pau Claris, a hacerme con un ejemplar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;	&lt;/span&gt;Ya desde la primera frase, Jaume Cabré ha vuelto a engancharme. Lo consiguió con “Las voces del Pamano”. Pero esta vez, ha encendido en mí el deseo de seguir escribiendo. Y me cago en todo. Porque Cabré escribe como a mí siempre me hubiese gustado escribir. Y más aún. Algo parecido me ocurría con Saramago. Y con García Marquez. Y entonces, en todos los casos que un autor me ha gustado, mimetizo. Intento escribir como ellos. Así lo hice en uno de mis primeros relatos, “La camisa”. Traté ––digo “traté” porque sería un error pretender escribir a su altura–– de imitar la prosa de Saramago. Se ve a la legua. Lo veo yo. Aunque nadie de los que han leído ese relato y lo consideran uno de mis mejores, me ha señalado con el dedo y me ha dicho: anda, como Saramago ¿eh?. Si me hubiesen dicho eso, la verdad es que me hubiese sentido halagado. !Escribir como Saramago! ¿Qué más quisiera? Cuando releo ese relato, solo aprecio un montón de errores, una prosa pretenciosa y sobre todo voluntad de deslumbrar. !Dios! Pero si era uno de mis primeros relatos. ¿Qué pretendía? !Va, da igual! Y sin embargo, creo que quienes lo valoraron tan bien, tienen razón. Lo cual, me preocupa, porque tras ese relato, escribí casi un centenar más. A cuál más horroroso. En fin. Que voy a seguir leyendo a Jaume Cabré, voy a devorar enteras sus más de ochocientas páginas, porque desde la primera tengo la sensación de que a escribir se aprende leyendo, más que escribiendo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-5467776349342341897?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/5467776349342341897/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=5467776349342341897&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5467776349342341897'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5467776349342341897'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/09/viernes-16-de-setiembre.html' title='viernes, 16 de setiembre'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-1290401372976428289</id><published>2011-07-06T23:45:00.015+02:00</published><updated>2011-07-08T12:40:09.157+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Tour de France'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ciclismo'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='relato deportivo'/><title type='text'>El campeón de ciclismo</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Tras haber subido y luego bajado un puerto de montaña de segunda categoría, sus sensaciones son buenas. Ahora está en el llano, terreno de recuperación. El velocímetro/pulsómetro que lleva en el manillar de la bicicleta le indica que sus pulsaciones están por debajo de la franja de esfuerzo medio. Tiene margen. Por delante le queda un puerto de categoría especial. Lleva el plato grande, de cincuenta y tres dientes, pero siente que sus piernas tienen fuerzas de sobra para administrar ese desarrollo y afrontar lo que le espera. Tiene ganas de exprimirse a fondo, pero como solo es una sesión de entrenamiento, decide aflojar un poco el ritmo y esperar a sus compañeros y al coche que conduce el director del equipo. El paisaje es magnífico. La primavera tiñe de verde prados y montañas. La temperatura es agradable y el cielo está despejado. En su punto de mira, a escasos kilómetros, la cadena montañosa que tiene que subir.&amp;nbsp; Rueda tranquilo. Se oxigena. Bebe de su cantimplora un preparado isotónico homologado. Al cabo de unos kilómetros, sus compañeros se unen a él. Vienen desfondados, sudorosos. ¿Vais bien, chicos? Vamos bien, jefe. ¿Cuánto os he sacado en el puerto? Más de tres minutos, jefe.&amp;nbsp; No está mal. Si sigue así, puede volver a ganar el Tour de France.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Enfilan la última recta antes de la subida. No es una carretera muy frecuentada. Se cruzan o les adelantan pocos coches. Sus conductores ignoran que se cruzan o adelantan al dos veces campeón del Tour. ¿Cómo lo van a saber? se pregunta el campeón. Solo estamos entrenando y para ellos debemos parecer una peña ciclista de aficionados cualquiera.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Al final de la recta, justo cuando tienen que cruzar un pueblo y afrontar las primeras rampas, el campeón ve a un solitario ciclista. A medida que se va acercando, percibe que no es un deportista. Ni siquiera un aficionado. ¿Cómo se puede pedalear por estos parajes vestido con pantalón tejano y camiseta de algodón?, se pregunta ya a pocos metros de él. Es un joven de raza negra. Su bicicleta no es de carretera. Ni mucho&amp;nbsp; menos de competición. Es una vieja y oxidada mountain bike, de cuadro de hierro y gruesas ruedas de tacos para terrenos montañosos. Seguramente es un inmigrante que debe ir al pueblo a trabajar en cualquier granja de animales, deduce el campeón. Se sitúan a su lado. Sus compañeros de equipo le jalean. Vamos, que te queda poco, le dice uno de ellos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Lo dejan atrás. Atraviesan el pueblo. A la salida, el coche del director se sitúa a su lado. El director les entrega nuevas cantimploras y más barritas de cereales energéticas. Da instrucciones. Este lo has de subir en quince minutos diez segundos, le dice al campeón. Sus compañeros le animan. Vamos que tú puedes, le dicen.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Afrontan las primeras rampas en grupo. Un diez por ciento de desnivel. Durísimo. Aquí puede decidirse el liderazgo del próximo Tour. El campeón cambia de piñón y aplica toda la fuerza de sus piernas sobre los pedales. En cuatro peladeadas deja a sus compañeros atrás. Supera una primera curva de ciento ochenta grados. Luego la siguiente. Empieza a sudar. Sus pulsaciones han subido a la zona de máximo esfuerzo, pero todavía le quedan fuerzas. Puede conseguirlo. Mira hacia atrás para calcular la distancia que les ha sacado a sus compañeros. Pero en vez de verlos a ellos, descubre atónito que, casi pegado a su rueda trasera, rueda el joven de raza negra que habían dejado atrás antes de llegar al pueblo. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Pero, ¿a dónde vas? ––se le ocurre decir.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;¿Qué más puede decir? Para él es inconcebible. !Un pobre negro, sobre una pesada bicicleta de mountain bike está rodando pegado a él, a su mismo ritmo! ¿Qué se propone? ¿Retarle?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Pues a trabajar, como cada día –– le responde el chico negro.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––¿Cada día?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Sí, jefe, cada día me subo esta cuesta. Pero tengo suerte, ¿sabe?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;El campeón mira atrás. El chico negro, a su rueda, pedalea como si estuviese bailando. Y mientras habla, sonríe.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––En mi país, tenía que recorrer el doble de distancia para ir a buscar agua. Y no tenía bicicleta. Ya ve, jefe, la suerte que tengo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;El campeón ya no sabe qué decir. Tiene la sensación de haberse convertido de repente en un cicloturista que conversa animadamente con un compañero mientras pedalean por bonitos parajes de montaña. Sólo le faltan las alforjas y la mochila.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; Aprieta los dientes. Se levanta del sillín e imprime toda la fuerza que le queda. Unos metros mas adelante, vuelve a mirar atrás. El negro sigue pegado a él.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Oye, ¿quieres dejar de seguirme?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Acto seguido, sin ningún miramiento, sin ningún respeto hacia su laureada figura, el negro se sitúa a su lado, rueda con rueda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––No te sigo. Si te sigo, llego tarde.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––¿Llegas tarde? –– jadea el campeón.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Sí, arriba, al restaurante, ahí, en el puerto ––le responde el chico negro, con una voz serena, apenas alterada por el esfuerzo. Con el brazo extendido, le señala la cadena montañosa. Y luego, mostrando sus blancos dientes y unos ojos llenos de orgullo, sin apenas una gota de sudor en su frente amplia, añade: ––Soy camarero. Y nunca, nunca, en los dos años que trabajo ahí, he llegado tarde.&amp;nbsp; Así que hasta luego.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Dicho esto, quien ahora se levanta del sillín e imprime toda su fuerza sobre los pedales es el chico negro. El campeón apenas se conforma a verlo desaparecer tras la siguiente curva de ciento ochenta grados.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-1290401372976428289?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/1290401372976428289/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=1290401372976428289&amp;isPopup=true' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1290401372976428289'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1290401372976428289'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/07/el-campeon-de-ciclismo.html' title='El campeón de ciclismo'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-5140317812935157808</id><published>2011-02-22T22:54:00.001+01:00</published><updated>2011-02-23T09:40:01.726+01:00</updated><title type='text'>El gua</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Alvaro cogió una rama del suelo y empezó a cavar un hoyo en la arena de unos diez centímetros de diámetro y cinco de profundidad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––El gua ––dijo cuando acabó.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Limpió el terreno alrededor y le hizo una indicación a su hermano. Miguel midió cinco pasos desde el gua y con su ramita trazo una línea recta. Luego volvió junto a Alvaro.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Para ver quién empieza.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Ambos hermanos rebuscaron en los bolsillos de sus pantaloncitos cortos y extrajeron sus canicas. Las compararon, para distinguirlas. La de Alvaro era de tonos verdosos, con pequeñas motas de un brillante amarillo. La de Miguel tenía tonos rojizos y anaranjados, pero su iris ocupaba mayor espacio en el interior de vidrio, con lo cual resultaba más atractiva y vistosa que la de su hermano.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Esta te la gano ––le dijo Alvaro a Miguel.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Miguel se agachó, en posición de lanzamiento, muy concentrado. Era su mejor canica, no estaba dispuesto a que pasara a engrosar la bolsa de canicas de su hermano mayor.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Cerró el puño y sujetó la canica en el doblez de su dedo índice. Apuntó hacia la linea que había trazado. Con el dedo pulgar la impulsó, con un chasquido seco. La canica salió disparada, rodó por la arena y se detuvo a menos de un pie de distancia de la línea.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––No está mal ––dijo Alvaro, ladeando la cabeza, midiendo distancias.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Era su turno. Repitió los gestos de su hermano. Pero con más afectación, como si hiciese teatro.&amp;nbsp; Lanzó su canica con más potencia que su hermano.&amp;nbsp; En vez de rodar por la arena, trazó un arco en el aire, botó un par de veces, sobrepasó la canica de Miguel, parecía que iba a superar la línea, pero de repente, como si Alvaro le hubiese dado un efecto de retroceso, se detuvo a apenas cuatro dedos de la línea.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––¡Ja! Empiezo yo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Alvaro se creció con esa primera tirada. Se irguió todo él, junto a su hermano, como para recordarle que él era más alto, más hábil y más todo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Volvió a agacharse, detrás de la línea, apuntó a la canica de Miguel y de un disparo certero la chocó.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; ––Primera.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Recogió su canica. Repetía turno. Volvió a apuntar y volvió a acertar. La canica de Miguel salió rebotada en dirección al gua y quedó a más de un pie de distancia de la canica de Alvaro, tal como exigían las reglas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Segunda ––dijo satisfecho.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;El siguiente disparo dio otra vez de lleno.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;–– Lohay.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Y el siguiente, más de lo mismo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Tute.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; La canica de Miguel quedó a escasos veinte centímetros del gua. Alvaro le miró con aire desafiante Se situó por detrás y disparó. Su canica volvió a impactar con la de Miguel y ésta rodó, mezclándose el rojo y el naranja en su interior como líquidos de diferentes densidades, hasta introducirse en el gua.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––¡Gua!––saltó su hermano, triunfante.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Se agachó para recoger su trofeo. Miguel rebuscó en su bolsillo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Revancha ––le propuso a su hermano mayor.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Vale, pero esta.. ––Alvaro le mostró con suficiencia la canica que había ganado–– esta, al saco.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Y acto seguido lanzó la canica al aire.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Miguel vio como el rojo y el naranja brillaban contra el sol de la tarde. Vio volar la canica, llegar a su punto más alto e iniciar el descenso. Vio que la canica caía, fuera de su alcance. Le hubiese gustado alargar la mano y recuperar esa joya. Pero no podía. La canica siguió cayendo. Miguel vio a su hermano inclinar la cabeza hacia el cielo. Antes de que llegase a la altura de la mano de su hermano, la canica desapareció en su boca.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Ca....ca... ca ––”canasta” iba a decir Alvaro, pero no pudo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Empezó a emitir gorgojeos, tratando de expulsar el cuerpo de vidrio que se le había introducido en la traquea. Al cabo de unos pocos segundos estaba rojo. Extendía los brazos, buscaba a Miguel para apoyarse. Del rojo, pasó a un color lívido. Ahora tenía las manos alrededor del cuello. Miguel estaba paralizado, aterrorizado. Alvaro extendió un brazo y le señaló a Miguel la casa. Miguel salió corriendo del jardín, atravesó como una exhalación la puerta de entrada y empezó a pedir auxilio.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Alvaro se ha tragado una canica ––repetía una y otra vez.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Lo dijo en el amplio salón vacío. Lo dijo a lo largo del pasillo distribuidor. Lo repitió en la cocina. En el comedor. Nadie en ningún sitio. Se asomó a la habitación de sus padres. Vacía. Recordó que habían salido a cenar con unos clientes. La única persona mayor que quedaba en la casa era Sole, la asistenta. Y Solé no aparecía por ningún sitio. Volvió al pasillo distribuidor y empezó a gritar y llorar. Auxilio. Auxilio.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Solé apareció secándose las manos en su delantal.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––¿Qué pasa, Miguel, qué pasa?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Miguel, ahogado en su llanto, no pudo articular palabra. Tiró del brazo de Sole y la llevó hasta el jardín. Cuando llegaron, Alvaro se convulsionaba, estirado en el suelo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––!Ay, dios mío, ay dios mio ––chilló Sole.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Se abalanzó sobre Alvaro y le introdujo su húmeda mano en la boca. Miguel, impotente, sin saber muy bien qué hacer, se situó a su lado. Solé cogió a Alvaro por la espalda y lo apretó con fuerza contra su pecho. Y le apretaba y le apretaba. Pero Alvaro ya casi no respiraba. Miguel vio que Alvaro extendía su brazo. En su mano sostenía su bolsa de canicas. Miguel la cogió. Y tras liberarse del peso de la bolsa, la mano de Alvaro quedó inerte.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;La bolsa de canicas. Miguel la sintió, como un saco de piñones, contra su espalda. Detrás de él, su padre la sostenía en una mano, pegada contra su vientre, mientras con la otra le atraía hacia él, como impidiéndole salir corriendo de ahí. La bolsa de canicas interpuesta entre su padre y él. Y todo era negro a su alrededor. Su madre era negra. Solé era negra. Sus tíos. Sus primos. Los clientes de su padre. Y un montón de gente vestida de negro. También el cura, que junto al féretro, pronunciaba palabras que él no entendía. Tras las cuales escuchó como un murmullo, dicho por mil voces sostenidas, acalladas. Y negras eran las cuerdas que sujetaban el féretro en su descenso hacia la profundidad del foso. Y cuando Miguel y todos los asistente perdieron de vista los perfiles plateados del ataúd, la cruz de madera con el cuerpo crucificado, entonces su padre lo apartó de su lado, se adelantó a todos, se acercó &amp;nbsp;y extendiendo su brazo firme y seguro, abriendo la palma de su mano dejó caer todas las canicas, las de Alvaro y las que Alvaro le había ganado. Miguel creyó ver matices de rojo y naranja apagarse en la profundidad de aquel gua.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-5140317812935157808?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/5140317812935157808/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=5140317812935157808&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5140317812935157808'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/5140317812935157808'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/02/el-gua.html' title='El gua'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-8284987285516444323</id><published>2011-02-12T13:10:00.000+01:00</published><updated>2011-02-12T13:10:08.857+01:00</updated><title type='text'>Valoraciones de mi novela "Qué fue de Tomás Pacheco"</title><content type='html'>&lt;div style="color: #333333; font-family: 'lucida grande', tahoma, verdana, arial, sans-serif; line-height: 1.5em; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; text-align: left;"&gt;La &amp;nbsp;Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona dice:&lt;/div&gt;&lt;div style="color: #333333; font-family: 'lucida grande', tahoma, verdana, arial, sans-serif; line-height: 1.5em; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; text-align: left;"&gt;&amp;nbsp;"La historia es original, interesante, y muy actual por los temas que toca (los problemas que acarrea la fama, la televisión, el cambio de roles mujer/hombre en la sociedad contemporánea, el abuso de poder, la explotación sexual)".&lt;/div&gt;&lt;div style="color: #333333; font-family: 'lucida grande', tahoma, verdana, arial, sans-serif; line-height: 1.5em; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; text-align: left;"&gt;"A pesar de tratar temas de cierta gravedad, la novela es divertida y se aleja de moralinas y sermones".&lt;/div&gt;&lt;div style="color: #333333; font-family: 'lucida grande', tahoma, verdana, arial, sans-serif; line-height: 1.5em; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; text-align: left;"&gt;"El ritmo está muy bien manejado. En la primera parte, la historia de la vida de Tomás basta por si sola para mantener la atención del lector. En la segunda, a la progresiva resolución de la historia, se suma la alternancia de formatos y narradores, lo cual contribuye a crear interés y mantener al lector hasta el final".&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-8284987285516444323?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/8284987285516444323/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=8284987285516444323&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/8284987285516444323'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/8284987285516444323'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/02/valoraciones-de-mi-novela-que-fue-de.html' title='Valoraciones de mi novela &quot;Qué fue de Tomás Pacheco&quot;'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6993273665299385603</id><published>2011-01-23T11:02:00.002+01:00</published><updated>2011-01-23T11:02:32.022+01:00</updated><title type='text'>Muy breve</title><content type='html'>&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;Quita paloma quita, que este grano me lo como yo y no tú. Y una ráfaga de viento se llevó el grano y al palomo.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6993273665299385603?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6993273665299385603/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6993273665299385603&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6993273665299385603'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6993273665299385603'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2011/01/muy-breve.html' title='Muy breve'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6977714784419122075</id><published>2010-12-31T13:13:00.006+01:00</published><updated>2010-12-31T22:47:18.754+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='relato corto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='obras'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='infraestructuras'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='inauguraciones'/><title type='text'>Amigos de las infraestructuras</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Bueno, supe de esta historia el día en que trajeron a mi compañero de habitación en el Hospital. Estaba yo convaleciente de una operación de úlcera de duodeno. Era mi segundo día tras la intervención y empezaba a sentirme recuperado, pese a todo lo que tuve que sufrir. El hombre, de unos setenta años y frágil constitución, de nombre Anastasio, fue ingresado de urgencias por múltiples traumatismos. No tenía ni un hueso roto, pero su cuerpo parecía un campo de batalla después de un bombardeo de puñetazos y patadas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;El primer día no me atrevía a preguntarle nada. Tenía tan inflamada la boca que hacerle hablar hubiese sido un acto cruel por mi parte. El segundo día, tras sorber la sopa con una cañita, le oí decir:&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––!Lo conseguimos, lo conseguimos! ––balbuceó y con una mano enfundada en una manopla de vendas empapadas de yodo, me señaló su mesita de noche. Junto a su reloj y su billetera, había un recorte de tela, cortado a bisel, con los colores de la bandera española. Y luego, añadió:&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Ahora el Papa, el Papa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;En ese momento no atiné a comprender el significado de sus palabras y qué representaba ese pedazo de tela roja y gualba.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Fue en el tercer día, cuando ya estaban a punto de darme el alta, cuando Anastasio recibió la visita de un hombre y una mujer, ambos de su edad. Y fue la mujer, acompañada de los asentimientos que Anastasio iba haciendo con la cabeza, quien me relató lo acontecido.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Nosotros somos de la asociación Amigos de las Infraestructuras, y Anastasio es su presidente y fundador. Ahí donde lo ves, el pobrecito, ha sido motivo de inspiración para muchos jubilados que como nosotros no sabemos qué hacer con tanto tiempo libre. Empezó solo. Tenías que haberlo visto en esos alegres años, de tan febril actividad, cuando el gobierno gastaba a espuelas el dinero de los contribuyentes, mucho antes de que se promulgara el tijeretazo. Ahí donde se construía una nueva carretera, un nuevo puente, ahí donde se perforaba un túnel o se tendían vías férreas, ahí estaba el Anastasio contemplando cómo evolucionaban los trabajos. Pronto empezó a tener asiduos compañeros. Se reunían junto a las vallas de las obras, se instalaban con sus sillas y mesas portátiles y dejaban pasar las horas. Y así, día tras día. Veían poner los cimientos. Forjar con acero y cemento las más altas columnas. Tender enormes vigas de hormigón. Levantar murallas de contención. Asfaltar kilómetros de carreteras. De tanto que vieron y de tanto que aprendieron de ingeniería, pronto empezaron a sentirse partícipes de todos esos grandes proyectos. Un día, en el acto de colocación de la primera piedra, viendo cómo las autoridades aparecían por la obra con sus cascos blancos y sus chalecos amarillos y se hacían fotos, Anastasio dijo: “Coño, le echamos tantas horas como los obreros, como los ingenieros, nos dejamos la piel en estas obras, y nadie nos tiene en cuenta. Nosotros también formamos parte y nos es justo que nos mantengan detrás de la valla”. Todos se mostraron de acuerdo. Fue a partir de entonces, cuando se organizaron. Se hicieron con un calendario de actos. Publicaron una web en internet, a través de la cual los suscriptores, que se contaban por miles, les proporcionaban valiosa información sobre obras que estaban a punto de empezar o de acabar. Y se pusieron manos a la obra. Su primer gran éxito fue en la inauguración de un Hospital en Teruel. Fíjese, aquí tengo la foto. ¿Ve este grupo, detrás de las autoridades? Somos nosotros, los amigos de las Infraestructuras, y el que alza nuestra bandera es el Anastasio. !Ay qué tiempos aquellos! Nos conformábamos con pequeños actos y la presencia de autoridades locales. Y, claro, la asociación iba a más. Nuestras metas eran cada vez más elevadas. Nada de hospitales, escuelas o instalaciones deportivas. Eso era pecata minuta. Ahí no iban más que concejales. Apuntábamos más alto. El primer acto con alcalde fue la inauguración del metro de Palma. Aquí tengo la foto. Como ve, para no ser multitud, delegamos en el Anastasio la representatividad de la asociación. Aquí está, justo detrás del alcalde, enarbolando nuestra bandera. Y después de jefe de consistorio, pasamos a presidente de autonomía. Fíjese, aquí está el Anastasio con el presidente Montilla, el día que inauguraron la nueva terminal del aeropuerto de Barcelona. Casi no se le ve. Ha de entender que cuanto más institucional era el acto, más dificultades tenía el Anastasio en traspasar los servicios de seguridad. Aquello del aeropuerto ya fue un gran logro para la asociación. Pero todavía quedaba un reto. !El Rey Juan Carlos! Por nuestras fuentes en internet, nos enteramos que asistiría a la inauguración del ave de Valencia a Madrid. Planificamos la operación con todo detalle. Había muchos obstáculos que superar. Imagínese la de seguridad que lleva el monarca. Pero el Anastasio nos prometió que, dada la envergadura de la misión, no se contentaría con salir en la foto. Os traeré un trozo de la cinta inaugural, cortada por tan regias manos. Eso prometió. Nosotros dos le acompañamos. Llegamos dos días antes e instalamos nuestro campamento en las cercanías de la estación. Una amiga de la asociación, nos proporcionó un casco blanco y un chaleco amarillo. El día de la inauguración, el Anastasio, haciéndose pasar por ingeniero, empezó a deambular entre los invitados. Según habíamos acordado, se trataba de que Anastasio pudiese acercarse al Rey, presentarse ante él como presidente de la Asociación Amigos de las Infraestructuras y pedirle el trozo de cinta inaugural. No tenía porque haber más complicación. Pero ocurrió que uno de los guardas de seguridad de la empresa constructora lo reconoció, pese al disfraz. Y cuando el Anastasio estaba a apenas diez metros del monarca, el guarda le hizo un placaje y se lo llevó a un aparte, tras una columna, donde empezó a aporrearlo. El pobre Anastasio solo tenía en su cabeza su misión. Logró zafarse. Corrió tras el monarca que se dirigía a un vagón del ave. !Majestad la cinta, la cinta! gritaba, perseguido por el fornido guarda. Y tanto gritó que el Rey, que es muy buena persona, al final le oyó. Pero el guarda se le echó encima y lo tiró al suelo. Vimos un ir y venir de puños, más guardas que se abalanzaban sobre el pobre Anastasio. Y no pudiendo soportar ese violento espectáculo, alcé la vista. Y vi que el ave se alejaba. Y que mecida por el aire, volaba por encima del andén el trozo de cinta inaugural. Pude hacerme con ella. Y aquí la tenemos. ¿Verdad Anastasio? El trofeo es tuyo. Es el orgullo de la Asociación Amigos de las Infraestructuras.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Ahora, el Papa, el Papa ––balbució el pobre Anastasio entre su bozal de vendas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Y la mujer, la que me había explicado la historia, se acercó a mí y me dijo:&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;––Tal como está, no creo que pueda asistir. La consagración de la Sagrada Familia de Barcelona es la semana que viene. Pero, no se preocupe, que aquí el Julio ha aprendido mucho del Anastasio y sabrá estar a la altura. ¿A que sí, Julio? ¿A que serás capaz de traernos una hostia consagrada por el Papá?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;Miré al tal Julio. Vestía una camiseta con el anagrama de la Asociación Amigos de las Infraestructuras. Y le venía holgada, tan holgada...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6977714784419122075?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6977714784419122075/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6977714784419122075&amp;isPopup=true' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6977714784419122075'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6977714784419122075'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/12/amigos-de-las-infraestructuras.html' title='Amigos de las infraestructuras'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-8608166328331353623</id><published>2010-12-03T22:40:00.002+01:00</published><updated>2010-12-03T22:40:10.215+01:00</updated><title type='text'>Por si acaso</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Diga.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Tomas? !Ay Dios! Tomas. ¿Eres tú?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Oiga que no, que no soy Tomas. ¿Con quién hablo?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Tomas, ¿estás ahí!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Señora, que no...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–!Ay Tomas, que alegría! Lo sabía. Esto tenía que ocurrir.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Señora, que no, que su Tomás...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–No te oigo bien, cariño. Debe haber interferencias. ¿Me oyes tú bien?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Sí, la escucho bien. Pero no...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–!Ay Tomas! no te muevas, ahora vendrán tus hijos a sacarte de ahí.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Señora que no...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Te pierdo... No debe haber cobertura...&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Vamos a ver. ¿Me oye usted bien?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Ahora te oigo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Que le digo que no soy quien usted piensa. Además, ¿usted cree que este es un sitio al que llamar?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–No te oigo... Se pierde.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Señora, ¿sabe usted el lío que ha armado?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Que dices, Tomas, que no te escucho bien?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Le digo que se ha pasado. ¿A quien se le ocurre...?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Qué te ocurre Tomas? Tranquilo, respira tranquilo, que poco aire te debe quedar, no hagas esfuerzos, ahora mismo llamo a los Mossos...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Que no, señora. A su Tomas no le ocurre nada y los Mossos ya están aquí.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Oiga, ¿con quién hablo?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Con Julian, el encargado de esto.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿No estoy llamando al móvil de mi marido?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Sí. Su marido lleva un móvil encima, pero yo no soy su marido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Pues entonces dígale que se ponga.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Me temo que no es posible.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Este no es el 60721282?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Y yo que sé, señora.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Quiere hacer el favor de hablar más alto. Espere que se pone mi hija, es que estoy medio sorda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Hola. ¿Con quien hablo?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Aquí Julian, el encargado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Julian qué?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–!Ay Dios! Eso no importa, ahora.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Oiga que mi madre está alteradísima. ¿Le están haciendo una broma pesada?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–!Oiga, que no! Que quien ha llamado es ella. No se imagina lo alterados que estamos nosotros aquí.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Alterados? ¿Me puede decir que está ocurriendo?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Pues no es fácil de explicar ¿sabe?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Espera, mamá. Que no, que no es papá. Por dios, ¿te quieres callar? Dígame. Diga. Diga.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Pues eso, señora. Que esta mañana he oído un ruido raro...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Un ruido raro?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Sí, como un pitido...que se repetía.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Quién es usted? ¿Desde dónde llama?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Que soy Julian y estoy en el cementerio del Noroeste.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–No me joda. Hace dos días que estuvimos ahí.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Lo que le digo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Y para qué llama a mi madre? Que bastante disgusto tiene.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Le repito que quien ha llamado es ella.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Ande, no me joda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Con perdón señora, pero no le permito que me falte al respeto, que bastante estamos pasando.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–No entiendo nada&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Pues debería estar usted aquí para verlo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Ahora mismo lo tengo fatal.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Entonces escúcheme y no me interrumpa. Por dios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Bueno, no se ponga así. Le escucho.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–El caso es que esta mañana iba yo a retirar un andamio y al empezar a desmontarlo he oído algo, como un pitido, piip, piip, piip, sonaba, y he acercado el oído y me he dicho, dios, aquí ocurre algo. No sabe el susto que me he llevado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Un pitido? ¿Dónde?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Joder, en el nicho número 324, de la calle C.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–No puede ser.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Lo que le digo. A nombre de Tomás González Sidra. Ya no me acuerdo de las fechas, porque hemos retirado la lápida.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Que han retirado la lápida de mi padre? Pero si no hace dos días que lo enterramos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Lo que le digo. No había otra cosa que hacer. Cuestión de procedimiento. Ante la menor duda, hay que seguir un protocolo. Y como ese pitido no paraba de sonar, tuve que proceder. Y no es que quiera bromear con algo tan serio como esto, pero era tan insistente y amenazador que pensé que o ahí dentro había una bomba con temporizador o el finado no había acabado de palmar y nos estaba enviando una señal mediante algún artilugio de urgencia, que vete a saber lo que hoy en día ofrecen las funerarias. Ya sabe, que estas cosas pueden ocurrir. Tanto lo de la bomba, como los avances tecnológicos llevados al extremo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Pero ¿qué está diciendo? Mi padre está muerto y bien muerto. Tengo aquí el certificado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Sí, de eso no hay duda, ahora que hemos exhumado el cadáver.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Qué han exhumado el cadáver? ¿Por qué?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Pues eso. Para asegurarnos que su padre descansa en paz y/o no representa ninguna amenaza para este tranquilo cementerio. Así lo especifica el procedimiento.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Quiere dejarse de formulismos?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Que no nos quedó más remedio que romper la lápida, sacar el féretro y abrirlo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Y?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Le juro que su padre está tal como lo depositaron. Y después de una rápida y eficiente inspección, los artificieros de los Mossos han certificado que no se trata de un cadáver-bomba.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Mi padre, un terrorista-suicida-post mortem? Lo dudo.Con lo bueno que era.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Seguro, mujer. Pero entienda que ese pitido seguía sonando y tuvimos que proceder. Esta vez, sin protocolos, pues no hay nada escrito ni nada reglamentado sobre un caso como el que nos ocupa.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Siga usted.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Pues que hemos tenido que cachear a su padre.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Y?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Que en el bolsillo del pantalón llevaba un móvil.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–No me joda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Lo que le digo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Mamá, ¿pusiste tú un móvil en el cadáver de papá?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;....&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Cómo que por si acaso? Si Papá está muerto. !No, los médicos no se equivocan en estas cosas! ¿Cómo que querías estar segura? ¿Como que le llamas por si las moscas? Mamá, por dios! Julian, cuelgue. Yo me ocupo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–¿Y qué hago con el móvil?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;–Yo que sé. Desconéctelo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-8608166328331353623?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/8608166328331353623/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=8608166328331353623&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/8608166328331353623'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/8608166328331353623'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/12/por-si-acaso.html' title='Por si acaso'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6760221030558696568</id><published>2010-11-27T17:04:00.002+01:00</published><updated>2010-11-27T20:00:30.804+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Que fue de tomas Pacheco'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ignasi Raventos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='novela'/><title type='text'>Nueva novela de Ignasi Raventós</title><content type='html'>Amigos:&lt;br /&gt;Con gran satisfacción os anuncio que ya he acabado mi novela "¿Qué fue de Tomás Pacheco?". Es la historia de un humilde y peculiar electricista en el paro. Tomás se ocupa de su casa, de su mujer y su hijo como un verdadero "hombre de su casa". Un día, de compras en el supermercado, &amp;nbsp;un periodista le propondrá hacerle un reportaje para un famoso programa de televisión. A partir de su emisión, la vida tranquila de Tomás se verá truncada.&lt;br /&gt;Estoy seguro de que pasaréis un buen rato leyéndola.&lt;br /&gt;Mientras espero a &amp;nbsp;que las múltiples editoriales que están interesadas por mi obra, se pongan de acuerdo, os ofrezco en primicia una versión autopublicada en Bubok. La tenési en formato tradicional y también en formato electrónico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.bubok.es/libro/detalles/194282/Que-fue-de-Tomas-Pacheco"&gt;¿Que fue de Tomás Pacheco?&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6760221030558696568?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6760221030558696568/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6760221030558696568&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6760221030558696568'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6760221030558696568'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/11/nueva-novela-de-ignasi-raventos.html' title='Nueva novela de Ignasi Raventós'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-4392154594273012080</id><published>2010-10-23T13:47:00.010+02:00</published><updated>2010-11-28T10:44:46.438+01:00</updated><title type='text'>El bicho raro</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Fonso se estaba aplicando after shave sobre su recién afeitada cabeza cuando desde la habitación le llegó la voz de Bibi, su mujer:&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Querido ¿te fijaste que el decano se ha quitado la anilla que le sujetaba el párpado a la ceja? !Qué barbaridad! Le quedaban bien. ¿No crees querido?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;No, no se había fijado en ese insignificante detalle que, por lo visto a su mujer no le pasó desapercibido en el acto de inauguración del nuevo curso lectivo de la Universidad Central, de la cual el decano era ponente. Indiferente al comentario de su mujer, Fonso cogió la crema abrillantadora de su armario del lavabo y empezó a aplicársela. Se acercó el espejo de aumento y comprobó lo maravillosa que era. Realzaba los trazos, intensificaba los colores del tatuaje. Su dragón alado bicéfalo parecía moverse, casi volaba, sobre la brillante piel de su rala cabeza.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Ya sabes qué es un tipo raro, el decano. Allá él ––le dijo desde el lavabo, nada más que para mantener un mínimo hilo de conversación.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Desde luego querido. Estoy intrigada. A ver qué se pondrá en vez de esa anilla.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Fonso se frotó las manos en la pica de su lavabo de grifos dorados. El efecto de la crema abrillantadora se hizo notar también en sus dorsos, donde sendas plantas carnívoras abrían sus pétalos dentados y enredaban sus pilosas raíces por cada uno de sus dedos. En ese momento oyó el zumbido de la máquina quita tatuajes de su mujer. Miró su reloj Rolex.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––¿Ahora te vas a borrar un tatuaje?&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Es un momento, querido. Es el del hombro derecho. Ya no lo soporto !Está tan pasado de moda! He pensado que me quedaría mejor un nuevo Garay. Es un artistazo. ¿Qué te parece, querido?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Anda, déjalo para otro día, que llegamos tarde.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Son cinco minutos querido. Ve a ver si Carol está preparada.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Su mujer siempre le hacía lo mismo cuando tenían que salir de casa para acudir a una cita, a alguna exposición, al cine o al teatro y quería que la dejasen en paz para arreglarse a su gusto. Enviarlo a vigilar a su hija. Pero Fonso ya había aprendido a dominar sus prisas. Tenía un truco. Se pasaba la bola de plata que atravesaba la punta de su lengua por encima de la fila de anillas que adornaban su labio superior. El sonido que producía, casi como el rasgar de una cremallera, le tranquilizaba.&amp;nbsp; Así lo hizo, mientras se anudaba el cinturón en torno a su albornoz blanco, con sus iniciales bordadas en el bolsillo. Luego se aseguró que las toallas estaban en sus colgadores térmicos, que el mármol brillaba y que no quedaban rastros de pelos en el lavabo en forma de vasija cuneiforme, último modelo de la marca Roca.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Entró en la habitación de matrimonio. A través de sus grandes ventanales apreció que ya había oscurecido. Ahí abajo, a los pies de la loma donde tenían su casa, la ciudad empezaba a iluminarse. En algún lugar de ese mar de luces, un asombroso espectáculo les estaba esperando.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Se giró. Su mujer estaba sentada en la camilla de tatuajes, iluminada por un foco flexo. Se estaba pasando con fruición la maquinita por el hombro. Finos regueros de sangre se deslizaban por su piel, pero en seguida se los limpiaba con un poco de algodón empapado con solución desinfectante. Tomás observó que ni siquiera se había vestido. Se pasó otra vez la bola de plata por el labio.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Anda, querida, no te entretengas –. Le besó en el cuello, ahí donde a él le gustaba besarla, en el mango del puñal que blandía un elfo, un Garay auténtico que le había costado una fortuna, que se erguía victorioso entre una frondosa selva de plantas exóticas que crecían desde sus preciosas nalgas hasta los omoplatos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Ve a ver qué hace ––le dijo Bibi, girándose hacia él y acariciándole el dragón alado cariñosamente. Había, sin embargo, una leve expresión de preocupación en su mirada. Fonso ya sabía por qué.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Fonso se vistió. Unos pantalones de cuero tachonados, una camiseta de tirantes que dejaban sus tatuajes al descubierto y unas botas a media pantorilla con cierres de hebillas metálicas. Informal, cómodo. Se adornó con unas cuantas cadenas sobre los hombros y alrededor de las muñecas. Ceñido al cuello, el collar de púas de cristal de Skarzosky. Se observó en el espejo. Y entonces descubrió que todavía quedaba un pequeño espacio en el lóbulo de su oreja, entre dos argollas. Cogió la máquina perforadora y se práctico un orificio en ese intersticio. Sintió la habitual punzada, nada que no pudiese soportar. Abrió su joyero y cogió un aro de plata. Se lo introdujo. Ahora sí. Estaba presentable. Lo suficiente. No era cuestión de deslumbrar. No iba a un importante acto de sociedad, ni tampoco tenía que dar una conferencia en la Facultad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Su hija Carol le respondió con el “déjame en paz” con el que siempre le respondía cuando Fonso llamó a la puerta de su habitación.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Date prisa, cariño. Que llegamos tarde.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Esperó una respuesta.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––No te saques cosas ––le pidió a través de la puerta–– ya sabes que a tu madre no le gusta.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Déjame en paz, fue de nuevo la respuesta de su hija.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Fonso bajó al salón. Se dedicó a ordenar su biblioteca, su escritorio, el mueble del televisor. Apagó el ordenador. Su mujer apareció al cabo de quince minutos, deslumbrante. Se había puesto unos tejanos desgarrados, por cuya baja cintura asomaba un tanga de piel de leopardo, un corpiño lleno de agujeros que por detrás dejaba su espalda a la vista y por delante marcaba sus pezones perforados por dos argollas. Se había adornado el rostro con una cadena de eslabones planos que colgaba de una oreja a otra, pasando por el gran aro que perforaba su labio inferior. Muy apropiado para una vespertina velada. Un fular ocultaba hábilmente el hueco del tatuaje borrado. Carol bajó veinte minutos más tarde. Como siempre, iba enfundada en ese horrible abrigo que ocultaba todo su cuerpo. Tanto que les había costado y no había forma que su hija luciese sus encantos. Subieron los tres al coche, un Toyota Prius eléctrico de última generación que les esperaba aparcado en el porche de entrada de su casa. Tomás condujo con precaución, procurando emitir el mínimo Co2 a la atmósfera.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Llegaron al Centro de Antropología en veinte minutos. Fonso detuvo el coche frente a la puerta. Le dio las llaves a un aparcacoches. En el hall de entrada había mucha gente haciendo cola. En el centro de esa espaciosa sala de atrevida arquitectura, un grupo de personas formaban un coro. Reconoció a sus compañeros de la Facultad. Estaba Julián Crespo, catedrático de sociología, Miriam Salgado, de literatura hispanoamericana, Carlos Pacheco, de historia del arte. Hablaban, como no, de la desaparecida argolla del decano. Fonso y su mujer les saludaron cortésmente, pero no se quedaron a escuchar sus encendidos comentarios. Fonso estaba impaciente por ver el espectáculo, así que tiró de su mujer y se situaron al final de la cola. Al contrario de lo que había temido, la fila avanzaba a buen ritmo. En cinco minutos ya había dejado el hall. Entraron en un pasillo oscuro, iluminado con luces ultravioletas que potenciaba los colores de los tatuajes y de los piercings de todos los visitantes. Era un espectáculo maravilloso. Ahí se concentraba lo más selecto de la ciudad. Gente culta, bien preparada. de exquisito gusto. Eso sí, mucho Garay y mucho Skarzosky . El pasillo desembocaba en una amplia sala. Quedaron en penumbra. Unas lucecitas en el suelo le indicaron el camino hacia unas gradas. Guió a su mujer y a su hija hacia allá. Tomaron asiento. En el centro de la sala, iluminada tenuemente, unas cortinas formaban un círculo, ocultando algo, tras ellas.&amp;nbsp; Quizás un escenario, o una vitrina. Se escuchaba una música. Un compás sostenido y repetido, que creaba expectación. El ritmo fue aumentando gradualmente. Se hizo la oscuridad. Una explosión de graves. Una voz potente que anunciaba que lo que iban a ver a continuación podía herir sus sensibilidades. Un hecho inaudito. Un vestigio de otra cultura, de un pasado remoto. Un ejemplar único y de valor incalculable.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Damas y caballeros, ante ustedes: El bicho raro.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Una ráfaga de pirotecnia le deslumbró. Las cortinas cayeron a plomo. Apareció una enorme vitrina circular de cristal. En su interior, flotando inerte en formol, el cuerpo desnudo de una mujer joven, de piel blanca y rubios cabellos. Un ooh sacudió la sala. Fonso no daba crédito a lo que veía. Vio que Bibi se llevaba las manos a la cara, horrorizada. Los ojos de Carol era como dos faros. Pasado el primer impacto, Fonso se atrevió a contemplar con detalle el cuerpo. El color de la piel desnuda, virgen de tatuajes. La ausencia de piercings, agujeros e incisiones. Dios mío, cómo era posible que alguien pudiese vivir así.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Pobre chica, qué vida más horrible debió tener ––dijo Bibi. Y a continuación apartó la vista del bicho raro y se fijó en su hija. ––No mires, cariño. Ya le dije a tu padre que no debíamos traerte.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;––Pues a mí me gusta ––dijo Carol. Y acto seguida, se levantó, se giró hacia su madre y se quitó el &amp;nbsp;abrigo. Horrorizado, Fonso vio que estaba desnuda toda ella. Pero desnuda desnuda. No quedaba ni rastro de los tatuajes que le habían hecho los más selectos artistas y que tanto dinero le había costado. Ni un aro, ni una tachuela, ninguna bolita de plata en el ombligo ni en su clítoris. Nada. Fonso buscó a Bibi con la mirada. La encontró desmayada en el suelo. Con rapidez y determinación le puso el abrigo sobre los hombros a su hija. Reanimó a su mujer. Formando una piña los tres, ocultando a su hija &amp;nbsp;de miradas curiosas, consiguieron abandonar la sala. Por un momento, Fonso se imaginó a su hija dentro de esa vitrina, flotando inerte.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-4392154594273012080?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/4392154594273012080/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=4392154594273012080&amp;isPopup=true' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4392154594273012080'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4392154594273012080'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/10/el-bicho-raro.html' title='El bicho raro'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-2700214628853384583</id><published>2010-10-14T21:44:00.009+02:00</published><updated>2010-10-17T19:53:00.443+02:00</updated><title type='text'>Los hermanos Díaz (1)</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Adeline repasaba el menú del día tras el mostrador de recepción, cuando una voz que conocía bien llamó su atención.&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;– Señorita Adeline, señorita Adeline, los hermanos se están discutiendo otra vez.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;La voz procedía de la sala de actividades y no era otra que la de doña Amparo, su espía, su vigilante particular, la que siempre le avisaba cuando algo anormal ocurría en esa sala o en cualquier otro lugar de la Residencia. Adeline hizo gesto de hastío, pero no dejó de repasar la lista de platos. Por más apremiante que sonaba la voz de doña Aurora, ni siquiera levantó la vista. Que los hermanos Diaz se estuviesen discutiendo no era motivo de alarma. Pero, de repente, se sobresaltó al oír gritos y golpes de objetos.&amp;nbsp; Dejó el papel manuscrito sobre la fotocopiadora y emprendió carrera hacia la sala de actividades.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Cuando llegó, se encontró a doña Amparo con la cara chorreando lágrimas y espanto. Señalaba hacia un rincón de la sala. Y ahí los vio. Los hermanos Diaz, a sus ochenta y pico años, estaban en el suelo, uno encima del otro, enzarzados en un lío de piernas y brazos y profiriéndose insultos, reproches y descalificaciones, como nunca se habían oído en la residencia. Los otros ancianos, curiosos unos, asustados otros, habían formado un coro entorno a los combatientes. Adeline se arremangó las mangas de su uniforme y empezó a apartarlos para abrirse camino. Con cuidado de no lastimarlos, pero con decisión y autoridad. Basta ya, ahora mismo, gritó en cuanto llegó al centro del coro. Y lo hizo con tal fuerza y convicción que donde antes era un guirigay de voces, ahora no se oía más que el arrastrar de zapatillas, alpargartas y algún que otro murmullo, bien disimulado, de fastidio. Incluso pareció que los hermanos Díaz se habían quedado congelados, como un fotograma de una película de lucha.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Señores Díaz ¿no les da vergüenza armar este espectáculo? !A su edad!–. Qué otra cosa les podía decir. Ayudó a Don Ricardo, el que estaba sentado a horcajadas sobre su hermano, a bajar su amenazante puño y luego a incorporarse. Madre mía, cuánta rabia había en su mirada. Su pelo canoso, alborotado. Las mejillas encendidas. Un hilillo de baba caía por su barbilla. Cálmese don Ricardo, le dijo mientras lo sentaba en una de las sillas volcadas en el suelo. Luego ayudó a don Alfonso. Temblaba todo él. Es culpa suya, es culpa suya, repetía balbuceante don Alfonso. Adeline, llevándolo del brazo, lo acompañó a otra silla, a unos metros de su hermano. Quedaron los dos hermanos frente a frente y Adeline, en medio, como si fuese el árbitro en un cuadrilátero de boxeo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Esto se tiene que acabar– dijo, mirando a un lado y a otro. Los dos hermanos miraban al suelo. Los otros ancianos, poco a poco, volvieron a sus labores y actividades, sin dejar de echar alguna mirada de vez en cuando a los combatientes, por si comenzaba un nuevo asalto. Adeline dejó que los dos hermanos se serenasen.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Viéndolos allá sentados, afectados todavía por la ira, recordó el día en que ingresaron en la Residencia, apenas unos meses atrás, al principio de la primavera. Los trajeron el mismo día. Vinieron acompañados cada uno de uno de sus hijos, en coches separados. Se encontraron frente al mostrador de recepción y se dirigieron una mirada que entonces Adeline no supo interpretar, pero que con el paso de los días empezó a sugerirle que entre los hermanos no era amor precisamente lo que había. Llevan muchos años sin verse, pero seguro que así se sentirán más acompañados, terció uno de los hijos, el que firmó la orden de transferencia bancaria mensual de don Alvaro, creía recordar Adeline.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Los primeros minutos de aquel día, dedicado a trámites, procedimientos e instrucciones, transcurrieron con normalidad. Es decir, bajo esa tensión habitual que se produce cuando los pobres ancianos asumen que ese va a ser su nuevo hogar hasta que la muerte se los lleve y sus familiares los reconfortan con todo tipo de promesas de bienestar, prontas y frecuentes visitas y consejos para que se conecten a internet, lean, escriban sus memorias o aprendan a jugar al ajedrez. !Esos hijos que se desprenden de sus padres! pensaba Adeline siempre que recibía a un nuevo residente. Y no podía evitar pensar en sus dos hijas, ahora dos guapas jóvenes de veinticinco años y veintitrés años, que ya empezaban a ganarse la vida y a luchar por su independencia. La una más que la otra. Ese primer día tenía que ser muy doloroso para los ancianos. Abandono, frustración, impotencia, vete a saber qué podían sentir ante tal situación. Los hermanos Díaz no fueron diferentes al resto. Los vio igual de desconfiados, incómodos. Lo único que los diferenciaba del resto, quizás por el hecho de ser hermanos, algo infrecuente en la residencia que dos hermanos ingresaran el mismo día, fue que no pararon de mirarse el uno al otro con esa mirada, sordos a las palabras de consuelo de sus respectivos hijos. Adeline, haciéndose cargo de la situación, reaccionó con profesionalidad.&amp;nbsp; Les dedicó las mismas palabras de cariño, los mismos gestos de fraternidad que usaba con todos los recién llegados. Sabía que con eso no se ganaría su confianza, pero era una obligación o un gesto de cortesía que no podía negarles. Recordó que, en cuanto sus familiares se marcharon, con el alivio mal disimulado en sus expresiones, los dos ancianos hermanos se dejaron acompañar dócilmente hasta su habitación. Y recordó que al abrir la puerta, esa docilidad, esa aceptación, esa resignación se evaporó como una burbuja estallando en el aire. Bluf. Mi cama es la de la ventana, creyó recordar que dijo don Alfonso. ¿O fue don Ricardo? Y a partir de ahí, todo fue un despropósito. Volaron las maletas, ambas en dirección a la cama junto a la ventana. Luego ambos al mismo tiempo, como sincronizados, se sentaron en la cama de la ventana. El uno empujó al otro. El otro se resistió. Forcejearon. Se insultaron. Empezaron a gritar. Adeline hizo lo que pudo para tranquilizarlos. Lo echamos a suertes, propuso. Como si nada. Parecía que se iban a matar. Recordó que alguien tocó su hombro, por detrás de la puerta todavía entreabierta. ¿Qué pasa aquí?, le preguntó doña Aurora. Han llegado los hermanos Díaz, le informó Adeline. Huy, que majos, parecen como niños, sentenció doña Aurora. Sí como niños. Y como a tales consiguió convencerles de que como su estancia era para largo, lo mejor era una semana la cama de la ventana para uno y a la siguiente para el otro. Y con eso, los hermanos Díaz parecieron conformarse por ese día. Pero en los siguientes días, después de la cama al lado de la ventana, vino lo de la silla en la mesa del comedor, y luego la taquilla del vestuario. Y con el transcurrir de los días, de las semanas, viendo que los hermanos Díaz se discutían en cualquier momento y por el más insignificante motivo, empezó a pensar que doña Aurora tenía razón. Eran como niños. Sus enfrentamientos no requerían una atención especial. Una regañina en el momento adecuado era suficiente para que los hermanos se girasen de espalda y se fuesen cada uno por su lado.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Volvió a mirarlos. Ya parecían más relajados, cada uno en su silla. Se miraban furtivamente. Un gesto de amenaza de don Alvaro. Un señalarle la culpa de don Ricardo. Cada uno en su sitio, al fin y al cabo. Como niños que se les está pasando la rabieta. Pero eso era una residencia de ancianos, y los hermanos Díaz eran casi octagenarios. Adeline decidió, en ese momento, que esas hostilidades tenían que acabar, por la paz de la residencia, su propia tranquilidad y la integridad física de los hermanos Díaz&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;– Ahora mismo, me van a explicar qué problema hay entre ustedes dos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Mal. Los dos ancianos empezaron a gritar al mismo tiempo. Silencio, ordenó Adeline.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Vamos a ver. Don Alvaro, usted es el mayor...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–!Lo ve?. Siempre es lo mismo, como es el mayor...– se quejó don Ricardo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Don Ricardo cállese&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Don Ricardó obedeció. Don Alfonso, carraspeó. Adeline miró a uno y a otro para asegurarse que los ánimos se iban apaciguando. Volvió la vista a don Ricardo y vio terror en sus ojos. Sus manos al frente, apoyando la espalda contra el respaldo con toda su fuerza. Se giró. Don Alfonso empuñaba una pistola. Adeline no había visto una en su vida. Apenas tuvo tiempo en desear que fuese de juguete, porque los disparos que escuchó a continuación, uno, dos, tres, cuatro disparos, le dejaron, de tan reales que eran, la mente en blanco. Al girarse hacia don Ricardo ya sólo vio los pies, libres de las zapatillas, asomando por la base de la silla. Se acercó. Un único disparo le había alcanzado muy cerca del ojo derecho. Suficiente. Estaba muerto. Adeline, para asegurarse de que los disparos errados no hubiesen causado heridos, vio impactos en la librería y en la pared del fondo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;– Me lo quitó todo, me lo quitó todo –repetía don Alfonso, balanceándose en la silla, con mirada perdida. Entonces Adeline entendió que se había equivocado pensando que las diferencias entre los hermanos Díaz era cosa de niños.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-2700214628853384583?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/2700214628853384583/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=2700214628853384583&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/2700214628853384583'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/2700214628853384583'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/10/los-hermanos-diaz-1.html' title='Los hermanos Díaz (1)'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-1970350871847170383</id><published>2010-10-11T19:57:00.001+02:00</published><updated>2010-10-12T00:18:45.149+02:00</updated><title type='text'>El duplicador de llaves</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Verá señoría, que sho sea argentino debería ser motivo de disculpa en este caso. Que nadie, ni mucho menos mis compatriotas, mal interpreten esta afirmación. Lo que quiero decir atañe sólo a mí persona y no es extrapolable a porteños, platenses, mendocinos, riojanos o patagonios, a quienes quiero y admiro por igual. Por más que la tendencia a hablar y a psicoanalizar sean rasgos que se atribuyen a los argentinos en general, no sería de recibo meterlos a todos en el mismo saco. Dicho esto, debo reconocer que mi tendencia a hablar es el motivo por el cual estoy aquí declarando como imputado. Y es que&amp;nbsp; a veces darle a la cháchara, a la labia o como quiera que se diga me pierde. Digamos que mi afición a largar me jugó una mala pasada. Pero insisto en que mis actos se limitaron a eso. Nada tuve que ver con los hechos a los cuales se me relaciona como colaborador por necesidad. A su señoría corresponde establecer la autoría de los mismos. Y estoy seguro de que cuando acabe de exponerle mis razonamientos no encontrará la mínima sospecha de una posible participación mía en el delito que aquí se juzga. Es más: todo quedará claro como el agua.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;¿Qué mal hay en que a mí me guste hablar con mis clientes? Para mí es como una obligación. Y ahora le explicaré por qué. Como comprenderá, mi oficio se presta. Esto de hacer copias de llaves tiene su que. Lo de poner la llave en la duplicadora y manejar la palanca para hacer pasar la broca por el cuerpo y darle forma es lo de menos. Eso lo hago con los ojos cerrados. Ya le digo. Lo que sho hago es otra cosa: trabajarme a mis clientes, darles coba, hacerme amigo de ellos y escuchar sus problemas,. Y cuando se presta, explicarles los míos, que también los tengo. Cierto que a veces hablo sho más que ellos, pero que quiera que le diga si los catalanes, la mayoría de mis clientes, son tan callados y cerrados. A veces me gusta pensar que mi pequeña tienda es como un café tertulia, donde en vez platicar en torno a una mesa de mármol, se platica apoyados en el mostrador, mientras aquí el menda le da a la duplicadora y empareja llaves. No me gustaría que mi pequeña tienda fuese como esos anónimos puestos de reparación de calzados y duplicación de llaves que proliferan en las grandes superficies comerciales y en los que los clientes desean pasar el menor tiempo posible porque el operario del puesto pone tan mala cara que a uno se le quitan las ganas incluso de decirle buenos días. No, señoría. Antes muerto. Mi negocio consiste en la confianza y la responsabilidad. Sho quiero que mis clientes vuelvan, aunque sólo sea a decir buenos días, qué mal va la economía, esto no lo arregla ni dios. Pero no se vaya a pensar usted que me dedique a hacer mal los duplicados para obligar a mis clientes a volver en cuanto comprueban que la llave no abre lo que tenga que abrir. No, señoría. Cada copia la hago a conciencia.&amp;nbsp; Me aseguro de que es idéntica a la original comparándolas a través de una lupa que tengo en el mostrador. Además, les grabo el nombre de mi establecimiento para que sepan donde reclamar. Cualquier pequeña diferencia, muesca, irregularidad en el surco, o dientes de sierra romos es motivo suficiente para desestimar esa copia y hacer una nueva. Y como comprenderá, al cliente no le cobro el precio de la copia defectuosa. Por más que a veces, de tan meticuloso que soy, tiro varias a la basura, con el coste que eso consheva.&amp;nbsp; Pero, sho lo asumo. Encantado, lo asumo. Y mis clientes me lo agradecen. Viste qué hombre más cabal, deben pensar, que ha tirado cuatro llaves mal copiadas y sólo me ha cobrado una. ¿Y cómo me gano la vida pues? Hombre, si echamos cuentas, a tres euros la copia de una llave normalita de sierra y tamaño pequeña, muchas s tengo que hacer al día para pagar el alquiler de la tiendecita, mantenerme a mí y a mí señora. ¿Doscientas llaves al día? ¿Trescientas? !Vamos hombre! Si ganase eso, me retiraba ya. Pero es que también vendo llaveros y plaquitas de plástico de esas para identificar de qué son las llaves. !Ah, y afilo tijeras y cuchillos! Aunque de eso cada vez menos. No me pregunte por qué, no sabría decirle. Así que entre una cosa y otra, vamos tirando señoría.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Le estaba diciendo lo de la confianza. Cuando un cliente me trae una llave, eso es lo primero que debo transmitirle. Quiero decir que el cliente tiene que marcharse de mi tienda, no sólo con la sensación de que el trabajo ha sido impecable. Faltaría más. Es más sutil que eso. El cliente ha de tener la absoluta certeza de que por ningún motivo ni bajo cualquier circunstancia, yo voy a hacer más copias que las que me solicite y que en ningún caso, jamás, me quedaré con una copia para hacer uso deshonesto de ella. Vaya usted a saber. No sería descabellado pensar que haya habido cerrajeros en la historia que se han aprovechado de su oficio para entrar a placer en las casas de sus clientes a desvalijar sus cajas fuertes con copias que ha hecho sin su conocimiento. Por dios que no tengo arrestos para hacer algo así. Estaríamos buenos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;En fin. Hablábamos también de responsabilidad.&amp;nbsp; Me gusta pensar que cada llave encierra un secreto o un tesoro que mis clientes guardan con empeño y disciplina. Que tanto se necesita lo uno como lo otro. Empeño por aquello de que uno a lo largo de su vida, siempre tiene que acarrear con un manojo de llaves si quiere conservar sus posesiones. Es inherente al ser humano. Guardar bajo llave. Y disciplina por establecer unos hábitos que le permitan saber dónde lleva o ha dejado las llaves, aprenderse de memoria cuál es una y cuál la otra y finalmente no olvidarse de dar tantas vueltas a la llave como cuantiosos sean sus bienes. Menuda responsabilidad me traspasa un cliente cuando deposita una de sus llaves en mi mostrador. Imagínese que al ponerla en la duplicadora, la estropeo. Podría dejar a más de uno en la calle. O sin coche. O sin las joyas de su mujer. O sin dinero negro. Vaya usted a saber.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;En mi tienda tengo setenta y ocho tipos de llave. E infinitas posibilidades que permiten que dos llaves no abran la misma cerradura. No voy a recitarle aquí el catálogo. Pero, tenga en cuenta que con sólo mirar las llaves que me traen mis clientes, y con la experiencia que tengo, ya sé qué puertas abren. Si son las de su vivienda, las de la oficina, las de su coche, las de su caja fuerte, la de un cajón de su escritorio, la de un baúl o la del apartamento de su amante. Y también sé que cuanto más sofisticada es la llave, más cuantioso es el patrimonio de mi cliente. Disculpe señoría, no me extralimitaré en mis comentarios. Sólo comentarle que este don que tengo es lo que me permite confiar en que mis clientes son realmente los dueños de las llaves que traen a copiar. Uno aprende psicología en este oficio. Le aseguro que sabría reconocer perfectamente a un cliente que trae una llave que no es suya. Me bastaría mirar la llave y luego mirar al cliente. Por lo general, llaves y personas encajan como guantes. ¿Cómo se lo explicaría? Con todo mi respeto. ¿Se imagina su señoría vestido con unos tejanos agujereados y una camiseta de los Sex Pistols en una sastrería? ¿Le haría el sastre la toga? Pues algo así. Y, a lo que íbamos. Hay que estar atento para apreciar estos matices. Y ese día, pues no lo estuve. Reconozco que me levanté muy locuaz. Me pone para allá, leer los titulares de los periódicos. Y ese día venían cargaditos. Así que me vino el tipo, muy calladito él, un catalán pensé, y aproveché para darle a conocer mi punto de vista sobre la crisis. Y no reparé en que la llave era un Inceca codificada. No leí en el cuerpo el texto que todas las Inceca llevan y que dice “do not duplicate”. Ni siquiera me fijé en el número del código. Estaba encendido con esa campaña que se han inventado unos de que esto lo arreglamos entre todos. Mientras ponía la llave en el taladro especial que tengo para esas llaves, le dije que la campaña debería llamarse que esto lo arreglen quien lo ha jodido, que todos sabemos quienes han sido... sí disculpe señoría, no me andaré por las ramas. Total, que con toda mi pericia le hice una copia a aquel hombre. Me aguantó el rollo unos minutos, en silencio. Sólo hacía que afirmar con la cabeza. Luego pagó y se marchó y me dejó atendiendo a otro cliente. Le juro que a ese, ya no volví a verle. Hasta hoy, que me lo encuentro aquí sentado, acusado de allanamiento de morada y robo. Y como prueba que me inculpa, este duplicado de la llave, con el logotipo de mi establecimiento. Vamos señoría, ¿es motivo suficiente para acusarme de participación en los hechos? Acúseme de ser un plasta. Condéneme a trabajos para la comunidad por no atender a mis responsabilidades. Pero sea benévolo señoría. No soy mas que un pobre argentino que quiere ganarse la vida tratando de caer simpático a su clientela.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-1970350871847170383?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/1970350871847170383/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=1970350871847170383&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1970350871847170383'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1970350871847170383'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/10/el-duplicador-de-llaves.html' title='El duplicador de llaves'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7223000847051322664</id><published>2010-09-29T19:37:00.000+02:00</published><updated>2010-09-29T19:37:07.834+02:00</updated><title type='text'>El instalador de gas</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Mire, señoría. No me voy a quejar de mi trabajo. No es más que un trabajo puramente mecánico. Un dame este tubo que yo lo empalmo con este otro, lo clavo en la pared, pongo un ángulo para tomar la curva, lo empalmamos en el calentador y listos. Para hacer esto, de verdad señoría que uno no tiene que ser un lumbreras, saber de ingeniería o de cálculo de resistencia de materiales. Le soy sincero si le digo que no tengo tantas luces. Que de joven, conociéndome y viendo las posibilidades que tenía, me dije déjate de ideales elevados, déjate de estudios universitarios que abren tantas y suculentas puertas y dedícate a un oficio sencillito que se pueda aprender con un cursillo de seis meses, cueste poco dinero, te permita empezar a ganar dinero enseguida y a pasar de tus viejos. ¿Sabe, señoría? Lo tenía muy claro. Podía haber elegido entre muchos oficios. Carpintero, soldador, evanista, electricista, carnicero. En la radio anunciaban un montón de ofertas de cursos. A cual más interesante. Y la verdad es que no sé por qué me decidí por mi actual oficio. No había antecedentes en mi familia. Por lo general, uno de familia rica, se hace abogado porque su padre o su abuelo era abogado. O uno de familia más modosita, se queda petrificado con las historias que le cuenta su abuelo bombero, y decide hacerse bombero. No es mi caso. Mi padre era conductor de carretilla elevadora en Mercabarna y siempre llegaba a casa despotricando de su oficio. Que si se dejaba la espalda, que si tenía tortícolis de tanto mirar hacia arriba. No le veía feliz al hombre. No me pareció adecuado seguir sus pasos, ni tampoco pensé que se disgustara porque su retoño no siguiera sus pasos. Mi madre era peluquera, y yo, la verdad, eso de arreglar los estropajos que lucían las señoronas del barrio en sus testas, pues no iba conmigo. Así que puestos, y ya que quedaban plazas libres, me apunté a lo de instalador de calefacción. Nueve meses de instrucción. Me enseñaron a manejar el cobre, el soplete y el taladro. A distinguir la toma de agua de la del gas, a medir la presión del circuito y a cortar el suministro y a llamar a la compañía si empezaba a oler a gas. Saqué un diez en todo. Y me recomendaron a una importante empresa de instalaciones. Ese fue mi primer trabajo. Me dieron una maleta llena de herramientas y un carrito para llevarla, de tanto que pesaba... y ala, a montar calefacciones. Ya ve, señoría, que me conformo con poco. Con un oficio así, uno no puede aspirar a gran cosa. Como mucho a pasar un final de juventud con ciertas alegrías. Alegrías normalitas, no se piense usted. Como comprarse un Seat Ibiza y tunearlo un poquito, para llamar la atención de las pavas a la salida de una discoteca. Así fue que conocí a la Puri. Y ya sabe, uno no sabe si en verdad se enamora o es que somos así de burros que confundimos el amor con el sexo y nos suscribimos de por vida a la parienta. Y bueno, entre la Puri y yo, y dejando el Ibiza aparcado en la calle para no gastar gasofa, pues pudimos alquilar un piso y emprender vida de matrimonio, con todos los gastos que eso conlleva. De hijos, ni hablar, que para criarlos como dios manda, según mis cálculos, tenía que montar dos calderas al día, cosa que, como comprenderá su señoría, es del todo imposible, aún en el caso de las instalaciones más sencillitas, esas de caldera y un radiador en un piso patera, que de esas, no lo dude usted, he montado muchas. Así que ni hablar de hijos y a espabilarse a ser rápido y eficiente para sacar más pasta cada mes y poder pagar los gastos del piso. Y fíjese qué paradoja, que entre esos gastos figura el de la instalación de mi propia caldera. La empresa me hizo un descuento en el material, pero aún así, ya sabe usted lo cara que es una caldera estanca, de esas que calientan el ambiente y el agua y no emiten CO2 en la vivienda. No ibamos a ser menos. A mí eso de en casa del herrero cuchara de palo, pues no va conmigo. En casa, la Puri y yo no tenemos por qué pasar frío.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Pero bueno, no quiero importunar a su señoria. Aunque importante es lo que he expuesto, a modo de antecedentes, para que se haga una idea. Que uno es profesional hasta la médula. El hecho es que si estamos aquí es porque uno soporta de todo, pero hasta cierto límite. Puede parecer que mi trabajo no tenga ninguna complicación. Clavar el aparato en la pared, pasar los tubos, colgar los radiadores, hacer las pruebas y listos. Si todo fuera eso, le aseguro que no estaríamos aquí. La cosa se complica cuando hay que hacer llegar el tubo de suministro de gas. Y como ese no cae del cielo ni viene directamente del centro de la tierra, pues hay que pasar, en la mayoría de los casos, por las casas de los vecinos. Y ahí está el problema. En el curso no me enseñaron a manejarme con lo de las relaciones públicas. Nada más faltaría, lo caro que me hubiese salido el curso. Pero no piense que por ser humilde de orígenes, uno es un bruto en el trato con los demás. Le aseguro que sé llamar al timbre con discreción. Sé decir buenos días señora, verá es que somos los instaladores del gas del piso de arriba y necesitaríamos acceder a su vivienda, no se preocupe, sólo a su patio interior, para pasar el tubo, serán sólo diez minutos. No hace falta llevar una chuleta para soltar un discurso así. A uno le sale de natural. Y yo, dado mi buen porte pese al mono de trabajo que suelo llevar cuando curro, pensé que con ese método me convertiría en un ejemplo de operario amable, educado y a la par eficaz.&amp;nbsp; Pues no fue así la cosa. En el noventa y ocho por ciento de los casos. A veces pienso que si me hubiese tocado otra zona de Barcelona, yo que sé, en Pedralbes, no me hubiese encontrado con lo que me encontré. Igual ahí, hasta me hubiesen invitado a tomar el té. Le juro, señoría, que al principio me lo tomaba con filosofía. Cuando una o uno de esos vecinos me daba con las puertas en los morros, me contenía, respiraba hondo, así para tragar la inquina, y me limitaba a llamar al encargado. Ese llamaba al cliente. Y este al vecino en cuestión. A veces, la cosa se solucionaba. Otras no. En ese caso, recurríamos a profesionales que se descolgaban con arneses por el patio interior y solucionaban el problema sin necesidad de pasar por el piso del vecino. Pero, claro, eso tenía un coste que el cliente en todos los casos no quería asumir. !Ah, ustedes me han presupuestado la instalación por tanto dinero, ahora no me vengan con extras! Ya sabe, el cliente siempre tiene razón.¿Y quién paga el pato? Pues aquí el menda señoría. Que resulta que a la empresa se le disparan los gastos, no le cuadran los números y nos convoca a todos los instaladores y nos dicen que, sea como sea, hay que entrar en casa de los vecinos. Y uno no puede negarse. Imagínese que me despiden por eso. ¿Qué le digo a la Puri? ¿Nos vendemos el Seat Ibiza? No hay otra. Y por eso estamos aquí, señoría. Le aseguro que yo sólo seguía las instrucciones de la empresa. Esta señora, la que se sienta ahí y me mira con cara de poseída, tiene que entender que su tía fue la culpable de todo. Le aseguro que llamé al timbre educadamente. Que le solté el discursito con voz tranquila. ¿Sabe cómo me respondió ella? !Anda que te den, que no ves que estoy haciendo la siesta y has venido aquí a jodérmela! Le aseguro que esas fueron sus palabras. Que baje dios y me fulmine si miento. Y no me mire así, señora, eso es lo que me dijo su señora tía. ¿Y qué me quedaba por hacer, señoría? ¿No hubiese puesto usted el pie en la rendija de la puerta para evitar que se estrellase en mis narices? Eso es lo que hice. Un acto de autodefensa. !Ah, sí! dijo ella, ahora verás. Y me clavó el tacón en todo el empeine. Porque la señora llevaba tacones para hacer la siesta. Ya ve. ¿Quién lleva tacones para hacer la siesta? Menos mal que llevaba calzado reglamentario, que si no, como Jesucristo crucificado. Lo del empujón a la puerta es cierto. Fue un acto reflejo. ¿Y qué quiere que le diga si la señora estaba detrás de la puerta y era delgada como una pluma? Pues claro que salió disparada. Pero no es culpa mía si la señora tenía una mesa de cristal en la pared del recibidor. ¿Cómo iba a saberlo? Además, si no hubiese llevado tacones no hubiese trastabillado y no hubiese hecho añicos el cristal con la cabeza. ¿Que luego pasé por encima de ella?, ¿que todavía tiene señales de la huella de mi bota en su cara? Pues claro, no podía ser de otra forma. Entre que el recibidor era pequeño y había un montón de cristales en el suelo, no me quedó otra que pasar por encima de ella para ayudarla a levantarse y presentarle mis disculpas. ¿Y sabe cómo reaccionó la señora? Me rajó la cara con un cristal. Vea la cicatriz. Ocho puntos. Esa señal es para toda la vida. No le metí el tubo del gas por cierto sitio, porque como le he dicho soy de origen humilde pero no soy un bruto. Simplemente me limité a asegurar que podría acabar con el trabajo. Sí, es cierto, la até las manos y los pies a las patas de la mesa con unas abrazaderas de plástico. Siempre llevo varias en el bolsillo.&amp;nbsp; Y cómo la señora no paraba de chillar y llamar a la policía y eso me ponía de los nervios, no tuve mas remedio que taparle la boca con cinta aislante, que también llevo siempre. Le aseguro que no le infligí ningún dolor. Al contrario, fue ella la que me dejó el cuerpo baldado, entre el taconazo y el corte en la cara. Y le aseguro que no me entretuve más de cinco minutos en pasar el tubo. En cuanto acabé, y viendo que soltaba llamaradas por los ojos, opté por dejarla tal como estaba, a ver si se calmaba. Le aseguro que le dije que volvería en cinco minutos. Pero ya sabe cómo son las cosas, que si me llamó el encargado, que si había que recoger porque ya era la hora de plegar. Sí, vale, me olvidé de ella. Eso pesa sobre mi conciencia, señoría. Pero ¿cómo iba a saber que la señora vivía sola? ¿Cómo iba a sospechar que nadie entraría en su piso? Y como al día siguiente tenía otra instalación en otro barrio, y luego otra y otra, que este oficio es un sin parar, y más cuando se acerca el invierno, y dado el estrés que sufrí con las discusiones y enfrentamientos conotros tantos vecinos reacios, pues que ya no me acordé de la señora. Hasta que algún vecino llamó quejándose que olía a gas. Y resultó que no era a gas lo que olía.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Señoría, nada más tengo que decir. A modo de conclusión, como en las peliculas, decir que me he visto forzado por las circunstancias. Sufrí violencia en mi cuerpo. He aquí las señales. Actué en defensa propia. No tuve más intención que la de cumplir con mi trabajo, bajo amenaza de ser despedido. No soy yo quien debería estar aquí sentado. Ruego a su señoria tenga en cuenta todas estas circunstancias atenuantes y emita un veredicto inequívico: el de inocencia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7223000847051322664?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7223000847051322664/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7223000847051322664&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7223000847051322664'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7223000847051322664'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/09/el-instalador-de-gas.html' title='El instalador de gas'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-8038302937220376122</id><published>2010-08-14T00:28:00.000+02:00</published><updated>2010-08-14T00:28:05.404+02:00</updated><title type='text'>El chringuito (2)</title><content type='html'>¿Vacaciones, hay chico, yo no sé qué son las vacaciones?, responde Celeste, la morenita del estanco, con suave y cariñoso acento caribeño, a la desacertada pregunta que el hombre, que se ha presentado como Ignasi, le acaba de hacer entre bocado y bocado de paella.¿Vacaciones? ¿Sabes cuántos periódicos tenemos que vender para poder tener vacaciones?, interviene Josep, que así se llama el hombre cuarentón que manda en el estanco, mientras pela una gamba con dedos viscosos. Se sonríe Kimi, ante esa respuesta, pero no interviene en la conversación. Ignasi tampoco quiere entrar en cálculos, no vaya a ser que los números no cuadren y se pase a una sucesión de lamentos o maldiciones sin otra salida que el consabido el mundo está mal repartido, mientras unos descansan, los otros se dejan las lumbares cargando fajos de periódicos, incluidos suplementos, dominicales y coleccionables, total para ganar cuatro euros. Ignasi desvía la mirada, como si algo hubiese llamado su atención. ¿Qué otra cosa puede hacer? Hace una panorámica en torno al chiringuito. Ve las mesas llenas de familias de bañistas, unas comiendo, otras esperando ser atendidos, ve ir y venir de camareros, que a cada paso que dan  sobre el inestable entarimado hacen tambalear las mesas y  las sangrías, los tintorros, las gasesosas, las claras, las cervezas y los chupitos se desbordan de sus vasos, como olas rompiendo en un espigón. Oye conversaciones, gritos, risas, olfatea olor a sardinas y a caldo de pescado.  Ante esa postal veraniega, Ignasi piensa que vacaciones, lo que se dice vacaciones, las auténticas, las que se saborean minuto a minuto, en el mecer de un hamaca, en el vaivén de un velero, bajo la sombra de una palmera tropical, en la comodidad de la habitación de un hotel con vistas panorámicas sobre una isla, esas vacaciones están reservadas a unos pocos privilegiados, algunos de los cuales, tampoco todos, puede que las tengan merecidas. Llega a la conclusión de que para la mayor parte de los ciudadanos que viven como mileuristas, las vacaciones son otra cosa.  Y se pregunta si a eso, a lo que está viendo a su alrededor y un poco más allá, en la arena de la playa, se le puede llamar holganza, asueto, ocio vacacional o dolce far niente. ¿Qué solaz hay en pasar una semanita en un apartamento de ochenta metros cuadrados en un pueblo de la costa que más que triplica su población en los meses estivales? ¿Acaso no es santa paciencia la de esos padres que consiguen clavar la sombrilla y estirar la toalla en un palmo de playa, como quien toma posesión de una tierra conquistada, pero que no consiguen tumbarse en ella porque han de estar pendientes de que sus hijos, los que todavía no saben nadar, no se vayan a aguas donde no hacen pie, o que, los que sí saben y se creen Michael Phelps,  se aficionen a tirarse de las rocas del espigón, actividad expresamente prohibida y convenientemente anunciada por los socorristas? ¿Y las madres? Que a ellas les cae, como siempre, toda la responsabilidad.  Para ellas, el estío acarrea carga extra de trabajo, primero la de seguir manunteniendo sin sobrepasar el presupuesto, luego, como por arte de magia, procurando diversión y caprichos para los suyos, y ya por último, cuando las dejan, sólo entonces tendrán para ellas un minuto de tumbarse en la arena, cerrar los ojos y sentir los rayos de sol en su blanca piel, que eso es gratis. Eso no es asueto, ni puede llamársele relajación. Bueno, sí. Una comida en el chiringuito caerá, para regalarse a precio de agosto, un día sin fregar platos en el apartamento alquilado en última línea de costa. Y será llevarse a la boca una paletada de arroz rascada del fondo de la paella que el niño ya está en la orilla  sin manguitos, flotador o chaleco salvavidas. !Mario, el niño! !Niño, que no sabes nadar! Y vosotros no pidáis helados de postre que hay sandía en el taperware. ¿Otra vez sandía, qué rollo? Pues buenos estamos. !Camarero, el carajillo que ya hace media hora! !Caballero, un minuto! !Hijo, bájate de esas rocas! Pero, papá que no pasa nada. Que no. Que me tiro. Está prohibido tirarse del espigón, truena la voz del socorriste por megafonía. Cago en dios, que te lo tengo dicho, brama el padre. Hija, que no te doy dinero para un helado, repite una vez más la madre. Morros, pone la niña. Eso multiplicado por las doce mesas que ocupan el chiringuito da como resultado el deseo de que las vacaciones se acaben cuanto antes y todo vuelva a esa bendita normalidad de los niños en el colegio y los padres en el trabajo, por más jodido que sea el trabajo. Ignasi siente unas ganas irrefrenables de salir corriendo de ahí. Pero no puede. Se da cuenta que una vez lanzada la pregunta, en vaya momento y lugar preguntar por las vacaciones, mal estaría languidecer, no mostrar interés a las respuestas y peor aún sería levantarse y dejar a sus amigos con la palabra en la boca. No hay escapatoria. Ignasi atiende a la conversación de Josep, que como él temía, ha derivado en una retahíla de lamentos en torno a las escaseces del verano. Pocos turistas, poco dinero, mal tiempo, montones de periódicos sin vender, la ruina, vamos. Esto no son vacaciones ni es nada, concluye el estanquero. Nada puede decir Ignasi ni a favor ni en contra. Faltaría más. Que él es un recién llegado, eso sí con cierto apego por ese pueblo. Un comprendo. Un el verano que viene será mejor. Un ánimo y una expresión solidaria es todo lo que puede hacer o decir. Pero no hace ni lo uno ni lo otro, porque, de pronto, arruga la nariz. Olfatea un olor dulzón e intenso. Y ve un hilo de humo que se eleva hacia el techo, y que parte de los dedos de su amigo Kimi. Ese olor, que  estimula sus terminales olfativas y por ende evoca tiempos pasados, ese olor, ese olor no puede ser más que el olor de la marihuana. ¿Una caladita? le ofrece su amigo Kimi. Ignasi duda. En su mente se proyecta la imagen de él a lo largo del día de mañana, cuando su familia llegue al pueblo para empezar las vacaciones. Y se ve a sí mismo clavando una sombrilla, estirando una toalla en un palmo de arena, vigilando a su hijo que lleve el chaleco, peleándose por una mesa en el chiringuito, consultando el saldo de la cuenta con su mujer y negándole un helado a su hija porque nos pasamos de presupuesto. Pero eso será mañana, piensa Ignacio. Venga esa caladita.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-8038302937220376122?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/8038302937220376122/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=8038302937220376122&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/8038302937220376122'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/8038302937220376122'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/08/el-chringuito-2.html' title='El chringuito (2)'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6811422120111018048</id><published>2010-08-10T12:10:00.003+02:00</published><updated>2010-08-10T12:10:16.051+02:00</updated><title type='text'>El chiringuito</title><content type='html'>El hombre salió del estanco con su periódico bajo el brazo, observado sin recato ni disimulo por los clientes que hacían cola para comprar su ejemplar de noticias veraniegas. Lleva expresión de asombro, más que de asombro, de perplejidad, no entiende, aunque la asume de buen grado ya que en parte él ha sido la causa, la hilaridad que reina en el establecimiento. !Qué gracioso el hombre! es lo último que escucha en boca de algún cliente. Da unos primeros pasos por la acera y en un gesto muy de veraneante que tiene toda una mañana de ocio por delante, abre el periódico por la primera página, lo cual no es muy recomendable, eso de andar leyendo, y más en una calle de pueblo tan estrecha como aquella, donde suele ocurrir que por la misma acera pero en sentido contrario viene otro transeúnte distraído en titulares y opiniones y el encontronazo es de foto en la sección de sucesos. Y es decirlo, y tal cual el hombre sintió la textura del papel en la cara, vio engrandecerse la tipografía de los encabezamientos y olió el olor de la tinta en sus narices. Volaron las páginas de internacional, las de nacional, las de opinión. Cayeron al suelo el cuadernillo de papel color salmón reservada a la magra economía y se esparcieron por la acera hasta casi alfombrarla las estimulantes páginas de deportes, cargadas esos días de medallas, copas y galardones inolvidables. Se agachó el hombre para reunir de nuevo su periódico. Lo mismo hizo el transeúnte. Se encontraron sus miradas a media altura, quedando ambos en esa posición forzada y antinatural en que un mal gesto puede punzar las lumbares y entonces maldices el día en que me encontré con ese tipo. Pero resultó que ese tipo era Kimi. ¡Coño, Kimi! !Hombre, tú por aquí! Y mientras van juntando hojas impresas sin orden, unas para arriba, otras para abajo, y abrazándolas contra su pecho para evitar que vuelvan al suelo, se dicen lo típico en estas situaciones de reencuentro. Que si cuantos años. Que si te veo muy bien. Y qué es de tu vida. Y es ahí donde el hombre. para evitar largas explicaciones, cargadas de desagravios y reproches, no al recién encontrado viejo amigo, si no a los fantasmas de su pasado, desvía la cuestión. ¿Por qué no comemos juntos?, propone. Hay tanto que contar, tanto que recordar que no es ese lugar adecuado.  A lo cual, Kimi, después de asegurarle que tampoco él tiene obligaciones ya que está de paso, sólo por unos días para saludar a la familia, accede con gusto y con la sugerencia, muy acorde al pueblo costero en el que están, de ir al chiringuito de la playa donde hacen una paella que no ha podido olvidar en todos esos años de distancia atlántica. Ea, pues. Al chiringuito se van los dos viejos amigos, sintiéndose uno ávido de noticias de los aconteceres que no ha podido vivir, deseando el otro un interlocutor en el que volcar sus pesares, sus desdichas y sus inquietudes.&lt;br /&gt; No tardó el vino blanco en correr generosamente de vaso en vaso. Dieron cuenta de la paella bajo la sombra del techo de láminas disimuladas por hojas de palmera que intentan sin gran éxito dar un toque exótico a tan prosaico establecimiento. Curiosa pareja formaban, ellos dos solos ocupando una mesa con capacidad para una familia de veinte miembros, incluyendo sus utensilios de playa. Los miraban los camareros para, sin decirlo muy a la brava, apremiarlos para que dejasen la mesa libre, que hay otros que desean probar la famosa paella. Habló primero Kimi, que era lo correcto, pues es él quien tiene que informar sobre su vida en la Patagonia, con el preámbulo, como es natural que así sea, de que se ha separado dos veces, las dos en España, que su hijo ya tiene veinte años y está en Londres estudiando y que tiene una nueva pareja, de la cual está muy enamorado. Y es mujer, aclara, sin venir a cuento ya que el hombre es de mentalidad liberal y no tiene nada en contra de las parejas de otra índole, aunque quizás lo ha querido dejar claro para evitar equívocos o sospechas. Hizo Kimi su informe, que resultó muy prometedor, rico en expresiones como estoy encantado, es una maravilla, no sabes lo que es levantarte y..., Se muestra tan efusivo y el vino blanco está tan fresquito que al hombre casi se le caen lágrimas de emoción. Y le propone al Kimi irse él también a la Patagonia. Pues vente. No puede ser, dice el hombre, acordándose de repente de su familia que vendrá al día siguiente. Suspiran los dos ante tan concluyente impedimento. Es el turno del hombre. Se acomoda en la silla, se aclara la garganta con un largo trago de vino blanco, se enjuaga las lágrimas y justo cuando encuentra el punto ideal donde empezar su relato, aparecen tres figuras en el chiringuito que le resultan familiares. Un hombre de unos cuarenta y cinco años, barrigón y canoso, un joven y una morenita. ¿Son los mismos? Duda en un primer momento. Los tres van en bañador. La morenita luce un tanga de derribo y no va en top less de milagro. Se cruzan las miradas y la mujer le deslumbra con su sonrisa. Entonces ya no tiene dudas. A pesar de ir tan brevemente ataviados son los que atendían el estanco. !Hombre, el de la suscripción platinium!, suelta el hombre en cuanto lo ve. Ahora sí que la liamos, amenaza al tiempo que se sienta en la mesa sin que nadie le haya invitado, le abraza y levanta la mano para llamar al camarero.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6811422120111018048?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6811422120111018048/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6811422120111018048&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6811422120111018048'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6811422120111018048'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/08/el-chiringuito.html' title='El chiringuito'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-1148729675469938350</id><published>2010-08-04T21:31:00.003+02:00</published><updated>2010-09-20T19:24:12.169+02:00</updated><title type='text'>Despertar</title><content type='html'>Tal como estaba previsto, mi mujer y mis hijos han llegado esta mañana. Lo cierto es que no me he enterado hasta que ella ha entrado en la habitación como un vendaval, y sin compasión ha levantado las persianas y ha abierto el balcón.&lt;br /&gt;–Pero, bueno, ¿qué haces durmiendo a estas horas?  –me dice. Ha sido horrible. Entre la luz cegadora y el tono de reproche de mi mujer, me ha parecido que me estaban dando con un mazo. Me he protegido la cabeza con la almohada, incapaz de articular una respuesta convincente. Pregunto la hora con voz de serrucho. Son las doce.&lt;br /&gt;–¿Y por qué hay tantas Vanguardias en la mesa? – me pregunta ahora.  Me revuelvo en las sábanas. Extiendo un brazo para pedir tiempo. No me veo capaz de emitir ni una palabra. Pero lo de las vanguardias me hace recobrar un poco la conciencia, lo suficiente para darme cuenta de que hay algo que no cuadra.&lt;br /&gt;–No has desecho las maletas. No has puesto la comida en la nevera...y está todo tan desordenado&lt;br /&gt;La voz de mi mujer me parece atronadora. Pasea alrededor de la cama. Lanza sobre el colchón su maleta. El impacto casi me levanta horizontalmente de la cama. Sus pasos son pequeños terremotos. Abre los armarios, los cajones, mira debajo de la cama. Es un caos sonoro insufrible.&lt;br /&gt;–Al menos podrías haber ido a comprar el pan.&lt;br /&gt;¿El pan? ¿No había ido yo ayer a comprar el pan? Tengo la cabeza hecha un lío. Intento recordar qué hice el día anterior. Fui al estanco, después a comprar pan... No, no recuerdo si compré pan o no. De hecho no recuerdo nada. !Ah, sí!!Eso sí! Fui al estanco a buscar  La Vanguardia. Me estremezco. ¿No es posible? ¿Habrá venido aquella morenita que resplandecía tras el mostrador a traérmela?&lt;br /&gt;–Pero, vamos a ver. ¿Tú cuando has llegado? –me pregunta. Y sin contemplaciones me arrebata la almohada. Me acurruco bajo las sábanas como un pobre animalito indefenso. Ella se sienta a mi lado, esperando respuestas que todavía soy incapaz de darle.&lt;br /&gt;–¿Tu no tenías que llegar hoy por la tarde? ¿No habías ido a un pueblecito del Pirineo? ¿Y el Balneario? ¿Y el camping?&lt;br /&gt;Gimo como si estuviese enfermo. Rebusco en mi memoria. Recuerdo que estuve en el camping, en el balneario y en aquel pueblecito del Pirineo. De regreso, tuve un percance con un camionero. Me prometí gastarme los doscientos cincuenta euros del retrovisor en una cena con mi mujer....!Ay, adiós cena! ¿Me gasté el dinero? Una Vanguardia no cuesta tanto. ¿Se lo digo o no se lo digo? ¿Y qué le digo? Me llevo las manos a la cabeza. Definitivamente,  no recuerdo nada del día anterior.&lt;br /&gt;–Pero Ignasi. ¿Qué coño has hecho?&lt;br /&gt;Como ve que no estoy para explicaciones se levanta, me tira la almohada a la cabeza y abandona la habitación.&lt;br /&gt;–Ya hablaremos de todo esto –me grita desde el pasillo. Y en ese momento, oigo la voz de mi hija Elisenda, desde el baño. &lt;br /&gt;–¿Quién se ha dejado la bañera llena? ¿De quién es este tanga? ¿Y este traje de baño gigante? !Ahg, qué asco!&lt;br /&gt;No sé por qué, pero mi primer impulso es ocultarme bajo las sábanas. Y, ya para acabar de dorarlo, descubro que llevo un traje de baño floreado, un tanga minúsculo que apenas cubre mis partes y que por detrás se incrusta entre mis nalgas con un estrecho hilo de tela. &lt;br /&gt;Mi mujer aparece de nuevo en la habitación. Sostiene en las manos una bandeja, con un vaso de zumo de naranja, una taza de café con leche y un platito con un croissant. ¿Ya se le ha pasado el cabreo?, pienso. &lt;br /&gt;–¿Tienes alguna explicación para esto? –me pregunta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-1148729675469938350?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/1148729675469938350/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=1148729675469938350&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1148729675469938350'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1148729675469938350'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/08/despertar.html' title='Despertar'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7807157693067377145</id><published>2010-08-03T11:18:00.002+02:00</published><updated>2010-08-03T11:24:37.031+02:00</updated><title type='text'>El estanco</title><content type='html'>Esta mañana, he llamado a mi editor. Ayer por la noche, en cuanto acabé de escribir el relato de la riada, se lo envié por mail y espero ansioso sus comentarios.&lt;br /&gt;–Buenísimo. Me ha encantado. Como siempre, con tu peculiar sentido del humor.&lt;br /&gt;–Qué alegría oír eso de ti. Aunque me extraña, porque este relato, de humor, más bien poco.&lt;br /&gt;– Pues me he reído un montón.&lt;br /&gt;–¿En qué momento?&lt;br /&gt;–Sí, hombre... ya sabes que todo lo que escribes me hace reír muchísimo. Tú sigue así, que pronto tendrás tu antología publicada.&lt;br /&gt;–¿Estás seguro de que lo has leído? Es que esta vez he querido ser dramático, con un toque metafórico, ya sabes.&lt;br /&gt;–Tú sigue así, Ignasi, sigue así.&lt;br /&gt;En fin, que no lo ha leído. Ni falta le hace. Mi editor tiene fe ciega en mí. Solo que cuando le pregunto sobre la publicación de mis relatos siempre me sale con lo mismo. Que si los relatos no se venden, que tengo que perseverar, que mire de hilvanar una novela, que escribo muy bien, etc, etc. Si no fuera por mi editor, no sé qué estaría haciendo. &lt;br /&gt;Después de la llamada, y teniendo todavía todo un día libre por delante, he decidido ir a reconocer el pueblo. Nada más salir a la calle, he comprobado que todo estaba en su sitio, que de riada nada. Me he dirigido al estanco. Antes de partir de vacaciones llamé a La Vanguardia para que me enviaran ahí el ejemplar que me corresponde por ser suscriptor.&lt;br /&gt;El estanco está tal cual lo recordaba de mis épocas de jovencito veraneante. Lo único que ha cambiado es que antes había una señora que atendía tras el mostrador y ahora quien atiende a la clientela son un chico joven, un hombre de unos cuarenta y cinco, de cabello canoso y prominente barriga, y una joven morena, con un escote de ahí te espero y una sonrisa ejemplar como La Vanguardia que quiero llevarme. No me atrevo a preguntar por la señora. Por si alguna riada se la ha llevado. &lt;br /&gt;–Hola, verás –le digo al hombre de cuarenta y cinco años, que suda copiosamente de tanto ajetreo que tiene – es que he solicitado que me entreguen La Vanguardia en este estanco. ¿Os ha llegado mi ejemplar?&lt;br /&gt;Me pregunta mi nombre. ¿Ignasi Raventós? El hombre mira una lista.¿De la familia del cava? Le digo que ojalá. Entonces nos entenderemos, me dice. Consulta de nuevo la lista. No sé qué tendrá en contra de tan memorable familia. Tampoco me atrevo a preguntar, por si acaso se remonta a épocas pasadas y resulta que hay disputas pendientes todavía. En un pueblo se sabe todo y no se olvida nada. Localiza mi nombre en la lista. Ahora, más serio, me pregunta si soy de la familia Raventós, aquellos que veraneaban, años ha, en el Paseo Marítimo. !Eh voila!, le digo. Buena gente, me dice. Respiro tranquilo. Me entrega mi ejemplar de La Vanguardia. Entonces, viendo que el hombre es locuaz y sus comentarios mordientes, decido poner a prueba mi especial sentido del humor que tanto gusta a mi editor.&lt;br /&gt;–Verás, es que estoy suscrito en la modalidad premium.&lt;br /&gt;–No me fastidies.&lt;br /&gt;–No es mi intención. Pero como suscriptor premium, tengo derecho a que se me lleve mi ejemplar de La Vanguardia a mi apartamento, junto con un zumo de naranja, un café con leche y un croissant recién hecho. !Ah, y a ser posible, que me lo lleve esta chica tan simpática –le digo señalándole a la joven morena.&lt;br /&gt;–Perdona, Raventós, pero esa es la modalidad platinum –me suelta mirando de soslayo a la morenita. Y acto seguido, tanto los que están detrás del mostrador como los que hacen cola para comprar el diario rompen en un estruendosa carcajada. Se tronchan de risa. Yo también me parto. La idea ha sido mía. Pero la salida del hombre me ha superado. La joven morenita me guiña un ojo y me muestra sus dientes blancos deslumbrantes. A lo mejor es cierto que me va a llevar el croissant al apartamento. Y si es cierto, tengo un problema. No creo que mañana por la mañana, cuando me despierte con mi mujer al lado, ella entienda lo de la modalidad platinum. Trato de enmendar la situación.&lt;br /&gt;–No, ahora me acuerdo que he pedido la modalidad básica –digo.&lt;br /&gt;Las risotadas de los presentes es ahora atronadora. Je, je, qué graciosos son ustedes, digo. &lt;br /&gt;–No lo sabes bien, Raventós, no lo sabes bien -me dice el hombre. &lt;br /&gt;Me he marcho del estanco con una agradable sensación. Me parece que en este pueblo me voy a inspirar un montón. Con La Vanguardia bajo el brazo, me voy a la panadería a por pan.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7807157693067377145?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7807157693067377145/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7807157693067377145&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7807157693067377145'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7807157693067377145'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/08/el-estanco.html' title='El estanco'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6373883872367632800</id><published>2010-07-30T17:12:00.004+02:00</published><updated>2010-08-02T13:32:50.763+02:00</updated><title type='text'>La riada</title><content type='html'>El destello de un relámpago en el cielo y apenas un segundo más tarde el retumbar del trueno llaman su atención. Este ha caído cerca, piensa. Levanta la vista, antes fija en la pantalla de su móvil. Unos negros nubarrones, provenientes de las montañas, empiezan a descargar unas primeras gotas. Más que gotas,  goterones. De esos que dejan manchas grandes como yemas de huevo en el suelo y que inequívocamente son preludio de tormenta veraniega. &lt;br /&gt;El hombre está asomado al balcón de su apartamento. Vuelve a lo que estaba haciendo. Busca en la agenda de su teléfono el número de su compañía de seguros. Ha tenido un extraño percance en su viaje de regreso y quiere solucionarlo lo antes posible. Un nuevo destello y el trueno inmediato, sin darle tiempo a contar ni un segundo. Los cristales retumban. Oye un clac proveniente del interior del apartamento. Sabe que se ha quedado sin luz. De momento no la necesita, es de día, más o menos las seis de la tarde.  El cielo se va oscureciendo poco a poco a medida que las nubes avanzan desde las montañas hacia la costa. Una ráfaga de aire desvía la caída vertical de un goterón. No llega al suelo, ni siquiera le moja a él. Cae justo en el teclado del móvil. Siente una descarga eléctrica en la mano que le obliga a desprenderse del aparato, en un acto reflejo imposible de controlar.El aparato cae, desde la altura de dos pisos y queda inerte en la calle, rodeado de las manchas negras que dejan otros goterones. Adiós móvil. Mierda. Joder. Me cago en todo.¿Y qué va a decir ante ese contratiempo? Un nuevo destello. La atronada es tan fuerte que casi siente que le vibra el pecho. No cierra el balcón, no se refugia en el interior del apartamento que acaba de ocupar. Ya está en la edad de no creer que un relámpago pueda entrar por la ventana, atraído por los enchufes, la antena del televisor o los metales de los electrodomésticos. Eso son historias del pasado. Ahora son tiempos en que hay pararrayos en todos los tejados de las casas y cualquier aparato o cualquier enchufe tiene su toma de tierra que, si se diera el poco probable caso de que el rayo sintiese una irresistible atracción por los cobrizos entramados que se tejen en una casa, servirían no para señalarle el camino, sino para conducirlo debidamente aislado y sin posibilidad de escapatoria hacia el corazón de la tierra, que ahí es donde deben ir a morir los rayos. El hombre mira hacia abajo. El cemento gris que recubre la riera que cruza el pueblo, en dirección al mar, está cada vez más moteado. Pronto ya no quedará ni un intersticio sin señal de goterón. !Qué coño pronto! Ya. Ahora lo que está viendo es una densa cortina de agua que se desploma del cielo con un afán casi bíblico. Algunos transeúntes cogidos por sorpresa se refugian bajo los portales. Otros, más previsores, abren paraguas y siguen con su curso. Unos cuantos coches se cruzan en ambas direcciones, saludándose con el vaibén de sus limpiaparabrisas. Vuelve a mirar al móvil con la esperanza de que quizás puede recuperarlo. Mierda, repite. El móvil se está desplazando, flota sobre un reguero de agua marronosa que circula por el centro de la riera. Ahora sí que adiós móvil. Con la pasta que le había costado. Se pregunta si lo tiene asegurado. No acaba de encontrar un respuesta, cuando un rumor llama su atención. Proviene de la parte alta de la riera del pueblo. A medida que pasan los segundos el rumor se hace cada vez más cercano. Y adquiere más volumen, no por la cercanía, sino porque crece en intensidad. Entonces, al reclinarse por la cintura sobre la barandilla y girar la vista hacia su derecha, la ve. Una enorme ola, encauzada entre los muros que delimitan la riera avanza con la fuerza de un sunamí. Arrastra todo lo que encuentra en su camino. Los coches aparcados salen despedidos de sus plazas, como si fuesen de excaletric, y luego emergen por detrás de la ola destrozados, retorcidos, atravesados por enormes ramas de árboles, troncos o cañas.Sin voluntad, se estrellan contra contenedores que también flotan a la deriva en ese torrente de agua marrón. El frente de la ola pasa justo por debajo de donde está él y desborda los muros de contención, a uno y otro lado,  alcanzando ya las aceras. Entiende que ahora está aislado. No puede salir de ahí. Supone que los muros son sólidos, aunque tiene sus dudas ya que, pese a que el apartamento parece moderno, no lo es tanto el edificio en el que está ubicado. El impacto de los coches empotrándose unos contra otros o contra los muros es espeluznante. Pero ahora, el agua, habiéndose llevado lo primero que ha encontrado, baja sin tanto objeto ni tanta materia. Parece una ondulante lengua que resbala por el cauce como un torrente. Entonces un punto en medio de esa lengua llama su atención. Avanza a la misma velocidad que el agua. Es una persona. Apenas asoma la cabeza. Está agarrada a algo. No ve que agite los brazos. Y a medida que se acerca distingue a una mujer mayor. !La panadera! Aquella mujer tan simpática que le vendía el pan cuando él era un joven quinceañero que pasaba los veranos en ese pueblo, junto a sus padres y sus hermanos. No puede ser, esa mujer se va a ahogar. La observa con expresión horrorizada. Agárrase a ese árbol. le grita desde el balcón. La mujer le oye y cuál es su sorpresa cuando ve que la mujer le saluda con una mano y una bondadosa sonrisa en la boca, mientras se aleja integrada en las aguas, como si fuese una burbuja o un corcho bamboleante. Y detrás de la mujer, aparece un hombre, que se agarra a un flotador de plástico, igual al que él usaba en la playa cuando todavía no sabia nadar. Joder, el mismo flotador con esa molesta cabeza de monstruo de lago Ness que le impedía mirar hacia adelante y que su madre le obligaba, sí o sí, a llevar en todo momento. Y también lo reconoce. Es aquel guardia urbano que una vez le puso una multa por llevar la moto a escape libre. También él le saluda con la mano y un expresión de ya nos entendemos o no me guardes rencor por la multa que era mi deber. Y detrás del hombre, girando sobre sí mismo, como si estuviese bañándose plácidamente en una piscina, flota un hombre joven, de unos veinticinco años. LLeva una larga melena oscura, empapada de agua y una cinta floreada en la frente. Pero lo más curioso es que con una mano sostiene sobre su cabeza un enorme radiocasete, de aquellos que hacían furor en los años setenta, y que de sus baffles se escucha el Take a walk on the wild side de Lou Reed. El hombre, con la otra mano le hace señales para que se acerque. No puede ser, es Manolo, el camello del pueblo, el que le vendía hachís en su época pasota. Adiós, Manolo, trata de no seguir por ese camino, que será tu perdición, le dice. Pero el Manolo ya no le mira. Con los ojos cerrados, baila, cual nadadora de natación sincronizada, la canción de Lou Reed. Y detrás del Manolo, ya como si fuese un desfile, van pasando hombres, mujeres. A todos conoce. Todos le saludan. Nadie parece luchar por salir de esa lengua marronosa que los mece y los transporta hacia la desembocadura de la riera. Parece que estén a gusto. Incluso le invitan a acompañarlos. Y entonces, oye un retumbar. Y mira hacia la parte alta de la riera. Y ve que a uno y otro lado los edificios se desploman como si estuviesen hechos de arena, en una sucesión imparable de fichas de dominó. Cae el ayuntamiento, donde tantas tardes había pasado en su biblioteca. Cae el mercado, donde iba a comprar las mañanas de verano con su madre. Cae el edificio de la farmacia. El estanco. El bar del pueblo. La tienda de flores. Y después de la tienda de flores, está el edificio vecino al suyo, que cae también. Y entonces siente que el suelo se mueve bajo sus pies. Que el embaldosado desaparece. Durante una micromilésima de segundo se siente suspendido en el aire. Un último relámpago ilumina lo poco que queda de mundo. Cae. Irremisiblemente cae en un agujero negro que de tan profundo que es, se convierte en un punto negro. Pequeño como este punto final.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6373883872367632800?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6373883872367632800/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6373883872367632800&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6373883872367632800'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6373883872367632800'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/07/la-riada.html' title='La riada'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-3862121243530793495</id><published>2010-07-29T03:04:00.002+02:00</published><updated>2010-07-29T03:08:07.571+02:00</updated><title type='text'>El retrovisor</title><content type='html'>El camión circula a unos ochenta kilómetros por hora. Lo tengo a unos ciento cincuenta metros por delante. Acelero. Puedo alcanzarlo. Circulamos por una larguísima recta, en una planicie de campos de cultivo. Línea discontinua. Visibilidad perfecta. Ningún coche en el carril contrario. Sobrepaso ya los noventa por hora. Lo tengo a cien metros. Acelero. Cien por hora. Cincuenta metros y le daré alcance. Miro a la derecha del camión. Más adelante veo una bifurcación en la recta. Me doy cuenta de que va a dar a una área de descanso. Perfecto, le obligaré a tomar ese carril. Aprieto a fondo el acelerador. El coche responde perfectamente. Veinte metros. Hago luces. Pongo el intermitente y le adelanto. Entonces me doy cuenta de que es un camión larguísimo, de dos remolques articulados. Carga enormes balas de trigo circulares, de esas que parecen milagrosamente enrolladas como enormes ensaimadas cilíndricas. Saco el brazo por la ventanilla y le señalo el carril a la derecha. Por el retrovisor interior veo que el conductor pone el intermitente para adelantarme. Joder, no se me va a escapar, pienso. Freno suavemente para obligarle a frenar a él también. Oigo el bocinazo atronador. Por el retrovisor, veo un brazo imprecándome a través de la ventanilla de la cabina, Me da igual. Ese no se me escapa. Me pongo en medio y sigo frenando. El hombre desiste en su empeño de escurrir sus responsabilidades. Veo que ahora me sigue. Tomo el desvío a la derecha. El me sigue. Detengo el coche y me apeo. El camión acaba de frenar con estrépito de hidráulicos. !Qué collons!, me impreca el hombre desde la ventanilla. Ni qué collons ni mierdas, ha estado usted a punto de matarme, le digo. El hombre lanza improperios que no entiendo. Me parece que quiere hacerse el despistado. Insisto. Oiga usted, ¿qué no se ha dado cuenta de que ha pasado rozando mi coche, que por apenas diez centímetros no se me lleva por delante? El hombre ya ha bajado de la cabina, Aprovecho para señalarle los cables arrancados de lo que había sido mi retrovisor. !Qué colllons, estaba aparcado sobre la acera!, reconoce al fin. Entiendo entonces que sí se ha dado cuenta de que el desperfecto lo ha ocasionado él. Ni que estuviera parado en medio de la carretera, usted se ha llevado mi retrovisor por delante y ya no digo que a punto ha estado de llevarse a mí también, insisto. El también insiste en que estaba mal aparcado. Es un hombre fornido, rudo, un hombre de campo, poco propenso a entrar en razonamientos. Voy directo al grano y le pido los papeles del seguro. Que collons de papeles, ahora mismo llamo a mi agente. Llame a usted a quien quiera, pero acabaremos antes si hacemos un parte amistoso. De nuevo, qué collons. El hombre sube a la cabina. Veo que coge el móvil. Entonces, en esa pausa y bajo el sol sofocante de esa infinita planicie, me doy cuenta realmente de que estoy vivo de milagro. Había parado en esa carretera, a su paso por un pueblo de casas alineadas a ambos lados, para hacer un descanso en mi apresurado viaje de regreso a casa. Al volver al coche, y antes de accionar la llave de contacto, oí como un crack seco y sentí una ligera sacudida en el coche. Levanté la vista y vi mi retrovisor rodando, hecho pedazos, por el asfalto. Y vi el camión. No me lo pensé dos veces. Arranqué y pise a fondo. Para ser sinceros, debo reconocer que en ese momento no estaba pensando en las graves consecuencias que hubiese padecido si el camión hubiese pasado diez centímetros más cerca. !Que va! Lo que me impulsó a emprender la persecución fue la idea de que había tenido un golpe de suerte. Me explico. Resulta que hacía un par de meses, aparcando en una calle de Barcelona, me cargué el retrovisor al empotrarlo contra el poste de una señal que no vi. Durante dos meses circulé con el espejo fragmentado, como una tela de araña que reflejaba una versión cubista de lo que dejaba detrás. Me acuerdo que en esa época me gustaba filmar en vídeo paisajes a través del retrovisor. Hice tres o cuatro vídeos en mis viajes por el Pirineo. Puestas de sol, acantilados, montañas verdes, prados con vaquitas y ovejas que se alejaban en el sentido contrario de la marcha, al ritmo de músicas apropiadas al montaje. Muy bonitos. En fín, que andaba yo sin retrovisor desde hacía varios meses y no encontraba el momento de gastarme los doscientos cincuenta euros que costaba. Y mira por donde que ese camión, ese hombretón enfurruñado representaba para mí un ahorro de pasta inesperado. Así que fui a por él.&lt;br /&gt;!Que collons! Que mi agente, dice que de papeles nada. El hombre se me planta. O me dice su nombre y su número de teléfono o llamo ahora mismo a los Mossos, le digo con tanta convicción que el hombre se amilana. Me escribe su nombre y su número de móvil en un papel. Ande, no sea así, dígame su compañía de seguros y hagamos que ellas se entiendan. Que no, que nada de seguros, qué collons. El hombre cierra la puerta y arranca. Antes de que el enorme camión articulado se aleje, apunto la matrícula en el papel. Con eso tengo suficiente. Sé que con llamar a mi compañía y darles el nombre, la matrícula y el lugar de los hechos, ellos se encargarán de todo. Y ahí en medio de esa desolación, a treinta y siete grados al sol, respiro aliviado. Los doscientos cincuenta euros serán para darnos un merecido homenaje con mi mujer, en forma de cena romántica en el pueblo costero donde hemos alquilado una apartamento.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-3862121243530793495?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/3862121243530793495/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=3862121243530793495&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/3862121243530793495'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/3862121243530793495'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/07/el-retrovisor.html' title='El retrovisor'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6204355653869405706</id><published>2010-07-28T12:02:00.003+02:00</published><updated>2010-07-29T11:54:16.709+02:00</updated><title type='text'>¿Qué hace un tipo como yo en un lugar como este?</title><content type='html'>El Hostal se erige sobre un saliente rocoso, en lo más alto del pueblo de Iran, si es que a ese conjunto de tres casas, un par de graneros, una pequeña iglesia gótica restaurada y una calle se le puede llamar pueblo. Iran está ubicado en una empinada ladera, a casi mil trescientos metros de altitud, en la vertiente de levante del Valle de Boi, en la comarca de la Alta Ribagorça. El Hostal se llama Casa Joanot y por lo que veo al llegar, esto es, ausencia de coches, ausencia de niños correteando por ahí, ausencia de ancianas analizando a los huéspedes, el lugar promete. Ya sólo me quedan un par de días de los cuatro que negocié con mi mujer. Cuatro días de libertad y tranquilidad para mí, ganados a pulso con mi dedicación a la casa y a los niños. Lástima que haya desperdiciado los dos primeros en destinos equivocados. &lt;br /&gt;Al Hostal se accede por unas escaleras de piedra que suben desde la calle principal. Cargo con mi maleta y con la bolsa del ordenador. Subo el primer tramo. A mi derecha se abre un pequeño mirador, en una abertura de la roca. Una barandilla de hierro sirve de apoyo a unas cuantas bicicletas de montaña. Desde ahí, la vista es impresionante. Se ve la estrecha  carretera zigzagueando por la ladera. Abajo, el valle de la Noguera de Tor y enfrente el Coll de Seserras, detrás del cual, a lo lejos, se recortan las más altas cumbres del Pirineo de Lleída. &lt;br /&gt;Entro en el Hostal. La puerta de acceso da al comedor. Todas las mesas están llenas. A primer golpe de vista, me da la sensación de que estoy en un punto de avituallamiento del Tour de Francia. Todos los comensales visten de ciclistas, con coloridos mallots estampados con todo clase de marcas comerciales. Hablan animadamente entre ellos. Hacen bromas y comen con voracidad. Sale a recibirme una joven sonriente. Sostiene un par de abundantes platos de macarrones con setas. Carreretas, una especialidad de la zona, según me dice más tarde. Me doy cuenta de que soy el único huésped que no viste de ciclista y que por eso todos se han girado para observarme. ¿De dónde ha salido ese?, se habrá preguntado más de uno. La chica me acompaña a una mesa, al fondo de la sala, junto a un ventanal con vistas al valle. No hay mucho para elegir. Ensalada, macarrones, y ternasco de ternera de la región. Me es más que suficiente. Es un menú muy calórico, me dice. Muy apropiado para los muchos ciclistas que recalan en el Hostal, en la ruta de la llamada Pedals de Foc. Por la cara que pongo, la joven entiende que no tengo ni idea de lo que es Pedals de Foc. Un ciclista, en la mesa contigua, se gira para observarme. La chica me explica que es una travesía en bicicleta de montaña alrededor del Parque Nacional de Aigües Tortes. Parte de Vielha, rodea todo el parque a través de varios valles y sierras y vuelve a la capital de la Vall d'Aran. Más de doscientos kilómetros. Seis mil metros de desnivel positivo acumulado. Joder, exclamo. Hay que estar en forma para tal empeño, le digo. Solo con pensar en subir en bicicleta la carretera por donde he llegado ya me tiemblan las piernas. El ciclista de la mesa contigua se gira hacia mí. Me dice que eso no es nada, que lo peor está por venir. El Coll del Triador, por ejemplo. Y al decir ese nombre, sus compañeros se suman a la conversación. Yo la hice el año pasado, dice uno. ¿Y es muy duro?, le pregunta otro. Sacan mapas, gráficos de perfiles. !Ay, lo que nos espera! Son doce quilómetros de ascensión. Más de mil metros de desnivel. El año pasado lo hice en dos horas. ¿Qué desarrollo llevas? ¿Plato pequeño y piñón grande? Le acribillan a preguntas. Y el ciclista se siente a sus anchas. A estas alturas, ya se han olvidado de mí. Las carreretas están sabrosísimas. El ternasco, también tiene su mérito. Justo cuando la chica me trae los postres, todos los comensales se levantan de golpe, como si estuviesen sincronizados o hubiese sonado un timbre de reanudación de la etapa. La joven camarera se despide efusivamente de cada uno. Se ve que es una chica competente y que con su simpatía conseguirá que más de uno vuelva a Casa Joanot. &lt;br /&gt;Me quedo solo en el comedor. La joven se ocupa en despejar las mesas. Hasta el día siguiente, con la llegada de otro grupo, ya no hay nada más que hacer, me dice. Una vida tranquila, le digo. Demasiado, me dice. Entiendo que para una joven de su edad, vivir en un pueblo como ese debe resultar insufrible. Y entonces me pregunto qué estoy haciendo ahí. Me doy cuenta de que, por más tranquilo que sea el hostal, por más que parece el lugar ideal en el que poder repasar la sinopsis de mi novela, no voy a poder cumplir con mis propósitos. No estoy preparado para tanta paz. No me imagino sentado en una mesa del porche exterior, con horas por delante para pensar y escribir. De hecho, esa no es mi forma de trabajar. Necesito sentir la constante presencia de mi hijo. Necesito oír papi aquello, papi lo otro. Me encanta cuando, a mitad de frase, me gira la cabeza, empujándome la barbilla con su manita para conseguir que aparte la vista del ordenador y me fije en una gracieta del Bob Espenja, en la tele. Hecho de menos a mi hija y sus necesidades de adolescente, o sea, dinero para comprarse ropa y saldo en el móvil para llamar a las amigas. Hecho de menos las órdenes de mi mujer, que nunca me da tiempo a acabar un párrafo, y que me impele a bajar a por leche antes de que cierre la tienda. Hecho de menos el tono de llamada de mi madre, el de mis hermanos, incluso el de la suegra. ¿Cómo se me ha ocurrido dejarme el móvil? ¿Qué pretendía? ¿Cortar con todo e inventarme a alguien que en realidad no soy? ¿Qué coño he perdido en una camping? ¿A quién se le ocurre ir a un balneario a enfrentarse con su hipocondría? De repente, el silencio me oprime los oídos. Pido la cuenta a la chica. ¿A qué hora quiere la cena?, me pregunta cuando me la trae. Cuando le digo que no me voy a quedar a cenar ni a dormir, que me tengo que ir, así de repente, que me he olvidado algo, ella parece comprenderme y no pregunta nada. Cuando abandono el hostal, ella está en la puerta observándome. Parece que ella tampoco está ahí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6204355653869405706?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6204355653869405706/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6204355653869405706&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6204355653869405706'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6204355653869405706'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/07/que-hace-un-tipo-como-yo-en-un-lugar.html' title='¿Qué hace un tipo como yo en un lugar como este?'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6388351702479239246</id><published>2010-07-27T17:36:00.002+02:00</published><updated>2010-07-27T17:36:16.611+02:00</updated><title type='text'>Eso es nada</title><content type='html'>Después de varios días en el camping, me he trasladado a un destino más tranquilo. Con varios meses de antelación, porque ya se sabe que la demanda de tranquilidad se incrementa a medida que se acercan las vacaciones, había reservado una habitación en un afamado balneario de Caldes de Montbuy. Por fin, una cama como dios manda, bajo un techo como dios manda. Por fin, podré pasear sin tener que saludar constantemente a las familias acampadas frente a sus caravanas, sus mesas de camping y sus humeantes barbacoas. Se acabó el barullo a las siete de la mañana, las tertulias inacabables al raso en plena madrugada  o la televisión del vecino encendida a todas horas. Lo del camping, nunca más. Ahora tengo por delante dos días de baños, masajes, calditos e infusiones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más llegar, me han dado un albornoz blanco que me sienta de maravilla. Enfundado en él, como un aristócrata del diecinueve, me he presentado en el mostrador del balneario con la intención de pedir hora para un jacuzzi. No soy el único que espera a ser atendido. Y como he visto que tanto empleados como clientes se lo toman con tranquilidad, me he sentado en un sillón. Dos señoras a mi lado, de esas que parecen doctoradas en balnearios, hablan sosegadamente. "La Martínez, la pobre, sufre de artritis", dice una refiriéndose a la anciana que ahora es atendida por la enfermera del mostrador. Por lo que cuentan, me entero de que la mujer sufre dolores en las articulaciones, sobre todo en las manos, un dolor horrible,  pero que desde que le aplican duchas a presión se la ve  mejorada, sólo hay que verla por la noche, que la mujer ya es capaz de coger la cuchara sin derramar la sopa. "Eso es nada", le responde su compañera. Pues peor lo tiene la señora Amparo. La señora Amparo es una mujerona bien surtida en carnes que con dificultades y valiéndose de un bastón es la siguiente en ser atendida en el mostrador. Mírala la pobre. El cordón del albornoz apenas llega a rodearla. Debe tener problemas renales, augura una de las mujeres. La pobre se harta de beber botellas de agua de todo tipo. Eso es nada, vuelve a sentenciar la otra. La señora Amparo, ayudada por un fornido enfermero desaparece tras la puerta que conduce a los baños. Veo entonces que la atención de las dos expertas se dirige ahora a un hombre sesentón y de aspecto frágil. Don Aurelio, con su flebitis. Dicen que por excesos del tabaco. Eso es nada. Y a Don Aurelio, le sigue Candela y luego el señor Tomás. Y esas dos mujeres, con ojos de rayos x, parecen conocer el historial médico de todo el balneario. Pero ninguno les parece lo suficientemente grave o digno de su compadecimiento ¿Será que ellas padecen alguna enfermedad peor?  Cuando ha llegado mi turno, no me he atrevido a levantarme. No vaya a ser que me pregunten y no sepa qué contestarles, porque la verdad es que no estoy aquejado, a dios gracias, por ninguna dolencia. Y si les digo que lo mío es estrés vacacional, pues me van a soltar que eso es nada y tendré la sensación de que estoy ahí de turista o de que estoy ocupando tiempo de remedios que ellas necesitan más que yo.  Les he cedido el turno y me he ido a mi habitación. Me he sacado el albornoz y me he dado una ducha con una agua que olía a huevos podridos. Luego he hecho la maleta, dispuesto a huir de ahí, no vaya a ser que se me declare algún mal y no esté a la altura de esas mujeres.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6388351702479239246?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6388351702479239246/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6388351702479239246&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6388351702479239246'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6388351702479239246'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/07/eso-es-nada.html' title='Eso es nada'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6397867259747880101</id><published>2010-07-26T20:54:00.004+02:00</published><updated>2010-07-27T09:13:34.081+02:00</updated><title type='text'>La flecha extravíada</title><content type='html'>Esta tarde se ha armado un revuelo en el camping. Los de la parcela veinticuatro, los de la caravana con toldo y tienda adosada para los hijos, los Carmona, creo que se llaman, han aparecido en el bar alarmados, la mujer clamando a la providencia. !Ay mi Carlitos, ay mi Carlitos, que por cincuenta centímetros, está vivo de milagro! La partida de dominó ha quedado interrumpida y nos hemos quedado a la espera de que la Carmona, la Montse, nos aclarara lo de los cincuenta centímetros. &lt;br /&gt;Y la mujer ha empezado por donde más duele. O sea, atacando. Y he podido ver que su mirada y sus desagravios se dirigían a la Pepi, la mujer del Santiago López, de la parcela doce, y madre del Juanito, íntimo del Carlitos. Y las dos mujeres, que ya se las tenían por cuestiones pasadas que desconozco pero que son sabidas por el resto de la comunidad campista, se han enzarzado en una agria discusión que no ha acabado con tirones de cabello o arañazos porque el Julio, desde la barra, ha conseguido poner paz. Y una vez establecida la concordia, con la Montse abanicando su sofoco en un rincón y la Pepi mirando hacia otro lado, hemos podido continuar la partida. Pero, claro, me he quedado con las ganas. No he tenido que preguntar nada, Entre ficha y ficha me he enterado de lo ocurrido. Resulta que al lado del camping hay un descampado donde los chavales van a jugar cada tarde. Nada de que alarmarse, hasta el momento. Es un lugar seguro, sin accidentes del terreno que puedan suponer un riesgo. No hay pozos donde ahogarse ni acantilados por donde despeñarse. En realidad, no entiendo qué le ven los chicos a ese lugar. Supongo que deben ser las ganas de escapar de la excesiva tutela familiar que se propicia en un camping. Sea como sea, ahí estaban, cuando de repente ha aparecido el Juanito con un arco y una aljaba con media docena de flechas en su interior. "¿A quién se le ocurre comprar al chaval un arco de este tamaño, con flechas como las de verdad? ", le había recriminado la Montse a la Pepi, la madre del Juanito. Y claro, la Pepi le respondió de malas maneras. De ahí, para adelante. Pero sigamos con el motivo del litigio. Pues, eso, que ya se sabe como son los chavales. Que seguramente el Juanito quiso presumir de puntería, aun estando advertido por la Pepi, su madre, de que nada de apuntar a las personas, tú apunta a los árboles y flojito, ¿vale?, vale. Y así debió empezar la cosa, con un pobre árbol sufriendo en sus cortezas las puntas de esas flechas. Y luego, lo típico. Déjame probar a mí. Vale, pero apunta al árbol. Y ahora me toca a mí. Y así, debieron continuar, pasándose el arco y las flechas unos a otros. Uno disparando y los otros desclavando las flechas del tronco o yendo a buscar las erradas unos cuantos metros más allá, en un ir de flechas y venir de chavales cada vez más rápido, frenético y confuso. Pero ahí no ha estado el problema, que los chavales, aun siendo despistados y temerarios por naturaleza, no se han cruzado en el itinerario de una flecha, ni viceversa. El problema ha empezado cuando se han cansado de ir a buscar flechas. Entonces, el Carlitos, que es muy imaginativo, ha propuesto el no va más. !A ver quien la lanza más alto!. Y el Juanito, más brutote y sintiéndose con el derecho, por propiedad, de ser el primero en lanzar, ha cogido el arco, ha armado una flecha, ha levantado el brazo y ha puesto todo su empeño y sus jóvenes fuerzas en tensar el arco. Así no me lo han contado, pero no es difícil imaginar la escena. Total que la flecha ha salido disparada como un cohete hacia el cielo. Y tan fuerte ha salido que a los pocos segundos de vuelo, los chavales la han perdido de vista. Y como los chavales están en la edad de tener su lógica, han concluído que tarde o temprano a esa flecha se le tiene que acabar el empuje, que girará sobre sí misma y emprenderá el camino de regreso a la tierra. ¿Y dónde va a caer esa flecha? !Dispersaros!, debió gritar uno de ellos. El caos. Cada uno por su lado, buscando cobijo. El más afortunado, o el de piernas más rápidas, seguramente pudo llegar al pobre árbol, que a esas alturas, debería estar encogiendo las ramas para no ser blanco fácil de la extraviada flecha, que dos segundos más tarde, con cimbreante sonido, se clavaba en el suelo a escasos cincuenta centímetros del Carlitos. !Ay mi madre!, debió decir el Juanito, acordándose de las explícitas instrucciones que le había dado la Pepi, su madre. Y viendo que la cosa podía haber sido mucho más grave, con su amigo Carlistos ensartado por una flecha extraviada, como si le hubiesen clavado una banderilla en el lomo, el juego acabó ahí. No más flechas al cielo. Todos para casa y ni media palabra. ¿Qué cómo se enteró la Montse? Pues que el chaval llegó a casa pálido y demudado, todo temblor él y no me quedó más remedio que estirarle de la lengua y después de amenazarle sin conexión a internet, el Carlitos, que es bueno y sincero, acabó contado lo ocurrido. ¿Y es que a quién se le ocurre? !Qué te calles, arpía! !Desalmada, mala madre, inconsciente. Señoras, haya paz en el camping.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6397867259747880101?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6397867259747880101/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6397867259747880101&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6397867259747880101'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6397867259747880101'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/07/la-flecha-extraviada.html' title='La flecha extravíada'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7232868966167442557</id><published>2010-07-21T22:01:00.003+02:00</published><updated>2010-07-23T12:14:56.981+02:00</updated><title type='text'>Por si acaso</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Diga.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Tomas? !Ay Dios! Tomas. ¿Eres tú?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–No, no soy Tomas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Tomas, ¿estás ahí!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Señora, que no...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–!Ay Tomas, que alegría! Lo sabía. Esto tenía que ocurrir.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Señora, que no, que su Tomás...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–No te oigo bien, cariño. Debe haber interferencias. ¿Me oyes tú bien?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Sí, la escucho bien. Pero no...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–!Ay Tomas! no te muevas, ahora vendrán tus hijos a sacarte de ahí.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Señora que no...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Te pierdo... No debe haber cobertura...&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Vamos a ver. ¿Me oye usted bien?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Ahora te oigo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Que le digo que no soy quien usted piensa. Además, ¿usted cree que este es un sitio al que llamar?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–No te oigo... Se pierde.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Señora, ¿sabe usted el lío que ha armado?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Que dices, Tomas, que no te escucho bien?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Le digo que se ha pasado. ¿A quien se le ocurre...?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Qué te ocurre Tomas? Tranquilo, respira tranquilo, que poco aire te debe quedar, no hagas esfuerzos, ahora mismo llamo a los Mossos...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Que no, señora. A su Tomas no le ocurre nada y los Mossos ya están aquí.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Oiga, ¿con quién hablo?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Con Julian, el encargado de esto.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿No estoy llamando al móvil de mi marido?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Sí. Su marido lleva un móvil encima, pero yo no soy su marido.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Pues entonces dígale que se ponga.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Me temo que no es posible.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Este no es el 60721282?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Y yo que sé, señora.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Quiere hacer el favor de hablar más alto. Espere que se pone mi hija, es que estoy medio sorda.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Hola. ¿Con quien hablo?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Aquí Julian, el encargado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Julian qué?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–!Ay Dios! Eso no importa, ahora.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Oiga que mi madre está alteradísima. ¿Le están haciendo una broma pesada?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–!Oiga, que no! Que quien ha llamado es ella. No se imagina lo alterados que estamos nosotros aquí.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Alterados? ¿Me puede decir que está ocurriendo?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Pues no es fácil de explicar ¿sabe?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Espera, mamá. Que no, que no es papá. Por dios, ¿te quieres callar? Dígame. Diga. Diga.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Pues eso, señora. Que esta mañana he oído un ruido raro...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Un ruido raro?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Sí, como un pitido...que se repetía.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Quién es usted? ¿Desde dónde llama?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Que soy Julian y estoy en el cementerio del Noroeste.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–No me joda. Hace dos días que estuvimos ahí.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Lo que le digo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Y para qué llama a mi madre? Que bastante disgusto tiene.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Le repito que quien ha llamado es ella.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Ande, no me joda.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Con perdón señora, pero no le permito que me falte al respeto, que bastante estamos pasando.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–No entiendo nada&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Pues debería estar usted aquí para verlo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Ahora mismo lo tengo fatal.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Entonces escúcheme y no me interrumpa. Por dios.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Bueno, no se ponga así. Le escucho.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–El caso es que esta mañana iba yo a retirar un andamio y al empezar a desmontarlo he oído algo, como un pitido, piip, piip, piip, sonaba, y he acercado el oído y me he dicho, dios, aquí ocurre algo. No sabe el susto que me he llevado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Un pitido? ¿Dónde?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Joder, en el nicho número 324, de la calle C.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–No puede ser.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Lo que le digo. A nombre de Tomás González Sidra. Ya no me acuerdo de las fechas, porque hemos retirado la lápida.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Que han retirado la lápida de mi padre? Pero si no hace dos días que lo enterramos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Lo que le digo. No había otra cosa que hacer. Cuestión de procedimiento. Ante la menor duda, hay que seguir un protocolo. Y como ese pitido no paraba de sonar, tuve que proceder. Y no es que quiera bromear con algo tan serio como esto, pero era tan insistente y amenazador que pensé que o ahí dentro había una bomba con temporizador o el finado no había acabado de palmar y nos estaba enviando una señal mediante algún artilugio de urgencia, que vete a saber lo que hoy en día ofrecen las funerarias. Ya sabe, que estas cosas pueden ocurrir. Tanto lo de la bomba, como los avances tecnológicos llevados al extremo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Pero ¿qué está diciendo? Mi padre está muerto y bien muerto. Tengo aquí el certificado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Sí, de eso no hay duda, ahora que hemos exhumado el cadáver.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Qué han exhumado el cadáver? ¿Por qué?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Pues eso. Para asegurarnos que su padre descansa en paz y/o no representa ninguna amenaza para este tranquilo cementerio. Así lo especifica el procedimiento.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Quiere dejarse de formulismos?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Que no nos quedó más remedio que romper la lápida, sacar el féretro y abrirlo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Y?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Le juro que su padre está tal como lo depositaron. Y después de una rápida y eficiente inspección, los artificieros de los Mossos han certificado que no se trata de un cadáver-bomba.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Mi padre, un terrorista-suicida-post mortem? Lo dudo.Con lo bueno que era.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Seguro, mujer. Pero entienda que ese pitido seguía sonando y tuvimos que proceder. Esta vez, sin protocolos, pues no hay nada escrito ni nada reglamentado sobre un caso como el que nos ocupa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Siga usted.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Pues que hemos tenido que cachear a su padre.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Y?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Que en el bolsillo del pantalón llevaba un móvil.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–No me joda.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Lo que le digo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Mamá, ¿pusiste tú un móvil en el cadáver de papá?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;....&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Cómo que por si acaso? Si Papá está muerto. !No, los médicos no se equivocan en estas cosas! ¿Cómo que querías estar segura? ¿Como que le llamas por si las moscas? Mamá, por dios! Julian, cuelgue. Yo me ocupo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Y qué hago con el móvil?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Yo que sé. Desconéctelo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7232868966167442557?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7232868966167442557/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7232868966167442557&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7232868966167442557'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7232868966167442557'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/07/por-si-acaso.html' title='Por si acaso'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-4629357888598755518</id><published>2010-07-15T09:13:00.000+02:00</published><updated>2010-07-15T09:13:09.067+02:00</updated><title type='text'>Esto no quedará así</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;A Julia Massip se le ocurrió una estúpida idea. Redactar una declaración de paternidad, colarla en la carpeta de firmas y esperar que Luis Fornells, su jefe, el nuevo y flamante presidente de la Patronal, la firmase sin leer, porque conociéndole como lo conocía, sabía que Luis Fornells nunca leía los documentos que firmaba.!Qué idea más estúpida! Para empezar, ¿qué pondría? Yo Luis Fornells, flamante y recién nombrado presidente de la patronal de empresarios de Barcelona, a fecha de quince de mayo de mil novecientos ochenta, reconozco mediante este documento, que he firmado sin leer, que después de un consejo de administración y varias copas de cava catalán me tiré a mi secretaria, Julia Massip, aquí presente, que la dejé embarazada y que la criatura que lleva en su vientre no puede ser de nadie más que del abajo firmante. Me comprometo a reconocer mi paternidad, dar a la criatura mi noble apellido y proporcionarle todos los recursos para que crezca sano, bien alimentado, estudie en las mejores escuelas de Barcelona y disfrute de los mismos privilegios que mi hijo legítimo David Fornells Lamarca, a todos los efectos, su hermano. Firme aquí, señor Fornells. Pero qué guapa estás hoy Julia. ¿Y qué es lo que tengo que firmar? Nada, cosas sin importancia. Su nombramiento. Bien. La convocatoria de la junta. Bien. Las cuentas anuales. Mejorables. Y !ah! esta sencillita declaración de paternidad. ¿Declaración de qué?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;No funcionaría. Y mientras preparaba los documentos y los introducía en el portafirmas, Julia Massip pensó en medidas más drásticas. Llevaba en su vientre a un hijo de Luis Fornells. Vale, había sido un desliz que ella permitió porque después de tantos años de ser su secretaria se había creado una intimidad a base de buen entendimiento, compenetración, en el buen sentido de la palabra, y esas pequeñas y elegantes insinuaciones muy al estilo de Luis Fornells. El hombre cuando quería era simpático y agradable. Sobre todo con las mujeres. Era joven, riquísimo y lástima que estuviese casado con aquella mujer estirada de buena familia catalana, Matilde Lamarca, que vete a saber qué clase de vida llevaba, cuánta silicona ocultaba en su cuerpo y a quién se tiraba. Y ella estaba sola y de muy buen ver según le confirmaba el espejo cada mañana. Y aborrecía a los ejecutivos de medio pelo que también se la insinuaban de forma más prosaica. Y una no es de piedra y este mundo de directivos tiene su glamour y el señor Fornells, Luis, para los íntimos colaboradores, también estaba de muy buen ver y formaban un buen equipo. Pero no por eso voy a dejar sin apellido al hijo que llevo en mi vientre. No pretendo que mi jefe se divorcie. No pretendo ser su amante. A saber cuántas tiene, el muy cabrón. Sólo quiero que apechugue con las consecuencias de sus actos. Así, que señor Fornells, o mejor Luis, o reconoces ahora tu paternidad o tendrás que chupar un palito con un algodón un día de estos y dejar una muestra de tu adn, por mandato judicial. Tú mismo. Entonces el interfono sonó y no necesitó contestar porque sabía qué significaba. Cogió la carpeta portafirmas, la pluma de las firmas, activó el salvapantallas de su ordenador y entró en el despacho con la firme e inquebrantable intención de hacerle saber a su jefe que ya que había mojado, se tenía que mojar.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Siéntate, Julia, querida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;¿Y las firmas? Nunca antes le había pedido que se sentase. Por lo general, Julia rodeaba la mesa, se situaba a su lado, se acercaba tanto como el buen humor o la predisposición de Luis Fornells le permitían. A veces, le rozaba con la cadera. Otras, en verano, se agachaba sobre el escritorio para regalarle la vista con sus escotes de desmayo. Pero hoy no. Hoy tenía que sentarse frente al imponente escritorio, poner cara de secretaria seria y eficiente y esperar cualquier cosa&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Vamos a dejar las firmas para luego. Tengo que hablar contigo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Estaba serio, incómodo, como investido de una autoridad de recién estrenado nuevo cargo. Ese no era el Luis Fornells con quien tanto se compenetraba. Estás despedida. Y va y se lo suelta así, a lo bestia. Dos palabras y silencio. Ni una explicación, ni un lo siento, ni tan solo el discursito de tantos años trabajando juntos y no sabes lo difícil que es comunicarte que me has puesto en un aprieto y ahora no puedo apechugar con las consecuencias de nuestro polvo. No, indudablemente no era ese el motivo, porque todavía no sabía que llevaba un hijo suyo en el vientre y si lo supiese se guardaría mucho de aducirlo, no fuese el caso que le saliese el tiro por la culata y fuese ella quien le denunciase ante magistratura o en la comisaria de la esquina por acoso sexual en el trabajo.!Qué cojones! El tipo estaba con una crisis de conciencia. Miró la pared detrás de su jefe. Vio los trofeos. Entre las cabezas de secretarias, ejecutivas, abogadas y asesoras que habían pasado por la sala de juntas y luego despedidas, había un espacio libre para la suya. ¿Ah sí? Pues te vas a joder. Estoy embarazada. De mí no será. Pues será que sí. Eso está por ver. Lo veremos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Pero las cosas no fueron así. Julia se quedó helada. Apretó contra su pecho la carpeta portafirmas, sin la declaración de paternidad, apretó los labios para evitar que de su boca saliera alguna palabra a destiempo o fuera de lugar, apretó las piernas para evitar que la criatura que llevaba dentro saliera prematuramente para darle una manta de hostias al padre que se desentendía de él, antes incluso de verle la cara. Hasta que entendió que no había vuelta de hoja y que si quería resarcirse por todos esos años de trabajo, soportando insinuaciones, intimidades y acoso hasta las más profundas consecuencias, si quería sacar algo de provecho de todo eso, lo mejor era retirarse y preparar una estrategia con mente fría. Se levantó, dejó la carpeta portafirmas y la pluma sobre la mesa y abandonó el despacho sin decir ni una palabra.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-4629357888598755518?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/4629357888598755518/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=4629357888598755518&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4629357888598755518'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4629357888598755518'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/07/esto-no-quedara-asi.html' title='Esto no quedará así'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-4082522496479817133</id><published>2010-05-29T22:57:00.002+02:00</published><updated>2010-05-29T23:19:58.208+02:00</updated><title type='text'>Números en rojo</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Los bancos, en rojo. Las eléctricas, en rojo. Las punto com, en rojo. En números rojos los valores de constructoras, inmobiliarias, aseguradoras, financieras, industriales, comunicaciones. La pantalla de su dispositivo móvil ardía de cifras en rojo. Y no era un rojo cualquiera.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;De entre todos los matices de rojo, Luther Van Glithher estaba viendo el peor rojo posible. Un rojo que rayaba un morado negruzco, pastoso, mortecino, como de sangre que corre por las venas ya de vuelta, agotado el oxígeno que transporta.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Esperó unos minutos a que el hígado, el corazón o los pulmones del sistema regeneraran ese rojo. Pero, atónito, vio que no había signos de que eso fuese a ocurrir.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;A Luther Van Glither se le pusieron los pelos de punta. Y para colmo, su coche oficial había sufrido un pinchazo. Su chófer y su guardaespaldas se afanaban con el gato y la rueda de recambio. Pero su limuosina era mucha limuosina. Quiere decir esto que estaba blindada y que la maldita pesaba demasiado para ser levantada por el gato que equipaba y que correspondía al modelo estandar, por lo que no estaba preparada para levantar los tropecientos kilos de acero añadido. O sea, que el chófer y el guardaespaldas se estaban dejando los riñones. Y para mayor complicación, su mujer, su portentosa mujer, estaba sentada precisamente en el lado de la rueda pinchada y no parecía tener intención de salir del coche. Y los números en su dispositivo presentaban cada vez un morado más mortecino, como si el mundo se fuese a ahogar en segundos. Nada que ver con el rojo intenso, pero vivo, de los rostros de sus dos fornidos asistentes personales. Y se supone que Luther Van Glither,&amp;nbsp; director de todos los bancos europeos, esto es, presidente del Banco Central europeo, dependiente del Fondo Monetario Internacional y en directa competencia con el Fondo de Reserva norteamericano, debería estar pensando en llamar a unos y a otros para insuflar un poco de tranquilidad al sistema. Pero no era eso en lo que Luther Van Glither estaba pensando en ese momento. Para ser más precisos, no estaba pensado en nada. El honorable, el respetadísimo por todos, maestro de maestros, tenía la vista clavada en el brillo de las gotas de agua que resbalaban por la piel morena de un rubicunda quinceañera en bikini que se estaba aliviando de la canícula veraniega en una fuente a apenas cincuenta metros de su coche oficial . “Qué estás mirando querido”, le preguntó su mujer. “Números, querida, todo el día estoy mirando números”. Mira que llegas a ser soso, querido. Y Luther Van Glither miró a su mujer con desprecio, con asco verdadero y auténtico. Se apeó de la limousina. Buscó en su dispositivo la canción de Money de Pink Floyd, una reliquia de su juventud. Se puso los auriculares y salió disparado hacia la fuente. “Money, Money, get away” le cantó a la quinceañera mientras la salpicaba con brazos y piernas enfundados en su carísimo traje. Y la chica le ofreció sus senos para que se los empapara. Y le mostró su culo. O eso se imaginó. O cosas peores. El hecho es que se lo pasó muy bien. Pero como dicen que lo bueno si breve dos veces bueno y que uno consigue lo que se propone, pues resultó lo segundo, es decir que chófer y guardaespaldas consiguieron cambiar la rueda y todo volvió a la normalidad. Luther Van Glither no había visto a esa chica, ni mucho menos había chapoteado con ella en la fuente. Su mujer seguía siendo tan portentosa como siempre. Y sus responsabilidades, sus inmensas responsabilidades, de las cuales dependían millones de personas, quizás también esa chica que despreocupadamente se refrescaba en la fuente, le obligaban a cumplir con su deber. Marcó en un número en su dispositivo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Hay que bajar medio punto los tipos de interés –ordenó.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Diez minutos más tarde, a punto de llegar a su despacho oficial, los números verdes volvían a aparecer en su dispositivo. Su traje chorreaba.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-4082522496479817133?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/4082522496479817133/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=4082522496479817133&amp;isPopup=true' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4082522496479817133'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4082522496479817133'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/05/numeros-en-rojo.html' title='Números en rojo'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6787212632409529846</id><published>2010-05-13T11:18:00.002+02:00</published><updated>2010-05-13T11:58:31.445+02:00</updated><title type='text'>Cambios en mi blog</title><content type='html'>&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: arial, sans-serif;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; white-space: pre-wrap;"&gt;Queridos lectores:&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; font-family: arial, sans-serif; white-space: pre-wrap;"&gt;Habréis observado que ya no pongo los relatos enteros en mi blog. Me sabe muy mal. No lo hago porque considere que mis relatos tengan calidad suficiente como para ser protegidos, o esperando que a quien les guste se vaya corriendo a comprarlos. Lo hago por mantener vivo el gusto por una lectura de calidad, algo que no ofrece un blog. Además pienso que sI la gente quiere leer, tiene que hacer un pequeño esfuerzo y en la medida de lo posible aliente al escritor con algo más que comentarios y halagos. Por eso he decidido, recopilar mis relatos en webs como bubock o librovirtual.org, para que quien realmente esté interesado pueda leerlos de forma más cómoda y al mismo tiempo contribuir a que el autor se sienta de alguna forma recompensado. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; font-family: arial, sans-serif; white-space: pre-wrap;"&gt;Habrás observado también que ya no aparecen relatos con la frecuencia de antes. No es que mi producción haya disminuído. Todo lo contrario. Estoy inmerso, por fin, en mi primera novela, que me exige, de momento, toda mi concentración. Eso sí, cuando la inspiración me traiga alguna historia corta, la escribiré y os lo haré saber.  Gracias por leerme&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; font-family: arial, sans-serif; font-size: 13px; white-space: pre-wrap;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6787212632409529846?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6787212632409529846/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6787212632409529846&amp;isPopup=true' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6787212632409529846'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6787212632409529846'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/05/cambio-en-mi-blog.html' title='Cambios en mi blog'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-1570803929675399711</id><published>2010-04-22T21:46:00.004+02:00</published><updated>2010-05-06T19:31:36.169+02:00</updated><title type='text'>Lo que sabe un peluquero de hombres sobre las mujeres</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Joder, qué aspecto tengo, !dios! –se asusta Oriol en cuanto se sienta en el sillón y se observa en el espejo de la peluquería.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Y eso? –le pregunta Julián, el peluquero, con familiaridad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Estoy Jodido, Julian, bien jodido. La arpía de mi mujer va a acabar conmigo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;Así empieza uno de mis nuevos relatos. Puedes encontrarlo aquí:&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;&lt;a href="http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios"&gt;http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-1570803929675399711?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/1570803929675399711/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=1570803929675399711&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1570803929675399711'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1570803929675399711'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/04/lo-sabe-un-peluquero-de-hombres-sobre.html' title='Lo que sabe un peluquero de hombres sobre las mujeres'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-661312858774718183</id><published>2010-04-16T21:23:00.007+02:00</published><updated>2010-05-06T19:32:14.748+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Día del Libro'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Sant Jordi'/><title type='text'>Sant Jordi, el libro y la rosa</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Soy escritor y me he enamorado de mi editora. Se llama Alicia, pero no sé de qué color tiene los ojos, ni si es rubia o morena, alta o baja, delgada o gruesa. Sólo sé que escribe con arial black del cuerpo 10 y color rojo, y que lo hace bastante bien.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;Así empieza uno de mis nuevos relatos. Puedes encontrarlo aquí:&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;&lt;a href="http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios"&gt;http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-661312858774718183?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/661312858774718183/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=661312858774718183&amp;isPopup=true' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/661312858774718183'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/661312858774718183'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/04/amor-por-sant-jordi.html' title='Sant Jordi, el libro y la rosa'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-2507808328227280057</id><published>2010-04-12T22:56:00.003+02:00</published><updated>2010-05-06T19:32:45.916+02:00</updated><title type='text'>El despertar</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Poco a poco, empecé a despertar. Apenas un hilito de conciencia, suficiente para notar la sensación de estar flotando sobre una duna de arena que, suspendida en el espacio, giraba suavemente sobre sí misma. Era como formar parte de una masa de planetarias proporciones que viajaba ingrávida por la galaxia, se hacía cada vez más grande, adoptaba formas caprichosas y se expandía como una pompa de jabón.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;Así empieza uno de mis nuevos relatos. Puedes encontrarlo aquí:&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;&lt;a href="http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios"&gt;http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-2507808328227280057?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/2507808328227280057/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=2507808328227280057&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/2507808328227280057'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/2507808328227280057'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/04/el-despertar.html' title='El despertar'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6384928694143114123</id><published>2010-03-15T16:20:00.003+01:00</published><updated>2010-05-06T19:34:25.791+02:00</updated><title type='text'>Aquel seísmo</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;El silencio era tan devastador como el escenario que tenía delante.&amp;nbsp; Roy no escuchaba el rugir de las excavadoras que avanzaban penosamente por aquella montaña de escombros. No oía el ulular de las sirenas de los coches de bomberos, ambulancias y policía. No atendía las órdenes del jefe de grupo que todavía no sabía a dónde dirigir a sus hombres. No oía los ladridos de Salva, que le pedía que lo liberase de su correa para ir a cumplir con su cometido. Roy sólo escuchaba el silencio. Un silencio que le anunciaba que en ese lugar, el tiempo se había detenido. Ese silencio que él tan bien conocía.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px; white-space: normal;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;Así empieza uno de mis nuevos relatos. Puedes encontrarlo aquí:&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;&lt;a href="http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios"&gt;http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6384928694143114123?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6384928694143114123/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6384928694143114123&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6384928694143114123'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6384928694143114123'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/03/seismo-en-la-urbanizacion.html' title='Aquel seísmo'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-9149060464228470715</id><published>2010-03-01T19:38:00.004+01:00</published><updated>2010-05-06T19:34:51.891+02:00</updated><title type='text'>La raya</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Carlos paseó la vista entre los afligidos. !Pobre Luis! Entre su mujer, su anciano padre, primos, tíos y allegados, no había más de una veintena de personas. Luis no había sido muy popular, pensó. Pero más vale pocos y bien avenidos que una masa de gente interesada, de esas que van a los entierros a hacer negocios o señalarse las arrugas y las alopecias. Luis tenía un entierro en la intimidad. Era lo que hubiese querido.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;Así empieza uno de mis nuevos relatos. Puedes encontrarlo aquí:&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;&lt;a href="http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios"&gt;http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Helvetica; font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-9149060464228470715?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/9149060464228470715/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=9149060464228470715&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/9149060464228470715'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/9149060464228470715'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/03/la-ralla.html' title='La raya'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7195372169426736465</id><published>2010-02-03T20:24:00.005+01:00</published><updated>2010-05-06T19:35:44.664+02:00</updated><title type='text'>Monologo por prescripción facultativa</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Permitidme que me presente. Me llamo Mario, soy gigolo heterosexual y estoy vivo de milagro. Ayer tuve un ataque de corazón que a punto estuvo de acabar conmigo y con mi lucrativa carrera.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;Así empieza uno de mis nuevos relatos. Puedes encontrarlo aquí:&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; white-space: pre;"&gt;&lt;i&gt;&lt;a href="http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios"&gt;http://www.bubok.es/libro/detalles/172542/Relatos-aleatorios&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: 12px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7195372169426736465?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7195372169426736465/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7195372169426736465&amp;isPopup=true' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7195372169426736465'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7195372169426736465'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2010/02/monologo-por-prescripcion-facultativa.html' title='Monologo por prescripción facultativa'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7415025757683384603</id><published>2009-12-18T23:45:00.001+01:00</published><updated>2009-12-19T00:17:54.574+01:00</updated><title type='text'>Its a Christmas day, Antonio.</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Había sido una noche fría del carajo. Afortunadamente, Antonio había conseguido pasarla sin necesidad de acudir al albergue municipal y sin que le robasen su carrito de supermercado. Eran las siete de la mañana y acababan de abrir el bar Jaizquivel, el único del barrio donde le invitaban a un reconfortante café con leche y una pasta que le permitía afrontar las primeras horas del día con unas pocas calorías. No sabía si tan magnánimo gesto era iniciativa del dueño o de sus camareros. A quien fuese, gracias. Lo cierto y milagroso era que ahora estaba sentado en un taburete, en un discreto lugar de la barra, calentando sus ateridos dedos con una taza. Luego, ya se vería. Al levantar la vista por encima de su inseparable bufanda, vio que los cristales que daban a la calle estaban pintados de nieve de spray, que los estantes de las botellas estaba adornados con borlas, cintas doradas y bolas de espejo. Todo anunciaba que era Navidad . ¿Navidad ya? Si, claro, tenía su lógica: esa decoración aparecida de un día para otro y ese puntual frío significaba que la Navidad se le caía encima ¿Cómo no había reparado en eso?&amp;nbsp; Y para acabar de recordárselo, en el televisor de plasma que había en el fondo del local proyectaban un videoclip musical en el que unos músicos disfrazados de Papá Noël&amp;nbsp; cantaban una canción en un entorno de fábricas abandonadas. Más que los derruidos muros o las chimeneas faltas de negro humo, le llamó la atención la voz del cantante. Una voz masculina desgarrada, implorante pero autoritaria, entonaba cada nota con un sentimiento que le conmovía. El no sabía ingles, pero no hacía falta saber mucho para entender que el estribillo decía “its a Christmas day”. Y Christmas significaba Navidad, lo mismo que la nieve en los cristales y las borlas, las bolas y las cintas en las estanterías de ese amable bar. La canción le tenía atrapado. Se escuchaba un piano, un acordeón, unos violines, unos coros femeninos que acompañaban la voz del cantante. Y una maravillosa flauta rematando cada final de estrofa que le ponía los pelos de punta. Antonio hubiese dicho que más que un villancico, esa canción era un canto solidario con todos los pobres del mundo. Con su cafecito con leche entre las manos, no tenía otro sitio que mirar, no tenía más que escuchar. Y por curiosidad, vio los subtítulos del videoclip, donde ponía The Pogues, arriba y “Fairyle of Newyork” abajo. Antonio no sabía suficiente inglés ni tampoco entendía de grupos de música. Pero esa canción, esa canción se le quedaría pegada al oído durante todo el resto del día.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Y salió del bar agradecido y cantando “its a Christmas day”. Recorrió todas las calles del ensanche cantando ese estribillo, mientras abría uno a uno todos los contenedores de basura. Encontró cables de cobre, montones de cartones, encontró algún que otro aparato electrónico, papel a raudales, garrafas de agua, prendas de vestir. Al caer la noche, ya casi tenía su carrito lleno. Sólo le faltaba la visita al supermercado del barrio. Era la hora del cierre y sacaban los sobrantes de comida sin vender. Compitiendo con otros como él, pudo hacerse con algunas verduras, conservas y frutas. Y algo muy apropiado que cayó en sus manos porque Dios lo quiso: una tableta de turrón que tenía una tara en el envoltorio. “Its a Christmas Day”. Canturreando esa canción volvió a su barrio. Se instaló en el portal de siempre. Y esperó. Esperó a que, como cada noche apareciese su amigo Julio, con su inseparable barra con gancho y su bicicleta con remolque. Esperó a su tocayo Antonito, con su desvencijado carrito de la compra de tres ruedas. Esperó a la Pepa, con sus maletas que acarreaba con fuerza descomunal. Y todos ellos y otros a quienes no conocía llegaron, hurgaron en el contenedor y se llevaron lo que les interesó, lo que Antonio había dejado. Y a cada uno de ellos, les invitó a una porción de turrón. Y cuando se sintió cansado, solo y aterido de frío aparcó su carrito al lado del contenedor. Luego abrió la tapa y se introdujo dentro.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7415025757683384603?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7415025757683384603/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7415025757683384603&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7415025757683384603'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7415025757683384603'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/12/its-christmas-day-antonio.html' title='Its a Christmas day, Antonio.'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-3386931333498865047</id><published>2009-12-16T13:13:00.008+01:00</published><updated>2009-12-16T23:27:41.317+01:00</updated><title type='text'>El verano de Juan Malumbres (1)</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Hay verdades que no hace falta que sean dichas. Uno, tarde o temprano, acaba enfrentándose a ellas. Juan Malumbres, sin que nadie se hubiese atrevido a decírselo a la cara, supo que por ahí se comentaba que había perdido un tornillo.&amp;nbsp; Le hubiese bastado con mirar objetivamente la cara de sus amigos, de sus vecinos, de su mujer o de sus hijos para darse cuenta de lo que pensaban: al bueno de Juanillo, al amado padre de sus hijos, al fiel marido se le habían cruzado los cables. Pero Juan Malumbres no podía darse por enterado. Como mucho, y porque uno no es ciego, pudo intuir en algún momento esa opinión generalizada. Pero, aún aceptándolo como un rumor sin fundamentos, él era el cuerdo y los equivocados eran ellos. O simplemente se divertían a su costa. Porque tirar de la palabra tornillos para decir que se había vuelto loco resultaba jocoso y poco original, casi como un chiste inspirado en su profesión. Tornillos, tornillos de los de verdad , no es que le faltasen, es que le sobraban. Juan Malumbres los fabricaba por millones en su fábrica. Y tuercas, arandelas, clavos, pernos, clavijas, bisagras y otras muchas piezas metálicas que se encuentran en una ferretería. Siguiendo el juego a esos deslenguados que se recreaban con su oficio, él también podría decir que les apretaría las clavijas, les daría una vuelta de tuerca o les clavaría un clavo si seguían burlándose de sus decisiones. ¿Qué era eso de que había perdido un tornillo?&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Todo empezó cuando decidió construir una casa para pasar con su familia los veranos y los fines de semana. Una “torreta” en la costa, según dijo a su mujer y a sus hijos; un refugio donde sentirse recompensado tras tantos años de trabajo y esfuerzo, según se dijo a sí mismo. Pero no fue por querer construir una casa que empezaron a poner en duda sus facultades. Muy al contrario, su mujer, sus dos hijos y su suegra acogieron la idea con mucho entusiasmo. Sus amigos y vecinos se alegraron por él. Y él, antes de liarse la manta a la cabeza, se lo pensó mucho.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;No se consideraba a sí mismo como un hombre propenso a tomar decisiones precipitadas, y menos una de ese calibre. Más bien, pecaba de lo contrario. Como buen empresario las meditaba concienzudamente y siempre actuaba con sentido común y buen juicio. Con ese proceder, y también a base de fuerza de voluntad, entrega y empeño, había logrado convertir un pequeño taller donde empezó como aprendiz de forjador en Industrias Metalúrgicas Malumbres, una empresa que figuraba destacada en el ranking de la industria catalana. De hacer tornillos a mano pasó a tener hornos, moldeadoras, cortadoras, fresadoras. Toda una batería de enormes máquinas capaces de fabricar más de trescientos tornillos por minuto, a un ritmo frenético de golpeteos mecánicos y bufidos de vapor a presión que no cesaba ni un minuto. Trabajaban para él una cuarentena de empleados repartidos en tres turnos, las veinticuatro horas del día.&amp;nbsp; Los camiones entraban y salían los siete días de la semana. Sus productos se vendían por el mundo entero. ¿Cómo no iba Juan Malumbres a considerarse merecedor de una casa de veraneo? ¿Cuánto costaba construirla?&amp;nbsp; Minucias. Además, una casa era un valor seguro, que siempre podría recuperar con jugosas plusvalías, si las cosas fuesen mal dadas, aunque le costaba imaginar que eso pudiese ocurrir. ¿Un mundo sin tornillos? Imposible. Él tenía trabajo para toda su vida y la vida sus hijos y la de sus nietos. Sus máquinas nunca dejarían de fabricar tornillos. Visto y analizado desde todas las perspectivas, no había ningún motivo para no construir la casa de sus sueños. Los Malumbres merecían pasar sus vacaciones entre muros sólidos, en vez de en esa vieja caravana que tenían en un camping de Castelldefels. ¿Tornillos? Gracias a Dios, los tenía todos en su sitio y bien apretados.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Los comentarios, las sospechas y las caras de extrañeza empezaron cuando después de comunicar su decisión de construir la casa, anunció el lugar que había escogido para edificarla: una lujosa urbanización de ricos en el Maresme. Nadie se atrevió a llevarle la contraria, nadie puso una objeción. El único, su amigo Tomás, vecino en el camping, que con sinceridad y afecto le dijo que se le echaría de menos en Castelldefels Y él, al principio, interpretó esos silencios y esas caras inexpresivas como una aceptación, y sintiéndose satisfecho y apoyado, construyó su casa de veraneo. No fue necesario que nadie se lo confirmarse, pero al cabo de un tiempo, cuando la casa estuvo acabada y ellos a punto de pasar su primer verano, Juan Malumbres tuvo que aceptar que, en efecto, algún tornillo se le perdió en el camino.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Fue un templado sábado de junio, pocos días antes de la verbena de San Juan, cuando la familia Malumbres pudo por fin estrenar la casa. A falta del jardín,ya estaba preparada para acogerlos. Sus hijos habían acabado sus clases y su mujer y su suegra ya estaban deseando conocerla. Temprano por la mañana, cargaron el coche de maletas y cajas y salieron de Montigalá, donde vivían en un piso de alquiler. Al volante de su coche, Juan observaba por el retrovisor como las calles y los edificios del barrio se empequeñecían. No era su propósito abandonar el lugar donde llevaban viviendo tantos años. Sólo serían tres meses de ausencia. Aún así, sentía como una especie de extraña nostalgia, como si aquel viaje fuera el inicio de una etapa hacia un destino más acorde a su condición de esforzado y currante industrial. Sin haber salido todavía del barrio, recordó sus primeros años en Montigalá. El barrio, situado en la zona alta de Badalona, a pies de la Serrelada del Litoral, había surgido en los años del boom inmobiliario y sus nuevos edificios fueron construidos con la urgencia y premura que demandaba la oleada de inmigración que tuvo lugar en esos años. Juan Malumbres, entonces recién casado con Merche, se instaló ahí sintiéndose un inmigrante más, pero de segunda generación. Él procedía del barrio de Bellvitge de L’Hospitalet, donde había nacido en el seno de una familia murciana, llegada a Barcelona en los años cuarenta. Se sentía medio catalán y medio murciano, la primera mitad por haber nacido en Catalunya y la segunda por tener sus raíces en el Levante. Juan siempre decía que los únicos catalanes de verdad eran sus hijos, que hablaban, leían y escribían catalán en la escuela, aunque en casa se comunicasen en castellano, sin que entendiesen todavía los motivos de su bilingüismo. Ese era su barrio. Y en él había formado una familia con su mujer Merche. Habían tenido a dos preciosos catalanitos que eran su orgullo y había prosperado con el sudor de su frente, que de eso a raudales, porque tuvo que sudar mucho vigilando días a día, mes a mes, año tras año, cómo la máquina escupía tornillos sin parar. Para Juan Malumbres todo eso era natural. Lo que un hombre tenía que hacer por su bien y el de los suyos. Y bien empleado estaba el esfuerzo, si sirve de provecho. ¿O no? Sus pensamientos nostálgicos fueron disminuyendo a medida que se alejaban del barrio. Dejando ya de mirar por el retrovisor, Juan condujo su monovolumen Renault Space con la vista fija en los carriles de la autopista del Maresme. Mirando hacia adelante, empezó a sentirse ilusionado y expectante, convencido de que su mujer, sus dos hijos y su suegra se quedarían pasmados cuando viesen la casa acabada. Ese pasmados, no significaba que hubiese construido la casa sin tener en cuenta los gustos y necesidades de su familia. No se trataba de eso. Se trataba de que alguien tenía que tomar las decisiones. Someter al consenso familiar desde los primeros planos del proyecto hasta el color de las paredes hubiese supuesto una gran complicación en la obra. Y había que “anar per feina”, como a él le gustaba decir, convencido de que el resultado no les defraudaría. Y en efecto, en cuanto llegaron y bajaron del coche, los “Ohs” de su mujer, los saltitos y grititos de alegría de su hija mayor, los “qué guay”, del pequeño, el “¿y todo esto es para nosotros?” de su suegra le satisficieron. Aquella casa a cuatro vientos rodeada de terreno, de sólidos muros de piedra y amplios ventanales con unas privilegiadas vistas del Maresme, significaba para él la realización de un sueño: su residencia de verano en la urbanización Bellaire, una de las más exclusivas de Llavaneras, por no decir de todo el litoral catalán. A sus cuarenta y cinco años, se sentía un hombre feliz y realizado. El momento era importante. Merecía ser inmortalizado.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-3386931333498865047?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/3386931333498865047/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=3386931333498865047&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/3386931333498865047'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/3386931333498865047'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/12/el-verano-de-juan-malumbres-1.html' title='El verano de Juan Malumbres (1)'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6448787663865128808</id><published>2009-12-16T12:36:00.000+01:00</published><updated>2009-12-16T12:36:37.942+01:00</updated><title type='text'>La fuerza de la fe</title><content type='html'>&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', verdana, sans-serif; font-size: 13px; line-height: 22px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Aquella mañana, la plaza mayor de Chañaral amaneció ocupada por cientos de sillas de madera perfectamente alineadas en varias filas, encaradas a una pantalla de vídeo gigante. Entre ese mar de sillas, se veía al Padre Carmona con un ir y venir apresurado &amp;nbsp;poco frecuente en él. Corría más que andaba. Daba vueltas, se frotaba las manos, miraba a uno y otro lado, se ajustaba su gastado alzacuellos. Ahora estaba contando sillas, ahora apremiando a los técnicos de la pantalla de vídeo, ahora saludando a los pocos periodistas acreditados; dos minutos más tarde estaba asegurándose que no faltasen bebidas para los congregados y acto seguido mirando el cielo y rogando a Dios que esos nubarrones que despuntaban por las montañas no desluciesen un día tan especial.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Aquel día, un veintitrés de abril, a miles de kilómetros de distancia, con la Cordillera de los Andes y todo un océano por medio, se estaba eligiendo un nuevo Papa. Y entre los papables estaba el cardenal chileno Ferrero, hijo predilecto de la comuna de Chañaral. Un hombre de Chile que representaba a más de setecientos millones de católicos latinoamericanos. africanos y asiáticos. El defensor del mundo pobre. Un pastor del pueblo que, de ser elegido, haría llegar la voz del tercer mundo al resto de la cristiandad. De eso estaba convencido el Padre Carmona, que había tenido ocasión de oficiar con el papable en varias misas de alto postín y conocía bien sus buenas obras.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;El domingo anterior, el padre Carmona había exhortado a sus feligreses para que acudiesen a presenciar el cónclave en la gran pantalla, y a rezar por la designación de su eminencia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;– Id a vuestras vuestras aldeas, a vuestras casas y animad a vuestros amigos y vecinos. Nuestro querido cardenal necesita el apoyo del pueblo. Chañaral será el centro del catolicismo y aquí tenemos que estar todos– les dijo en la homilía.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;El padre Carmona consultó su reloj y una vez más repasó las hileras de sillas. Todas tan bien alineadas como los bancos de su pequeña iglesia. Estaban vacías, de momento. Pero ya se llenarían. Se dirigió al lado izquierdo de la pantalla. Sobre un caballete, un gran retrato del cardenal Ferrero. Le pareció que estaba un poco bajo y ajustó la altura del soporte. Luego se giró y observó la amplia plaza engalanada. Se secó el sudor. Ya no había nada más que hacer. Tan sólo esperar la llegada de sus feligreses. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Un técnico de vídeo se le acercó para pedirle permiso para poner en marcha la pantalla y preguntarle qué canal quería ver. Por supuesto, el Canal Nuevo Tiempo, le dijo y fue a sentarse en una silla de una fila intermedia para asegurarse que se veía bien. Al tomar asiento se le aflojaron los músculos y se le distendió el ánimo. Suspiró. En la Capilla Sixtina, junto a la gran basílica de San Pedro en el Vaticano, el cónclave ya había empezado. La jornada sería larga y dios quisiese que gloriosa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;En el canal Nuevo Tiempo, estaban retransmitiendo una tertulia sobre el cónclave. En una ventanita sobreimpresionada en la esquina superior, se veía un gran plano general de la Plaza de San Pedro. Ahí estaba el cardenal Ferrero haciendo valer su santidad, pensó y le envió una bendición. Las intervenciones de los tertulianos centraron su atención. Estaban hablando sobre el perfil de uno de los papables. Un italiano de setenta y dos años. El que más opciones tenía para llevarse el anillo del pescador, a entender de la mayoría. Uno de los tertulianos destacó su defensa de la liturgia como medio para recuperar a la Europa laica y cada vez más atea que amenazaba al catolicismo. Restaurar un sentimiento de identidad católica, fuerte, musculoso. Era lo que se proponía el cardenal. Intervinieron otros tertulianos y entre aportaciones, discrepancias y comparaciones, el Padre Carmona se durmió.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Soñó que una columna de humo salía de la pequeña chimenea que coronaba el techo de la capilla Sixtina. !Fumata blanca! Veía cómo los pórticos del balcón más iluminado de la cristiandad se abrían de par en par con gran estruendo de pirotecnia y efectos sonoros especiales y tras ellos aparecía el nuevo Papa. !El italiano! Y vio cómo el nuevo representante de Dios sobre la tierra bendecía a la multitud congregada en la plaza. Y como luego señalaba hacia la cúpula de San Pedro y decía: mallaviraos católicos del mundo entero, la fe católica nunca será tan fuerte. Y acto seguido la cúpula de la basílica se abría en segmentos como los pétalos de una flor y de su interior emergía entre una nube de humo blanco un misil balístico intercontinental cargado con una ojiva nuclear.&amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;El rugido de una multitud despertó al Padre Carmona. Miró a su alrededor. La plaza de Chañaral estaba llena a rebosar. !Habían venido todos!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;– ¿Fumata blanca? – le preguntó al feligrés que tenía sentado al lado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;– Déjese padre, que ha sido un golazo.&amp;nbsp;Gol, gol, gol, aullaban todos. En la gran pantalla de vídeo, un delantero corría por la banda del campo de fútbol agitando los brazos&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6448787663865128808?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6448787663865128808/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6448787663865128808&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6448787663865128808'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6448787663865128808'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/12/la-fuerza-de-la-fe.html' title='La fuerza de la fe'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-6799911693684152408</id><published>2009-12-09T13:13:00.003+01:00</published><updated>2009-12-09T13:21:52.932+01:00</updated><title type='text'>El soldado</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Ya lo habían matado tres veces. Y por tercera vez,&amp;nbsp; Alf volvió a resucitar. Apareció en el mismo escenario de guerra y destrucción. A su alrededor, refulgían los disparos de fusiles de asalto, ametralladoras, escopetas y pistolas. Atronaban las explosiones de las granadas. Por encima de su cabeza, rugían los motores de los helicópteros de combate y de tanto en tanto, el estampido de una caza rompía la barrera de sonido, dejando caer a su paso una mortal carga sobre objetivos señalados por láser, entre ellos él. Agazapado bajo un voladizo de un edificio, soportó el temblor de la tierra al caer un misil a varios metros de él. Un poco más cerca, y vuelta a empezar, pensó. Aturdido, hizo inventario de las armas que disponía. Un fúsil M19, como arma principal. Una pistola Vereta, al cinto. Dos granadas de fragmentación. Maldita sea, se dijo. Podía estar en ese momento leyendo un libro, o bajándose una película, una de esas comedias románticas que tanto le gustaban. O mil cosas más, que no le faltaban tareas en las que ocuparse. Pero no. Tenía que estar ahí, salvando el culo de los disparos enemigos y tratando de sobrevivir a base de matar antes de ser muerto. !Eso era una guerra! ¿Y qué se espera de una guerra? No disponía de una bandera blanca que agitar. Ahí sobraban las palabras. Incluso el intercomunicador con el que podía comunicarse con sus compañeros de batallón permanecía mudo. Ni compañerismo había en esa batalla. Podía esperarse de sus colegas que le avisasen. “Detrás tuyo, a la izquierda, atención helicópteros enemigos a las diez”. Cualquier ayuda sería bienvenida. Pero tampoco. Cada cual hacía su guerra. Cada cual buscaba su gloria, sus condecoraciones, sus ascensos. No le quedaba otra que ponerse a la tarea de matar, sin esperar ayuda de nadie. Tenía su visor térmico que le permitía localizar a los enemigos. Aparecían en la pantalla, sobre su fusil, como puntitos rojos. Localizó a uno, relativamente cerca de su posición. Salió de su refugio. Pero al dar el primer paso, una granada aturdidora le dejó ciego. Sin ver, y sabiendo que después de la granada recibiría un tiro mortal, saltó. No supo bien en qué dirección. Esperaba recibir el tiro de gracia, pero no pasó nada. Se mantuvo agazapado, esperando recuperar la vista y la orientación. Al cabo empezó a vislumbrar algo. Ahora el sonido de la guerra, se le antojaba lejano, como en otra dimensión. Al recuperar la visión se encontró en el salón de una casa, frente a un hombre, sentado en un sofá, que tenía en las manos un aparatoso mando. El hombre le miraba atónito. El no sabía si pegarle un tiro o esperar acontecimientos. Pero como el hombre parecía pacífico y ese mando inofensivo, optó por lo segundo. Vio que el hombre miraba su mando y luego, con el dedo pulgar, accionaba una palanca. Notó unos tirones que le obligaban a desplazarse a derecha, izquierda, adelante, atrás. Se resistió. Y vio que el hombre accionaba otra palanca. Tenia que cambiar de arma. !Qué carajo! !Basta de armas! Arrojó su fusil y su pistola al suelo. Pero el hombre seguía apretando botones, Ahora tenía que saltar, ahora agacharse, ahora ponerse sus gafas de visión nocturna. Harto ya de recibir órdenes, lanzó una patada y dejó al hombre sin su mando.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–!Coño basta ya, tío! – le dijo Alf, sabedor de que ese hombre le estaba manejando a su antojo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Pero bueno, qué es esto. Tú debería estar ahí –dijo el hombre, señalándole la pantalla del televisor que tenía delante.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Pues mira, estoy aquí. Y no sé cómo he llegado. Lo que sí sé es que ya estoy hasta las narices de tanta batalla –le recriminó. Y sin darle tiempo a reaccionar, le soltó el consabido discurso sobre la crueldad de las guerras. Y por lo que concernía a él, ya estaba harto de morir, resucitar, matar, soportar explosiones, ser herido y aturdido. Le enseñó sus heridas, las manchas de sangre, propia y de enemigos, sobre su uniforme, los impactos de bala en su chaleco y en su casco. El hombre no pareció conmoverse. Entonces Alf comprendió que aquel hombre era quien le había puesto ahí, y que él no era más que unidad de élite de un cuerpo de operaciones especiales, en una guerra que tenía lugar en las entrañas de un juego de videocósola. Lo que no estaba dispuesto, ahora que sentía que no estaba a merced de aquel mando y empezaba a sentirse a gusto en ese saloncito, era a volver al campo de batalla. Dedicó unos segundos a observar al hombre.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;– ¿No crees que ya eres mayorcito para estar jugando a batallas? ¿No sería más provechoso y formativo que estuviese leyendo, viendo una comedia romántica o escuchando música? –le recriminó.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Eso mismo he pensado yo hace un momento –dijo el hombre. –Y sí, ya sé que no tengo edad para estar jugando. Lo que pasa es que tengo trabajo que hacer.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–¿A estar jugando y machancándome le llamas tú trabajo? – le dijo Alf.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Digamos que me estoy inspirando&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Ya, para la tercera guerra mundial.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–!Anda no exageres! Simplemente estoy documentándome sobre la guerra moderna y este juego está tan bien hecho, es tan real...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;– Y vas a escribir un tratado sobre cómo matar con mayor eficacia –le dijo Alf.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–!No, que va! Tan sólo un pequeño relato. Y mira por donde, ahora que te tengo aquí, me acabas de inspirar una idea.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Y dicho esto, el hombre se levantó, recuperó el mando y oprimió el botón de apagado de la videocónsola. Alf notó como se desintegraba. Mejor así, pensó antes de convertirse en un paquete de pacíficos datos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-6799911693684152408?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/6799911693684152408/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=6799911693684152408&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6799911693684152408'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/6799911693684152408'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/12/el-soldado.html' title='El soldado'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-2744761453542291053</id><published>2009-12-04T12:34:00.037+01:00</published><updated>2009-12-14T20:44:12.370+01:00</updated><title type='text'>Max y las escaleras</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Versión 1&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Entre un peldaño de la escalera y el siguiente más abajo mediaba un abismo. Con la punta de sus zapatillas asomando al precipicio y piernas temblorosas, Max se preparaba para saltar. Pero no acababa de decidirse. Valor no le faltaba, pero tampoco prudencia. Se tomó su tiempo para estudiar las consecuencias. Pensó que podía caerse, y si se caía se haría rasguños, le saldrían chichones y moretones, hasta sangre. Se prometió que pasase lo que pasase, no lloraría como los enanos de p3; él iba a la clase de los mayores y sabría soportar el dolor. Más le preocupaba la regañina que le daría su madre si llegaba malherido y cojo, aunque sabía que el enfado materno duraría mientras le pusiese mercromina, esparadrapos y vendas y que después vendrían los consuelos, las advertencias y los juramentos y finalmente las caricias, los besuqueos y con suerte un Kinder sorpresa. Vistos todos los escenarios posibles, nada le impedía dar el salto. Además, ya tenía cinco años y unas buenas piernas. No necesitaba cogerse de la barandilla, ni ir de la mano del abuelo, el pesado del abuelo, que cada día iba a buscarlo y se empeñaba en llevarlo cogido por las escaleras e incluso por la calle.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;!Abuelo, que ya sé bajar sin manos! dijo Max por fin.&amp;nbsp; Y en cuanto se vio libre, se decidió. Dio unos pasitos de preparación, flexionó las rodillas, se impulsó y saltó. &amp;nbsp;Recreó a cámara lenta cada movimiento de su cuerpo, cada milímetro de vuelo. Se sintió como un jugador de fútbol cabeceando un balón en el aire y cayendo en la hierba entre gotas de sudor. El salto le salió perfecto. Eso era mejor que aquellos pesados ejercicios de subir y bajar escaleras que le enseñaron cuando hacía p3. La mano en la barandilla, un pie baja un escalón, el otro el siguiente, nunca los dos en el mismo peldaño, y nada de saltar, le repetían una y otra vez. Obviamente Max le cogió más gusto a bajar que a subir. Subir era lo que hacía cada mañana para llegar a su clase en el primer piso y le resultaba aburrido y cansado. Por el contrario, bajar significaba emoción, riesgo, cosquillas en la barriga y libertad. Ahora era más ágil, tenía mayor autonomía, y por tanto podía poner en práctica un sinfín de formas diferentes de bajar la escalera.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Y con ese propósito, abordó el siguiente peldaño. Avanzó los pies hasta notar los talones en el borde, inclinó el cuerpo hacia atrás y se dejó resbalar pendiente abajo, sin perder contacto con el borde del escalón. Pero algo no salió bien y a punto estuvo de aterrizar con el culo antes que con los pies. Menos mal que su abuelo estuvo rápido de reflejos y lo agarró del brazo a tiempo. Fue un traspié sin importancia, nada que le impidiese prepararse para el siguiente salto. !Dos peldaños de golpe! Abuelo, que ya sé bajar sin manos, repitió. Se afianzó sobre sus piernas, sin titubear ante sus compañeros que se apretujaban en la escalera detrás de él, atentos a lo que iba a hacer. Calculó el impulso necesario para salvar la distancia y saltó. La ejecución fue impecable. Y al aterrizar, sintió cómo sus piernas absorbían el impacto, como amortiguadores de una moto. Atrás quedaba un peldaño sin pisar y unos compañeros que se afanaban en imitarlo.!A ver quién se atreve! En el siguiente tramo de cuatro escalones empleó la técnica del eslalon. Alternativamente saltó con la pierna izquierda, luego con la derecha, de un lado y de otro, pero con el pecho encarado siempre hacia abajo, como un esquiador bajando una pronunciada pendiente, desde lo más alto de una montaña. !Qué técnica, qué estilo!&amp;nbsp; Ahora llegaba el rellano. Ahí se imponía el salto con derrapada. Saltó los dos escalones, se giró en el aire y aterrizó de lado con los pies resbalando por el enlosado. Una gozada. Qué bonitas marcas dejó en las baldosas. Ya sólo le quedaba el tramo que desembocaba en el vestíbulo. Tenía que lucirse. Ahí se la jugaba. !Tres peldaños de golpe! Como se sentía confiado y exultante, esta vez no dudó. Cogió impulso. Pasó por encima del primer escalón, del segundo, ya casi estaba volando sobre el rellano, cuando los talones rozaron con el borde del último escalón. Los tobillos se le torcieron. El cuerpo se le fue hacia adelante. Los brazos se agitaron buscando salvación en su abuelo, pero no encontraron más que el frío del suelo. Cayó a cuatro patas, pero ni se golpeó ni sufrió ningún rasguño, ni le salía sangre de las rodillas. Estaba entero. Pero no entendía por qué su abuelo estaba rojo de espanto y menos entendió porque le cogió de la mano con tal firmeza y autoridad. Abuelo, que ya sé ir sin manos, se quejó inútilmente.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large; font-weight: bold;"&gt;Versión 2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;La escalera era amplia y luminosa. Tenía dos pasamanos en el lado de pared, uno para adultos y otro para niños, y una firme barandilla en el lado del hueco. Los peldaños eran de baldosas redondeadas en el borde, sin voladizo para evitar tropiezos, y con una franja rugosa para impedir resbalones. Entre peldaño y peldaño no había más de veinte centímetros de altura. En definitiva, era una escalera segura. Sin embargo, soportaba una gran responsabilidad. Por ella subían y bajaban a diario los alumnos de párvulos, acompañados de madres, padres o abuelos. Cuando se trataba de subir, no había problemas. Por la mañana, los pequeños la subían con buen pie; unos resignados, otros medio dormidos. La cuestión empezaba a las cinco de la tarde, cuando se acababan las clases. La escalera temblaba entonces en todos sus tramos ante la temeridad con que esos diablillos la bajaban. A cual más valeroso. Bastaba fijarse, por ejemplo, en Max. Cada tarde aparecía en el primer peldaño, acompañado de su abuelo, asomaba sus pies por el borde y se quedaba ahí, indeciso y con un ligero temblor de piernas, preparándose para saltar. Se le veía ansioso de liberarse de la mano de su abuelo, despegar sus dos pies del suelo y darse el gustazo de sentirse ingrávido y liviano como un colibrí. Pero, ¿valoraba Max los riesgos de esa acción? ¿Sabía que una mala caída significaba rasguños, moratones, chichones, incluso una hemorragia que pusiese el suelo perdido de sangre? ¿Era consciente del disgusto que le daría a su madre? ¿Sabía que después del desastre siempre se culpa a la escalera? !Que ya sé bajar sin manos! le dijo aquel día a su abuelo. Y en cuanto el hombre le liberó la mano, el pequeño Max saltó el escalón con los pies juntos. Fue un salto sencillo y comedido, nada que una escalera no pudiese soportar, pero apenas un anticipo de lo que vendría a continuación. Porque detrás, venían todos sus compañeros y Max parecía dispuesto a ser motivo de imitación. Para la escalera eso era un vivir con el ay metido en el cuerpo. Si todos se ponían a saltar al mismo tiempo, la estructura podía resentirse, aunque estaba certificado que estaba hecha a prueba de terromotos. No en vano, en esa misma escalera se hacían los ejercicios de psicomotricidad para los alumnos de p3, de tan segura y firme que era. Las profesoras les enseñaban a subirla y bajarla. Un pie en un peldaño, el otro en el siguiente, nunca los dos en el mismo y nada de saltar, les decían. !Qué buen criterio el de esas profesoras! Pero como los chicos acabaron conociendo cada peldaño de la escalera y le cogieron más gusto en bajarla que en subirla, disfrutaban de lo lindo poniéndola a prueba. Tenían todo tipo de técnicas, a cual más disparatada, aunque la observación revela que así como no hay dos personas que anden igual, tampoco hay dos niños que bajen de la misma forma una escalera. Había que ver a Max y sus peculiares técnicas. Cabía destacar una que consistía en adelantar los talones hasta el borde del peldaño y resbalar hacia abajo, sin perder contacto con la contrahuella del escalón. Ese día lo intentó, pero no le acabó de salir del todo bien. A punto estuvo de aterrizar con el culo antes que con los pies. Menos mal que el abuelo estuvo rápido de reflejos y lo cogió por el brazo a tiempo. Luego estaba el salto clásico. ¿A ver quién se atreve a bajar dos peldaños de golpe? !Max, por supuesto!&amp;nbsp; Abuelo, que ya sé bajar sin manos, repitió. Y tomando impulso, despegó, pasó de largo el peldaño intermedio y aterrizó suavemente en el siguiente, amortiguando la recepción con unas piernecitas que parecían de goma. La escalera pareció recuperar su fuelle, mientras Max se henchía de orgullo y satisfacción. Acometió el siguiente tramo con la técnica del eslalon. Como si la escalera fuese la ladera de una montaña nevada y él un esquiador experto. Ahora a la derecha, ahora a la izquierda. !Qué temeridad! Un mal apoyo y ahí se armaba una avalancha de críos rodando escaleras abajo. Y la culpa, de la escalera. El siguiente tramo era el del rellano. Un espacio más amplio en el que los críos siempre practicaban la derrapada. Max, como no, saltó los dos peldaños, se giró en el aire, aterrizó ladeado, deslizando los pies por el embaldosado y dejando una huella bien marcada. Sí, claro, ya vendrían otros a limpiarla. ¿Cómo iba estar pendiente un crío del buen estado de la escalera? Él a lo suyo. Menos mal que ya sólo quedaba el tramo final. Tres peldaños de distancia hasta el suelo del vestíbulo. Max parecía muy seguro de sí mismo. Pasó volando por encima del primer peldaño, del segundo y, apunto ya de aterrizar, los talones rozaron con el borde del tercero. Lo suficiente para que sus enclenques tobillos se doblasen, su cuerpo se inclinase hacia adelante, sus brazos aleteasen buscando el apoyo de su abuelo, que esta vez no encontró. Cayó de rodillas, sin consecuencias. Un alivio. Podía haber sido peor. Pero el mal trago y el susto quedó ahí, a modo de advertencia a todos los que venían por detrás. Por ese día, la escalera ya había tenido bastante.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size: small;"&gt;&lt;span style="font-size: 12px; font-weight: normal;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-2744761453542291053?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/2744761453542291053/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=2744761453542291053&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/2744761453542291053'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/2744761453542291053'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/12/max-y-las-escaleras.html' title='Max y las escaleras'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7008413883694688254</id><published>2009-11-30T20:24:00.004+01:00</published><updated>2009-12-02T10:10:36.320+01:00</updated><title type='text'>El verano de Juan Malumbres (extracto)</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Juan Malumbres siempre decía que era hijo único porque dios lo quiso así o porque sus padres, unos sencillos labriegos del Campo de Cartagena, se lo pensaban dos veces antes de llegar al fondo de la cuestión. Para justificar su solitaria condición, tenía varias teorías. Quizás sus padres eran unos adelantados de la época que anteponían sus escasas capacidades económicas a las veleidades pasionales del matrimonio. Antonio, que no tenemos para alimentar más bocas que las nuestras, debería decirle Flora, su madre, cuando su padre la acometía con las pocas fuerzas que le quedaban después de arar, sembrar o recolectar la huerta. Y ahí debían dejar sus amores o simplemente su padre debía apuntar a otra parte, mal que le pesase. Que si fuese por él, hasta el fondo y familia numerosa al canto, de tan poco que había por hacer en las noches de aquel entonces y de tanta rabia que acumulaba en el cuerpo por la escasez en la que vivían. Entre una teoría y otra, entre el mandato de la divinidad y un conocimiento de los ciclos de ovulación femeninos, los métodos anticonceptivos o la abstinencia, todo eso impensable en aquellas épocas, Juan no daba como satisfactoria ni la una ni lo otra. Prefería considerar que alguna desconocida incapacidad, algún inexplicable retardo biológico, ya fuese de su madre o de su padre, le impidió nacer en el pueblo, como heredero de una chabola y unos huertos y lo arrojó al mundo, años más tarde, cuando ya no lo esperaba ni su madre, en un piso de cien metros cuadrados, a cientos de kilómetros, desposeído de tierras y propiedades. Nació a voluntad de una caprichosa naturaleza. Y pobre e inmigrado.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7008413883694688254?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7008413883694688254/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7008413883694688254&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7008413883694688254'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7008413883694688254'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/11/el-verano-de-juan-malumbres-extracto.html' title='El verano de Juan Malumbres (extracto)'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-4676869766969935567</id><published>2009-11-20T13:37:00.009+01:00</published><updated>2009-11-21T21:05:54.331+01:00</updated><title type='text'>El informador</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Jacinto Glis, elegante y distinguido caballero, de unos bien cuidados sesenta años, se dirigía en su coche, puntual como cada mañana, a su despacho a dirigir su imperio.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Otros menos ricos que él, con coches más suntuosos que su Audi A6, conducidos por chóferes mejor uniformados que el suyo, aprovechaban el trayecto hasta sus oficinas para leer los diarios de información económica a conciencia. Jacinto Glis nunca lo hacía. No le interesaban los vaivenes de la bolsa. Además leer en el coche le mareaba. Su única fuente de información era su chófer Ramón que cada mañana le comentaba las noticias más relevantes, las que realmente le interesaban.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Las inundaciones de ayer en Levante han causado cinco muertos y han dejado &lt;/span&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;sin hogar a quinientas personas –le comentó esa mañana, a modo de titular.&amp;nbsp;Y poco más, ya que Rafael era parco en palabras y explicaba tan mal las cosas que Jacinto prefería seguir el trayecto en silencio hasta llegar a la oficina para completar la noticia leyendo los periódicos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Se quedó pensativo, mirando por el cristal ahumado de su Audi A6. Se imaginó el desconsuelo de las viudas, de los huérfanos. Familias rotas y sin hogar empapados de agua, barro y lágrimas, desposeídas de todo cuanto habían conseguido en sus duras vidas. Detalles de los que los periódicos apenas informaban pero que para él constituían el núcleo de la noticia, puesto que de sufrimiento humano se trataba. Entonces, como siempre que se enteraba de una mala noticia, reflexionaba sobre su condición de inmensamente rico y se decía que el mundo estaba mal repartido. Se consolaba recordando sus generosas donaciones a todo tipo de ONG`s. Cierto que cumplía con creces, pero siempre le quedaba una sensación de que toda la ayuda que pudiese proporcionar de poco serviría para aliviar la pena y la desdicha que ocurría no demasiado lejos del imponente edificio donde cada día incrementaba seis dígitos su fortuna.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Por la ventanilla, vio algo que le llamó la atención.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;     &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Vamos a parar aquí –le dijo a Rafael.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Se apeó del coche y se acercó a un indigente que sentado en el umbral de una puerta exhibía un cartón con un texto escrito con gruesas letras desordenadas. “Las inundaciones me se han llevado mi casa. Ayúdenme”, leyó.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;–! Qué desgracia! !Cuánto lo lamento! –le dijo mientras le ponía un billete de cincuenta euros en la mano –. Debió ser horrible.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Una desgracia, caballero, una desgracia –le dijo el hombre. Y enseguida empezó a contarle lo sucedido. Había visto cómo una tromba de agua deshizo su casa como un azucarillo. Había visto a una mujer perder el contacto con la mano de su marido y cómo las aguas la arrastraban corriente abajo. Vio a un ocupante de un coche que parecía un barco a la deriva luchando por salir por la ventanilla pero la torrencial fuerza del agua pudo más que él y en cuestión de segundos dejó de ver al hombre y al coche. Se extendió en infinidad de detalles de la catástrofe, con tal riqueza descriptiva que a Jacinto Glis se le encogió el corazón. Le dio otro billete y subió de nuevo al coche sabiendo que le costaría un buen tiempo sacarse de la cabeza todas esas imágenes.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;En efecto, durante toda aquella semana anduvo pensativo y malhumorado. Las obligaciones de ser inmensamente rico se le antojaban vacuas y carentes de sentido. Quiso hacer una donación especial para los damnificados en esas inundaciones, pero su consejero delegado, que a la sazón era su hijo, le disuadió aduciendo que ya habían llegado al tope de desgravación. Quiso construirles nuevas casas, a lo cual su hijo también se negó. Esto no es un banco de la caridad, le decía siempre que él pretendía donar ingentes cantidades a los desfavorecidos. Él aceptaba la evidencia muy a pesar suyo y seguía atendiendo sus compromisos y dirigiendo la empresa. Consejos de administración, largas sesiones de firma, reuniones de dirección y estrategia, comidas de negocios, todo lo que correspondía a su condición. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Iba un día hacia una de esas reuniones, cuando de nuevo vio al hombre en la calle. Hizo detener el coche y se apeó. Leyó de nuevo el cartel: “Terremoto me se ha llevado todo cuanto tenía. Ayúdeme por amor de Dios”. Y entonces recordó que la mañana anterior Rafael le había comentado la noticia de un devastador terremoto en Italia.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;–!Cuánto lo lamento! !No sabe cuánto lo siento! –le dijo. Y entonces cayó en la cuenta de que el hombre no ganaba para desgracias. –Pues tiene usted mala suerte, primero las inundaciones y luego un terremoto. Debe ser horrible.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; Y el hombre le explicó que después de perderlo todo en las inundaciones, había conseguido reunir dinero suficiente para pagarse un billete a una localidad de Italia donde tenía familia. Que ahí fue bien acogido, Y que al cabo de unas pocos días, una noche sintió cómo la casa de sus familiares temblaba como un flan y que tuvo el tiempo justo de salir con lo puesto a la calle y salvar la vida. Le contó todas las escenas que se sucedieron en el pueblo. Familias enteras bajo los escombros. Vidas y esperanzas arruinadas. Desolación por todas partes. Jacinto escuchó atentamente todo el relato. Le maravillaba cómo aquel hombre explicaba el sufrimiento ajeno. Cada grito, cada gesto de desesperación, cada lágrima de desdicha surgían de su boca con toda su carga de dramatismo. Nada de todo eso salía en los periódicos, ni en la radio ni en la televisión. Apenas sucintas crónicas que no reflejaban en absoluto el verdadero alcance de la tragedia. Admirado de esa capacidad, le dio otro billete y con el ánimo afectado siguió su camino.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Debieron pasar dos semanas, cuando una tarde que iba de compras con su mujer, lo vio de nuevo.&amp;nbsp; “La sequía me ha dejado sin tierra, sin casa y sin futuro. Ayúdenme por favor”, ponía esta vez en el cartel. En efecto, algo sobre pertinaces sequías le había contado su chófer Rafael unos días antes. Se compadeció de él. El hombre, a cambio de su comprensión y tres billetes de cincuenta, le regaló con una pormenorizada descripción de su última penalidad. Y Jacinto Glis, afectado casi tanto como él, hizo propósitos de construir canales, hacer trasvases, llevar el agua en camiones cisternas, todo lo que estuviese al alcance de sus ricas manos. Pero siguió topándose con la negativa de su hijo, que cuánto más poder tenía en la empresa, más seco tenía el corazón. ¿Por qué aquel hombre era la única fuente de información fiable y completa que tenía? Ya no leía periódicos, no escuchaba la radio, no veía las noticias. Nadie contaba las cosas como aquel hombre.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Una mañana, Jacinto Glis se encontró al hombre a la entrada de su edificio de oficinas. Una nueva calamidad. Una nueva historia de penalidades. Nuevos propósitos, por su parte. La negativa de su hijo, por la otra. A partir de entonces, el hombre apareció cada día. Y cada día, su cartón anunciaba nuevas desgracias, a cual más desafortunada. Jacinto empezó a sospechar que era imposible que un hombre pudiese sufrir una desgracia distinta cada día. Inundaciones, terremotos, sequías, regulaciones de empleo masivas, atentados terroristas, enfermedades. Desde la primera vez que lo vio, ese hombre había escapado de la inanición, el desahucio e incluso la muerte en incontables ocasiones. No podía ser.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; –¿O usted es un embustero o tiene mucha imaginación? –le dijo un día.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;       &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Ni lo uno ni lo otro –contestó–. No me he inventado nada de lo que&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; aquí escribo. Nada de lo que le he contado es fruto de mi imaginación.&amp;nbsp;Todo ha ocurrido. Y todo lo que ocurre nos afecta a todos por igual,&amp;nbsp;lo hayamos vivido o no.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Jacinto Glis se quedó pensativo. El sufrimiento de los que pierden sus seres queridos, sus casas y sus esperanzas le conmovía tanto como si lo estuviese sufriendo en sus propias carnes. Ese hombre, mejor que nadie, sabía transmitírselo. Y eso le mantenía consciente de la realidad del mundo, el mundo que no se veía desde su despacho en la veinteava planta.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; –¿Y cómo se entera de todas esas noticias? –le preguntó. El hombre se incorporó, levantó el cartón sobre el que se sentaba y le enseñó un montón de periódicos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–No hay más que leer los periódicos –le dijo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Pero lo que usted explica, no está ahí escrito.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–¿Hace falta mucha imaginación para describir el sufrimiento? –le preguntó aquel hombre.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Entonces, ¡usted se gana la vida a costa del sufrimiento de los demás?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–No caballero, me la gano gracias a que usted se interesa por ello.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;     &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Jacinto Glis, en aquel momento, decidió que ese hombre se merecía una vida mejor. Lo hizo subir a su despacho. Convocó a su hijo, a su secretaria y a sus colaboradores y con todo la seriedad que la situación exigía, presentó a aquel hombre cargado de cartones y viejos periódicos como el nuevo informador de la empresa.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–En esta empresa, muchos viven de espaldas a la realidad – acabó diciendo Jacinto Glis. Miró a su hijo y desapareció tras la puerta del despacho, dispuesto a que Pedro le contase de verdad qué ocurría en el mundo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-4676869766969935567?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/4676869766969935567/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=4676869766969935567&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4676869766969935567'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/4676869766969935567'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/11/el-informador.html' title='El informador'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7136710387779308427</id><published>2009-11-16T16:34:00.002+01:00</published><updated>2009-11-16T16:34:38.763+01:00</updated><title type='text'>Dios y Diosa</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Hasta ese día, pensó que Dios sólo tenía que haber uno. Él. Y sólo Él. En mayúsculas. Amo y señor de la creación.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Pero aquel día, su arcángel Gabriel le trajo noticias de sus criaturas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Allá abajo están con lo de la paridad entre sexos –le dijo – y las mujeres se están quejando.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Le explicó que en la Tierra había mujeres gobernantes, empresarias, artistas, intelectuales que desempeñaban sus funciones tan bien o incluso mejor que los hombres. Y le sugirió, con todo tacto, que quizás ya iba siendo hora que una mujer accediese a tan alto trono. No era cuestión de suplantarlo. !El era único e insustituible! Se trataba tan sólo de repartirse las cargas y gobernar el destino de las criaturas de forma más acorde con los tiempos que corrían.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Y como Dios era benevolente, comprensivo y por ende equitativo, aceptó. Además pensó que un poco de compañía femenina le iría bien, harto ya de las veleidades, dimes y diretes de su corte de ángeles y santos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Hágase –dijo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Fue decirlo y aparecer a su lado una estupenda diosa. Y le complació.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Hola, diosa mía –la saludó, con candorosos ojos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Eh!, de diosa tuya, nada ¿vale? –le contestó Diosa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Mmmm? –se quedó mudo Dios.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Que si quieres andarte con familiaridades, te las tendrás que ganar, digo yo. Que &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;una no se deja piropear así como así por el primero que se encuentra.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Dios reflexionó sobre lo que acaba de oír. No había pretendido piropearla. Tan sólo mostrarle su infinita bondad y amor. ¿Se habría sentido diosa menospreciada, infravalorada, tenida a menos?&amp;nbsp; Aunque, por otro lado, cierta parte de razón tenía. ¿Qué pensarían de ella sus ángeles y arcángeles si oían que de buenas a primeras era tratada en esos términos? Ya se sabe cómo se interpretan las palabras. Uno quiere decir una cosa, pero los otros entiende otra. Y “diosa mía” o “mi diosa” puede dar lugar a muchas suposiciones de desconocidas consecuencias.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Y cómo debo llamarte? –le preguntó para zanjar esa primera e importante &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;cuestión.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Llámame Diosa, de momento. Ya buscaré otro nombre más adelante. Antes, hay &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;mucho trabajo qué hacer.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Como que mucho trabajo que hacer? Todo el trabajo lo hice en seis días –le dijo Dios y extendió sus brazos para mostrarle orgulloso todo el universo creado. La luz, el cielo, la tierra, los mares, todas las criaturas, incluido el hombre y por supuesto la mujer.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–Lo hecho, hecho está. Aunque podías haberte esforzado un poco más –le dijo Diosa, mientras miraba a su alrededor con una expresión de disconformidad y disgusto.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Te refieres a todo esto? –Dios le señaló su entorno más cercano. El trono, la bóveda celestial, el triángulo luminoso del espíritu santo, la gran escalinata que ascendía desde el purgatorio, los altares de los santos, las nubes de los ángeles, el armarito con las llaves, la biblioteca con su libro. Todo muy sobrio, elegante y funcional. Como a él le gustaba. Pero entendió que ahora eran dos a convivir y que quizás Diosa no se encontrase a gusto. Le ofreció cambiar todo lo que ella quisiese.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Diosa aceptó el ofrecimiento, no sin antes dejar claro que ella, de chacha, nada. Convocó a los ángeles y empezó a dar órdenes. Quería cortinas en torno al triángulo y las paredes empapeladas a juego. Mandó lavar las túnicas de Dios. Airear las nubes. Hizo poner flores en los flancos de la gran escalinata, sacar el polvo de la biblioteca, forrar el libro. Encargó nuevos tronos más cómodos. Hizo poner sillas en los pedestales de los santos para que los pobres no se cansasen de estar de pie toda la eternidad. Y finalmente, hizo llamar a un peluquero para que le arreglase las barbas a Dios, a lo cual Él se negó. Y en tan sólo un día, durante el cual Dios no sabía donde meterse para no ser un estorbo, el reino de los cielos quedó conformado a gusto de Diosa. Y Dios pensó que después de tanta actividad, Diosa se tomaría el día siguiente para descansar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;–¿Descansar? ¿Con todo lo que queda por hacer todavía? –le dijo Diosa, mirando hacia abajo, hacia un pequeño país, con una enorme basílica en medio de una inmensa plaza, dentro de la cual había un hombrecillo vestido de blanco.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0.0px;"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span" style="white-space: pre;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: medium;"&gt;Dios entendió. Y se fue a continuar con su descanso. Dejaba el reino de los cielos en manos de Diosa. El ya había hecho bastante.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7136710387779308427?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7136710387779308427/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7136710387779308427&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7136710387779308427'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7136710387779308427'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/11/dios-y-diosa.html' title='Dios y Diosa'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-691666660476732165</id><published>2009-11-15T17:57:00.003+01:00</published><updated>2009-11-15T18:36:24.245+01:00</updated><title type='text'>Escena en el supermercado</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Ricardo, el guarda de seguridad, no sabía a qué prestar atención. Por un lado, estaba la puerta de salida, junto a la cual, y según estipulaba su contrato, tenía que estar apostado. Por otro lado, estaba el niño, Angel, el hijo de la cajera, que en vez de estar quietecito al lado de su madre, se estaba deslizando sobre un carrito de compra, como si fuese un patinete, y ponía en peligro la circulación y la integridad de los clientes del supermercado. Y por último, el encargado, a quien aquel día, o mejor aún, como todos los días, se le veía con ganas de pillar a algún empleado en falta, incluido a él. Tenía sólo dos ojos, quizás le convendría un tercero.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;–Brmmmmm – oía que barruntaba el niño, mientras impulsaba el carrito con una pierna y enfilaba por el pasillo de las conservas, rozando pero sin llegar a tocar, oh milagro, a una señora y a un caballero que llevaba de la mano a su hijo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;!Aquí se va armar una buena! pensó Ricardo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Intentó atraer la mirada de Virtudes para que estuviera pendiente de su hijo, pero Virtudes estaba ajetreada cobrando a los clientes. Empezó a arrepentirse de su permisibilidad. Virtudes se lo había pedido: aquel viernes por la tarde no encontró con quién dejar a su hijo y no tenía otra opción que tenerlo en el supermercado hasta que cerrase. Y como sabía pedir tan bien las cosas, Ricardo accedió a condición de que el niño se estuviese quieto. También con la esperanza de que quizás a partir de entonces Virtudes déjase de ver en él a un fornido y serio guarda de seguridad y viese al solitario hombre que había bajo ese uniforme. Un hombre condenado a pasar largas horas frente a ella, viendo sus ojos verde oliva, su melena a mechones un poco deslucidos, mirando sus manos ajadas pasar una y otra vez por el lector de barras, aprendiéndose sus gestos al depositar los artículos en las bolsas de plástico, reconociendo su voz entre todas las voces de aquel supermercado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;!Ay dios! El chaval pretendía ahora doblar una esquina, junto a la góndola de las botellas de aceite. A esa velocidad, el carrito no giraría. Se imaginó un mar de aceite en el suelo y un montón de clientes resbalados y pringados, como una escena de una naufragio apocalíptico. Pero el chico, inclinando su cuerpo, trazó la curva con gran destreza y precisión. Lo perdió de vista. Entonces vio al encargado que tomaba dirección hacia donde había desaparecido el chico, pero en sentido contrario. Temió lo peor. Se encontrarían. El encargado se preguntaría qué hace este niño solo en el supermercado y, antes que amonestarlo, vendría hacia él con dos grandes interrogantes entre sus cejas y él no sabría qué alegar con tal de no dejar en evidencia a Virtudes. Decidió dejar su puesto y salir en busca del chico.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Le dio alcance en la sección de frutas y verduras. El chico, impulsándose con brío, pasaba en ese momento por los expositores, como si de la tribuna de meta se tratase, y los melocotones, los plátanos, las manzanas y las peras fuesen una multitud de entusiastas seguidores, haciendo la ola a su paso. Lo detuvo. Lo hizo bajar del carrito y lo acompañó junto a su madre. Virtudes, con una apresurada mirada, se lo agradeció. Y él, aliviado, dejó el carrito junto a los otros, en la entrada. Los arcos de seguridad permanecían silenciosos y apagados. El encargado no se había apercibido de su corta omisión del deber contractual. Todo volvía a la normalidad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;No era cuestión de confiarse, que Angel se las tenía. Y en efecto, el chico no aguantó más de cinco minutos. Debió escabullirse aprovechando que su madre le daba la espalda y que él estaba ayudando a una cliente a recuperar la moneda de su carrito. El hecho es que Angel ya no estaba. Estiró el cuello para tratar de localizarlo por los pasillos. Pero lo único que encontró fue la mirada del encargado que le señalaba a un cliente. !Lo que le faltaba, aquel hombre! Desde hacía días aparecía por ahí y se dedicaba a pasear, sin comprar nada. El encargado sospechaba –el encargado siempre sospechaba, quizás para eso le pagaban– que venía al supermercado a comer, que se daba un atracón picoteando una lata por aquí, unas croquetas ya hechas por allá, una pieza de fruta de postre al final. No era cierto. Ricardo sabía que aquel pobre indigente lo único que hacía era un rápido inventario de género para saber qué sobrantes encontraría en los contenedores de basura, cuando el supermercado cerrase. No por eso, podía dejar de vigilarlo. Ahora debería tener cuatro ojos en vez de tres.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Y con uno de ellos vio aparecer a Angel al final de la cola de clientes, ante la caja de cobro. Sostenía en sus brazos una gran caja, la de un Ferrari F1 teledirigido. Con su segundo ojo, Ricardo encontró la mirada de Virtudes y le señaló a su hijo. Acto seguido vio que Virtudes miraba su caja registradora abierta y se llevaba las manos a la cabeza.&amp;nbsp; ¿Su hijo había sustraído dinero de la caja? ¿Pretendía comprar el coche con ese dinero?Con su tercer ojo vio al encargado acercándose a la cola. Vería a Angel en cuestión de segundos y empezaría a sospechar. ¿Un niño sólo con un juguete de cuarenta euros? A Ricardo todo se le tambaleaba. Se sentía perdido. Virtudes despedida; él, en otro supermercado; el chico, en un correccionario. En ese momento, y ya utilizando el último ojo que le quedaba, vio que el pobre indigente se interpuso entre el encargado y el chico y&amp;nbsp; que con un rápido movimiento le cogió la caja del coche, se la puso bajo el brazo y dio un empujoncito al niño para que abandonara la cola. Angel, al verlo, salió corriendo de la fila y se refugió al lado de su madre. El indigente abandonó también la cola. El encargado ya iba tras él. Virtudes se agachaba y encontraba en el suelo un billete de cincuenta euros. Angel le explicaba que tan sólo había querido enseñarle el cochel que quería para Navidad. Los arcos de seguridad sonaron cuando el indigente pasó por su lado. Ricardo se encontró con la caja del fórmula 1 en los brazos y al indigente que salía a todo lo que le daban las piernas. Sofocado y encendido, el encargado se plantó frente a él.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–¿Lo ve? Ya sabía yo que ese no era de fiar. Bien hecho, Ricardo. Así me gusta –le dijo. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Ricardo vio que también Virtudes le miraba ya de otra forma.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-691666660476732165?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/691666660476732165/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=691666660476732165&amp;isPopup=true' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/691666660476732165'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/691666660476732165'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/11/escena-en-el-supermercado.html' title='Escena en el supermercado'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-7248736025325358866</id><published>2009-11-12T18:13:00.018+01:00</published><updated>2009-11-13T19:56:05.496+01:00</updated><title type='text'>La reunión</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;span style="font-size: small;"&gt;&lt;span style="font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: small;"&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Nada más entrar en el vestíbulo, Ferrán notó un suave y delicado perfume impregnando el aire. Esa fragancia, nada parecida a cualquier ambientador barato, le hizo tomar conciencia de dónde estaba y qué le aguardaba. Ese vestíbulo, solemne como una catedral, era la entrada al cuartel general de Perfumes P, una de las firmas más selectas de España, y él tenía que presentar su primera campaña para una nueva línea de geles de baño. Ahí estaba, covenciéndose a sí mismo de que estaría a la altura. Sabía que para los directivos de perfume P él era un desconocido y que para la agencia a la cual se acaba de incorporar, un nuevo creativo con mucho que demostrar todavía. Se estaba jugando su futuro.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;El refinamiento y buen gusto que le rodeaba no conseguía aplacar su inquietud.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;!Qué elegancia!!Qué clase había en todo lo que veía!!Qué insignificante se sentía! !Y ese delicioso perfume! A su lado, Mario, el ejecutivo que le habían asignado, no daba muestras de estar olisqueando. Debería estar acostumbrado o era un analfabeto olfativo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Nadie salió a recibirles. Tampoco la elegante recepcionista les prestó atención. Cosas del procedimiento, pensó. Su compañero Mario, que ni siquiera se acercó a ella para anunciar su presencia, fue a sentarse en el tresillo de piel clara. Ferrán pensó que alguien vendría a buscarlos en cuanto llegase la hora exacta. Pero no fue así. Pasaron veinte minutos largos y Ferrán empezó a impacientarse.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Siempre hacen esperar –le dijo su compañero. Y le miró con cierta suspicacia. Ferrán casi le leyó el pensamiento. ¿Quién coño era él para andarse con prisas? ¿Un creativo con un brillante curriculum? ¿Y qué importancia podía tener toda su experiencia para alguien como los señores P? ¿Ferrán había hecho cientos de campañas? Los señores P habían creado perfumes que daban la vuelta al mundo por su originalidad y su poder de seducción.&amp;nbsp; Tocaba esperar, calladito y con la mejor compostura.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Abrió el cartapacio que contenía los bocetos con la campaña. Y al repasar el storyboard se le vino abajo, aún más, su autoestima. Su olfato, especialmente sensible esa mañana, le decía que esa campaña no era la adecuada.&amp;nbsp; En ese momento, le hubiese gustado salir corriendo y volver a la oficina, ponerse a trabajar de nuevo y crear la campaña ideal para tan insigne gel de baño. Pero ya era demasiado tarde. Hizo ademán de levantarse, no para huir, si no para sacudirse los nervios. Mario le agarró del brazo y se lo impidió. Sentadito y callado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Llegó una secretaria. Mario se cuadró delante de ella. Ferrán se levantó y cogió su cartapacio. En fila india y a paso ligero entraron por una puertecita minúscula que había debajo de la gran escalinata. La entrada de servicio, supuso Ferrán.&amp;nbsp; Caminaron por estrechos pasillos. Salieron a una planta noble donde un maniquí lucía un vestido de Armani, hecho de cuentas de titanio. Como para regalárselo a su novia. Todo cuanto veía le parecía exquisito. El mobiliario, las alfombras, la iluminación, los despachos de los ejecutivos. Cada estancia tenía su propio aroma, a cuál más original y sutil.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Llegaron por fin a una gran sala. En torno a una enorme mesa de roble, seis respetables y elegantes hombres. Nadie les saludó. Joder, o hay mucha confianza o son unos maleducados. Ferrán hizo ademán a Mario para que les presentase. Siendo su primera reunión, lo lógico sería que Mario les hablase de él, de su trayectoria, de sus campañas, de su experiencia en el sector. Cualquier cosa para que esos respetables supiesen que había alguien más que ellos en la sala. Alguien no tan importante como ellos, no tan bien vestidos como ellos, que no olía tan bien como ellos, pero alguien al fin y al cabo. Mario no entendió su gesto apremiante.Y cuando Ferrán pidió la palabra con la mano y pretendió decir su nombre, uno de ellos le interrumpió&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Bien, vamos a esperar a Cintia –dijo ese alguien. Y continuaron todos en silencio.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Cintia entró como un vendaval, seguida de tres trainings, a cual más exuberante, aunque quien se llevaba la palma era ella. La directora de marketing rondaba los cuarenta, pero vestía como una colegiala de dieciocho. Ferrán no pudo evitar que su mirada descendiera por la minifalda. Vio unas piernas contorneadas, trabajadas en algún gimnasio de la zona alta de Barcelona. Un poco cortas a su gusto. Al levantar la vista, se encontró con la de ella, recriminándole su atrevimiento. Mal comienzo, se lamentó Ferrán.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–¿Dónde está Mariona? –preguntó Cintia nada más sentarse en cabeza de mesa. Se refería a la mujer del presidente de la agencia. Hasta la llegada de Ferrán, Mariona había sido la creativa para la cuenta de Perfumes P.&amp;nbsp; Mario le recordó que su creativa preferida se había retirado a escribir una novela.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–En su lugar, está Ferrán, que es nuevo en la agencia, pero...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Está bien –le interrumpió Cintia –. Veamos esa campaña.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Ferrán empezó su presentación. Nada más decir “aromas de Balneario”, saltó uno de los respetables y le dijo que de balneario nada, que eso químicamente era imposible. Ferran se quedó mudo. Entendió entonces dónde estaba el fallo, eso que le había inquietado en el vestíbulo. Pero al mismo tiempo se&amp;nbsp; dio cuenta de que había caído en una trampa.&amp;nbsp; Días antes, el presidente de la agencia le había hecho su primer encargo. Tenemos que crear un nuevo gel de baño, le dijo. Y Ferrán, por temor y respeto, no se atrevió a decirle que él era creativo de anuncios y spots y que poco sabía de crear productos. Si es que fácil, le dijo el presidente. Y le citó una línea de geles de baño basados en la salud y la naturalidad que habían creado para Permufes P. Todo un éxito. Se trataba de crear algo similar, pero distinto. Ferrán se acordaba de esa línea por haberla visto en televisión. Pero también recordó una campaña de una marca competidora, que había salido varios años antes y que había sacudido el mercado de geles de baño. Pero no dijo nada.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Ahora estaba ahí, atrapado, frente a esas eminencias del mercado de la perfumería. Y tuvo la sensación de a que todos aquellos respetables perfumistas, químicos, directores de marketing y ejecutivos se les habían acabado las ideas o agotado el olfato y estuviesen esperando que de un creativo que hacía anuncios saliese una nueva línea de geles de baño. Ferrán dio la presentación por perdida. Pero Cintia se le adelantó.&lt;/span&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–No estamos aquí para perder el tiempo. Nos estamos jugando mucho dinero en &lt;/span&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;este proyecto y el creativo no ha hecho sus deberes. ¿Dónde está Mariona?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; min-height: 14.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Todos miraron a Mario que apenas balbuceó alguna excusa. Ferrán estaba indignado y sin ánimos de defenderse. ¿Para qué decirle a aquella mujer que sí se había tomado su trabajo en serio? ¿Cómo explicarle que su cometido no era crear nuevas líneas de producto? Que eso era precisamente lo que tenían que hacer ellos.¿Cómo pedirles un briefing claro y conciso, con un producto bien definido? ¿Por qué excusarse por ser nuevo en la agencia y no haber tenido tiempo de trabajar más profundamente su mercado? Impotente, se reclinó en el sillón y notó como un torrente de rabia se le iba vientre abajo y se le escapaba entre las piernas en forma de silencioso y calentito pedo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;–Esta reunión está muy tensa –dijo uno de los respetables.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Sí espera, espera, pensó Ferrán, mientras con los cartones de los bocetos ventilaba hacia ellos el dulzón y fétido aroma que estaba suspendido entre sus piernas. Sabía que su etapa con ese cliente y en esa nueva agencia acababa aquel día. Pero qué bien olían sus pedos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size: small;"&gt;&lt;span style="font-size: 12px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size: small;"&gt;&lt;span style="font-size: 12px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-7248736025325358866?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/7248736025325358866/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=7248736025325358866&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7248736025325358866'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/7248736025325358866'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/11/la-reunion.html' title='La reunión'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-1344390649728462839</id><published>2009-11-09T22:56:00.005+01:00</published><updated>2009-11-11T11:04:55.138+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='relato corto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ignasi Raventos'/><title type='text'>Rashif, una noche</title><content type='html'>&lt;div style="font: 12.0px Helvetica; margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;span style="color: #333333; font-family: Georgia, serif; font-size: 14px; line-height: 22px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;A Rashif le gustaba pasear por el puerto deportivo de El Masnou. Solía ir las noches de viernes y &amp;nbsp;sábado, durante los meses de verano, cuando los bares y terrazas se llenaban de jóvenes y ociosos hijos de papá. Rashif se entretenía mirando los lujosos yates y veleros inmóviles sobre las oscuras aguas de los amarres. Le gustaba oír el roce de las jarcias sobre los mástiles, mecidos por la brisa. Un clic clac descompasado, caprichoso, constante y multiplicado por los cientos que llenaban el puerto y se fundían con el cielo estrellado. ¿Para qué tanto barco, si pocos de ellos salían por la bocana más que en un par de ocasiones al año? se preguntaba cuando veía sus cubiertas cerradas con lonas o leía los carteles que más que su venta, anunciaban que sus dueños se habían arrepentido de un capricho, en algunos casos, demasiado costoso para sus posibilidades. Entonces se veía a sí mismo, en un no muy lejano futuro, arribando a las costas de su Tánger natal, al timón del más lujoso de todos ellos. Algún día, algún día, se decía. Y continuaba con su paseo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Aquella noche de viernes, como tantas otras, llegó a la hora en que las terrazas empezaban a llenarse. Los coches de los jóvenes pasaban a su lado, lentamente, con gran estruendo de música de potentes graves. Eso era tronar. Y lo suyo, conformarse a ir a pie y callado. Algún día, algún día, se decía. Se dirigió a la terraza donde sabía que encontraría a sus clientes habituales. Cada viernes estaban ahí, sentados en cerrado círculo, en torno a las mesas y mirándose unos a otros sin saber qué decirse. Para ellos el verano era largo y aburrido. La playa por la mañana, algo de deporte al caer la tarde, cenar por ahí y salir de copas o a la discoteca siempre que sus padres se lo permitiesen. Y siempre lo mismo. Un peñazo. Pero para alegrarles la vida estaba él. Y esa noche, no tenía por qué ser diferente a tantas otras en las que había cerrado buenos tratos con ellos. Una docena de papelas de coca, más unos cuantos talegos de costo, a él le salvaban de ocuparse de peón en alguna obra, y a esos mocosos les arreglaba la noche.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ese viernes iba a gusto, lo que se dice, con un puntazo. Había recibido un buen material y se había metido un par de rayas en uno de los lavabos del puerto. Al entrar en el bar, en la terraza, distinguió a un par de clientes suyos, sentados entre un nutrido grupo. Rashif ya conocía su oficio. Discreción ante todo. Pese a ello, no pudo resistirse a acercarse para ofrecerles esa maravilla. Notó que todo el grupo lo había visto llegar y que a medida que se acercaba, más se estrechaba el círculo de sillas y más espaldas veía. Sabía que desentonaba en ese selecto ambiente, pese a que se había puesto su mejor camisa y los jeans al uso. Si quería colocar su material tenía que hacerlo de tú a tú, en algún lugar apartado. Pero esa noche le daba igual. Se acercó a Juan y le preguntó si estaba servido.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;–Aquí no, ¿estás loco? –le susurró Juan con el mayor disimulo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;       &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;Se situó detrás de Pedro. Y Pedro se deshizo de él con un gesto despectivo, como si fuese un negrata vendedor de películas en dvd. Notó que las chicas le miraban con recelo. No pudo evitar &amp;nbsp;sentirse el centro de atención.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;–¿Qué os pasa, no os alegráis de verme? –dijo en voz alta, para que todos le escucharan.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="white-space: pre;"&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Nadie dijo nada. El trató de hacerse el simpático. Vamos chicos, que estamos para pasarlo bien, animaros, que no pasa naaa, y cosas así fue las que dijo. Pero los chicos empezaron a levantarse de sus sillas y uno a uno fueron a refugiarse en el interior del bar, incluidos Pedro y Juan. !Qué cínicos esos dos! !Muchas risas cuando convenía y ahora, corrían a esconderse, pensó. Movido por un ciego impulso, entró también en el bar. Y nada más entrar, sintió una pinza en el brazo. Tomás, el dueño del bar, uno más de sus clientes, le agarraba y tiraba de él. Lo arrastró hasta la calle. La adrenalina más el efecto de las dos rayas se mezclaron en su mente. Y su cuerpo respondió lanzando una serie de puñetazos que se estrellaron en la cara de Tomás. Y en esa nube de rabia y ofuscación pudo ver un amasijo de cuerpos que se abalanzaban contra él. Apenas notó los primeros golpes, anestesiado como estaba. Y eso le permitió meter la mano en el bolsillo de sus tejanos y agarrar fuertemente su navaja. No tuvo tiempo de desplegarla. Tampoco sintió el seco golpe que se estrelló contra su cabeza. Sólo vio que todo giraba. Vio los mástiles de los veleros curvarse sobre él. Las estrellas del cielo girando en vertiginoso espiral. Sintió el agua, pero no estaba fría, tenía la temperatura de la sangre que borbotaba de su cabeza. Trató de agarrarse a algo. La quilla de aquel velero no le servía de asidero. Sus manos resbalaban una y otra vez y él se precipitaba hacia la profundidad de esas negras aguas inmóviles, manchadas de aceite y combustible. Ya no habría algún día.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; min-height: 14px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font: normal normal normal 12px/normal Helvetica; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span style="letter-spacing: 0px;"&gt;&lt;span style="font-family: Helvetica;"&gt;&lt;span style="font-size: medium;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Cuando llegó la policía, todos declararon que Tomás, magullado y ensangrentado, había actuado en defensa propia. Rashif ya era historia de una noche desafortunada.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3097257520926214915-1344390649728462839?l=laletrai.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://laletrai.blogspot.com/feeds/1344390649728462839/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3097257520926214915&amp;postID=1344390649728462839&amp;isPopup=true' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1344390649728462839'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3097257520926214915/posts/default/1344390649728462839'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://laletrai.blogspot.com/2009/11/rashif-una-noche.html' title='Rashif, una noche'/><author><name>Ignasi Raventós</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08846069503926966955</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_oGyX6tIOOJY/SruTkl-3S5I/AAAAAAAAAbg/29U3LZkuR_E/S220/Imagen+9.png'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3097257520926214915.post-5307691039084394603</id><published>2009-11-07T23:43:00.005+01:00</published><updated>2009-11-08T10:48:05.352+01:00</updated><title 
